La televisión y el poder en el Perú
Pedro Salinas
(AIPE).- La televisión peruana, en pleno proceso electoral, no sabe ni opina. Por razones básicamente políticas y económicas, la televisión en el Perú ha sido debilitada, copada y domesticada. Ha sido saturada de "reality-shows", programas de farándula y cómicos de la calle. Los denominados programas periodísticos han sido banalizados con la excusa de que la política no da "rating".
Ahora se esgrime, cual corriente en boga, que en el periodismo televisivo
no se debe opinar porque lo deseable es la neutralidad y la objetividad. Y este concepto nos lo venden a los peruanos como si fuese un dogma de la
ética periodística televisiva. Como si la neutralidad y la objetividad consistiesen en mirar de soslayo cuando se ultraja e interpreta
antojadizamente la Constitución para facilitar el camino de la
inconstitucional re-reelección o hacerse de la vista gorda cuando se arremete contra la prensa independiente.
El periodismo, en cualquiera de sus formas, debe contribuir al fortalecimiento de la cultura democrática, a propiciar la discusión pública de los grandes y pequeños temas nacionales, y, por cierto, fomentar el espíritu contestatario.
La función del periodismo (televisivo, radial o escrito), como señala el colega argentino Horacio Verbitzky, consiste en "poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar (...) Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir lo malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa de la presidencia, de la neutralidad los suizos, del justo medio los filósofos y de la justicia los jueces.
El periodismo, en buen romance, tiene que servir al propósito de suscitar inquietudes, de crear insatisfacción, de despertar conciencias y, por último, de motivar a la búsqueda de la verdad.
Lamentablemente, salvo honrosas excepciones, no es éste el tipo de periodismo que prevalece hoy día en el Perú de Fujimori. Ahora que la TV local agoniza, los temas políticos se han vuelto en una suerte de especie en extinción, al igual que los periodistas de opinión.
Uno de los signos más notorios de la sumisión de la TV al poder político es la ausencia de conflictos y de denuncias contra los poderes del Estado. Nadie habla de "parámetros", pero éstos se dan todos los días. Quien se sale del guión oficial, simplemente desaparece de la pantalla al día siguiente.
El cierre de programas políticos ha sido una constante en los últimos tiempos. Por lo menos se han cancelado 5 en el lapso de un año (y no precisamente por ratings bajos). Solamente queda uno en pie y ahora se dedica a hacer crónicas policiales. La razón de que ello ocurra es una sola: la ilegítima postulación del presidente Fujimori en las elecciones del 2000.
Los medios utilizados para alcanzar el silencio cómplice de la TV peruana han sido de lo más "sutiles": las presiones del organismo recaudador de impuestos (SUNAT); el azuzamiento de los conflictos internos de los canales, a través del Poder Judicial que es manejado a su antojo por el asesor presidencial Vladimiro Montesinos; y el chantaje económico, dado que el Estado se ha convertido en el primer anunciador de la televisión (más del 40% del avisaje publicitario le corresponde al Poder Ejecutivo). En 1997 las dependencias estatales ocupaban el sexto lugar entre los principales anunciantes. En 1998 ascendieron al cuarto puesto y, en lo que va de 1999 el Estado ha pasado indiscutiblemente al primer lugar, superando largamente a las cervezas, bancos, bebidas gaseosas, detergentes, etc. Más aún, en la medida que se acerca el año 2000 y, por lo tanto, las elecciones generales en las que Fujimori va a participar, se incrementa el gasto estatal en publicidad. Resulta curioso por lo demás que los dos canales que mayores beneficios publicitarios han recibido son los más proclives al gobierno.
A falta de pan, nos hemos llenado de circos funcionales para un gobierno que aspira a perennizarse en el poder, cueste lo que cueste.
Corresponsal de la agencia de prensa AIPE.