Culebrón constituyente

Felipe Torres del Olmo

Desde el primer capítulo era demasiado evidente que venía un culebrón. Nadie en su sano juicio podía esperar que este drama Constituyente, representado por un reparto sin nombre, sin peso ni votos propios, y sin calificación suficiente, diera de sí otra cosa que no fuera un entuerto, y un culebrón insufrible.

Desde adentro de la Constituyente, la mayoría improvisada sigue empeñada en taponar grietas y achicar la inundación que comienza a convertirse en naufragio, usando para ello argumentos tipo Disney, a ver si ganan el tiempo suficiente para terminar de construir la opción electoral mágica que los llevará nuevamente, cual bacalaos en los hombros del presidente, a las Alcaldías, las Gobernaciones y al nuevo Congreso.

Otros, los pocos con nombre, criterio y votos propios, hacen público sus temores de manipulación en torno al proceso y anuncian la muerte prematura de la nueva constitución. El vaticinio lo hizo uno de los pesos pesados de mayor ranking en el chavismo, Hermann Escarrá, quien visiblemente molesto por la rabieta de peñonazos contra Brewer-Carías, alzaba su voz para decir cosas tan tremendas como que le «hubiera gustado estar en la oposición para decir todo lo que tenía que decir». Frustrado por la ausencia de criterios políticos y jurídicos de sus compañeros patrióticos, Escarrá aceptaba que en la ANC «debimos empezar con una clase sobre lo que es una Constitución y cómo se estructura». Atormentado, reconoció que «ese anteproyecto constitucional parece un contrato colectivo.. es una vergüenza, pues con una constitución con tantos artículos seremos objeto de la carcajada internacional.. traerá como consecuencia una Constitución muy rígida, inviable y con corta vida». Finalmente, Escarrá arremetió contra las propuestas de Alfredo Peña, argumentando que «eso que presentó Peña son las líneas macroeconómicas del gobierno nacional», recriminándole su falta de imaginación, y dando a entender de paso, que la técnica constitucional no se puede circunscribir a los caprichos coyunturales de este, ni de ningún otro gobierno. A todas estas, Ricardo Combellas, siempre contento con las migüitas que le tire de cuando en cuando el chavismo, anunciaba una renuncia que no le importó a nadie. Por su parte, Aristóbulo, poniéndole un toque de terror al asunto, aceptaba que existía «un clima de desconfianza entre todos los miembros de la Asamblea».

En tanto esto acontecía, Brewer-Carías también renunciaba a la Comisión Constitucional denunciando la existencia de un cogollo en la directiva de la Constituyente que sólo pretendía satisfacer ambiciones proselitistas e intereses personales, desconociendo, abusando y atentando contra la voluntad popular. Pero el cogollo de la constituyente reaccionó de inmediato disfrazando la renuncia con un castigo, y resolvió "suspender al renunciante" (semejante absurdo) de la Comisión Constitucional. ¿Dígame usted si no se imagina a Peña, erguido en su metro y medio de altura, con su ronquera desafiante, sus puños apretados en las caderas, sacudiendo la cabeza y morado de la arrechera, exigiéndole a Miquelena que pusiera en su lugar al alzado Brewer-Carías y al gordo Escarrá?.

En medio de este merengue, Miquelena apareció bailando, restándole importancia al impase con Brewer-Carías y tratando de apurar el mateo constituyente que ordenó el jefe antes de irse. Pero de repente, se escuchó una voz desde el Olimpo, perdón desde Seúl, que amenazaba con desenmascarar a los revoltosos que le están echando vaina a su Soberanísima. Y cundió en pánico entre los constituyentes. Entonces, el "poetizo" Tarek, no resistió la tentación de guindársele a su "heroino" presidencial, fustigando a Brewer-Carías y a Escarrá, acusando a uno de favorecer a grupos económicos, y a otro acusándolo, pero con papá cuando llegue a casa, de andar defendiendo al maluco de Brewer-Carías. Escarrá ripostó con una sonrisa nerviosa, pero Brewer-Carías, que según parece le cuesta sonreírle a los poetizos, acusó a Tarek de responder a intereses bastardos, por ignorante, y por su afán de protagonismo político.

A estas alturas del culebrón, que uno no sabe si pertenece al género del drama, la comedia o la ciencia-ficción, usted ya estará tan fastidiado como yo. ¡Pero cuidado!, porque no hay buena novela sin sorpresas inesperadas. Ahora resulta que Escarrá, en un giro total con música de misterio como fondo, dice que el problema se reduce a eliminar el 10, el 20 o el 30% de los artículos del anteproyecto, y que una Constitución con 300 o 450 artículos, aunque sigue siendo excesivamente extensa, puede colocarnos constitucionalmente a la cabeza de América Latina. Como diría mi hijita: ¡Perroooo!. ¿Y que esperábamos de este soberanísimo culebrón?. POR AHORA, siga usted pasando hambre, muriéndose enfermo, asaltado o violado en hospitales o en cárceles, gracias a este total desgobierno. Pero eso sí, muérase feliz porque tenemos constituyente robinsoniana. Y mientras se muere, disfrute cada segundo de la apasionante trama de esta soberanísima habladera de paja revolucionaria y patriótica.

(*) Industriólogo, Presidente de la Escuela Venezolana de

Administración Pública, y Director General de PROHOMBRE.

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