El legado agridulce de Nyerere
Alberto Valero
A Julius Nyerere, vencido por la leucemia a los 77 años de edad, se le conocía en Tanzania como el mwalimu, que en su idioma swajili quiere decir maestro, preceptor, porque ejerció la docencia antes de incorporarse a la lucha por la independencia de la Corona británica. Y con ese título ingresó a la historia del Africa contemporánea, como el creador de una nueva República, al ensamblar en 1964 el enclave colonial de Tanganika con el miliunochesco sultanato de Zanzíbar sobre el Océano Indico.
Nyerere descolló en un Continente que ha sido pródigo en figuras excepcionales. Sobre todo a partir de la segunda post-guerra, cuando las dependencias francesas, inglesas, belgas, españolas y portuguesas al sur del Sahara despertaron el interés de los medios internacionales bajo la guía de hombres de la talla del senegalés Senghor; el ghanés Nkrumah; el ivoriano Houphouet Boigny, el congoleño Lumumba; Kenyata, líder de los temidos mau-mau, y tantos otros.
Fue un grupo de fuertes individualidades, donde el ideólogo se confundía a menudo con el poeta y, por lo general, hombres de acción con la palabra y el fusil, en el que Nyerere ocupó un espacio de primerísima importancia, con su silueta fragil, casi de bonzo oriental, y un estilo discreto pero tenaz.
Se graduó en Letras en la Universidad de Edinburgo y también allí se empapó de las ideas socialistas, y a poco de regresar a su patria, el joven profesor de historia ahorcó los hábitos académicos y se integró en 1954 a la lucha de la Unión Nacional Africana de Tanganika. Ocupó el cargo de Primer Ministro, una vez ganada la independencia y, en seguida fue presidente, reelecto una, dos, tres veces, hasta 1985, cuando abandonó la política activa; dirigente cristiano de una entidad mayoritariamente islámica, lo cual dice mucho de su habilidad negociadora.
Fue el animador de un socialismo autóctono, distante del capitalismo y el marxismo, inspirado en las estructuras tradicionales de su pueblo, de comunidades rurales autárquicas, basadas en vínculos familiares que favorecen la estabilidad.
No es menos cierto que el experimento estuvo lastrado de numerosas deficiencias y que la Tanzania de sus ambiciones sigue siendo un objetivo muy lejano, y de allí la severa autocrítica que el mwalimu formuló diez años después a su famosa Declaración de Arusha de 1967 que hacía énfasis en la autosuficiencia y el apego al trabajo campesino antes que la ayuda y la tecnología foráneas.
Y es que Nyerere había quedado tan impresionado por una visita a la China Popular, hasta imaginar que las soluciones del Chairman Mao podían trasplantarse sin problemas a la realidad tribal deTanzania y emprender un catastrófico experimento que se saldó con la ruina de las plantaciones de té y café, expropiadas a los colonos blancos, y un caos que debió reprimir cuando, al igual que medio siglo antes en la Unión Soviética, millares de campesinos se alzaron contra la colectivización forzada.
Pero es un éxito la sola supervivencia del país, en un continente castigado por luchas étnicas que suelen desembocar en sangrientas guerras de secesión y el papel de avanzada que, gracias a su prestigio, ha desempeñado en la diplomacia regional y global.
Por ejemplo, cuando su intervención en Uganda contribuyó a la caída del dictador Idi Amin y la instalación de un breve periodo democrático y sus iniciativas contra los golpes de estado que sacudieron a las Islas Seycheles y Comores; al cobijar en la capital, Dar-es-Salaam, el Comité de Liberación de la OUA contra el apartheid en Sudáfrica y Namibia y brindar asilo a los seguidores de Nelson Mandela, a pesar de muchas y poderosas presiones occidentales; en el liderazgo del Movimiento de No Alineados, en sus años de esplendor, junto a Tito, Nehru, Nasser y Sukharno; y, ya retirado, como inspirador de la Conferencia del Sur que las Naciones Unidas patrocinaron como foro de los países emergentes.
En síntesis, el equilibrio entre las grandes potencias fue siempre el objetivo de la política exterior del distinguido personaje que acaba de morir en una clínica de Londres, y lo convirtió en interlocutor por excelencia de estadistas como Jimmy Carter, Mao y el general De Gaulle, ante quienes actuó como portavoz de las reivindicaciones de las jóvenes naciones africanas y de los países en desarrollo.
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