La revolución perdida

Oscar Lucien

Si no hay educación no se forman ciudadanos
Y si no se forman ciudadanos no hay país.
Pedro Grases

Recuerdo vagamente una escena de la película 1789 de Arianne Mouchkine en la que un puñado de campesinos discute las demandas que presentará a la asamblea revolucionaria. Votado el acuerdo, deben escribir su petición. A falta de papel, uno de los revolucionarios rompe su camisa y ofrece el trozo desgastado que servirá de soporte a la expresión del anhelo colectivo. De la gallina que su mujer sostiene en sus manos toman la pluma con la que redactarán el texto y, desprovistos de tinta, oportuna será la sangre que en heroico gesto uno de los camaradas ofrenda de su brazo. Pero en el momento en que comenzarán a redactar el petitorio caen en cuenta de que ninguno de ellos sabe leer ni escribir.

Lamento que así descrita la escena, se pierda la profunda belleza del film, el in crescendo  que recorre la alegría en los rostros y vítores de esos pobres hombres y mujeres que nacen a la libertad, hasta el desencanto por la incapacidad para el ejercicio de su nuevo derecho: la libre expresión de su pensamiento y opinión. Pero no hablaremos de cine y mucho menos de la revolución francesa. Por analogía, comentaré la proclamada revolución democrática y pacífica que día a día se nos informa se está produciendo en Venezuela y que tiene a la Asamblea Constituyente y al Ejecutivo en el rol de protagonistas estelares.

 Olvidemos que al elegir a nuestros constituyentes por el revolucionario y democrático sistema del kino, la Asamblea devino un espacio poco deliberativo y cerrado a la pluralidad de visiones y concepciones del país en su conjunto. Porque tengo la convicción de que aún en el hipotético caso de que la Asamblea Nacional Constituyente hubiese sido electa por la total mayoría de los venezolanos en edad de votar y que por acción divina se hubiese logrado el milagro que nos representaran allí los compatriotas mejor dotados para hacerlo, por su formación profesional, su competencia, con la adecuada representación política y regional, en ningún caso dicho foro podría deliberar a espaldas de los ciudadanos.

No podrían estos hipotéticos asambleistas encerrarse , por ejemplo, en la Colonia Tovar, y volver seis meses después con un texto maravilloso que sólo nos correspondería sancionar en un referéndum. No, definitivamente no. Tan importante como el resultado hubiese sido el vigoroso proceso de concientización democrática que la redacción misma de la Carta Magna suponía.

Hemos perdido la maravillosa oportunidad de hacer de la ANC, la gran cátedra de pedagogía democrática que país alguno hubiese podido soñar. Era este ejercicio lo que nos hubiese colocado en todas las pantallas del mundo como ejemplo de educación ciudadana para la construcción de una nueva república. Y era esto lo que, modestamente, más se me parece a una revolución.

De hecho, no deja de ser curioso que los voceros oficiales al publicitar su revolución nos adviertan de los esfuerzos que realizan y de su benevolencia para que se mantenga así, democrática y pacifica, nos amenacen diciéndonos que el comandante-presidente tiene la suficiente popularidad para hacer cambiar esta situación a su entera voluntad, y que nuestro canciller confiese en el extranjero que él no puede dar garantías de que el comandante-presidente conducirá este proceso pacificamente hasta el final e cosi via.

Y si fuera poco, cuando más necesitabamos potenciar la acción cultural para incorporar a vastos sectores de excluidos al goce de la producción y el disfrute de la cultura, cuando más necesitabamos ciudadanos y no meros habitantes,  al Conac se le degrada colocándolo como una oficina subalterna de un macroministerio. Por mi parte, aunque suene extravagante, solo creeré en la palabra revolución cuando vea más de diez venezolanos detenerse frente a un semáforo en rojo.