Bases sólidas para el Bambú
Carta abierta al
Presidente
Mariantonia Pineda Mondolfi
Te escribo desde el exilio, no político y obligado sino personal y autoimpuesto, mas no por ello menos doloroso. Me dirijo a ti en mi nombre pero segura de representar a un considerable número de venezolanos en igual situación.
Soy el típico caso patético de joven profesional, capacitado a costillas de una nación desangrada, que huyo apenas pudo a donde se le reconocieran mejor sus esfuerzos y se le respetara el derecho a soñar.
Para cuando deje Venezuela, ser joven y amar al país eran ideas irreconciliables desde mi punto de vista. Ser joven y querer ser libre en un país maniacodepresivo y enrrejado hacian casi imposible el amor a los colores primarios, a las hojas del plátano, a los tapices de Luis, y con el perdón de otro soñador, hasta a Bolívar.
El lugar común sería decir que haber dejado al país en su peor momento es algo de lo que no me enorgullezco, pero estaría mintiendo. Estoy orgullosa de todo lo que he logrado y aprendido desde que me fui, mas no feliz y hoy comprendo la imposibilidad de serlo mientras mis sueños sean en blanco y negro. Mientras no aparezcan de nuevo los elementales amarillo azul y rojo, indispensables para armar la gama infinita que necesito al soñar.
No te conozco porque no he participado, disfrutado o padecido nada de lo acontecido en Venezuela en los ultimos años, pero quiero creer que tu soñabas y luchabas por Venezuela mientras yo soñaba y huía de ella. Quiero creer que tu arriesgabas la vida mientras yo ponía a salvo la mía. Quiero creer que gracias a tu sueño, en Venezuela finalmente va a haber espacio para todo el que sueña y quiere aportar. Quiero aceptar sin sentir culpa, el que no todos podamos ser héroes y entender que se necesita de todo para construir un país, y que a mi me toco el rol de vendedora y defensora de un sueño llamado "bambú", razón principal de esta carta.
En gotas, me llegan noticias del país y me invade la necesidad de participar, de aportar y de finalmente buscar un espacio donde nunca lo tuve, en mi país. Soy arquitecto y trabajo desde hace algunos años con esa planta prodigio que finalmente parece haber despertado el interés de nuestro país, "el bambú". Pero me temo, y por eso decído que llego el momento de acercarme, que una vez más queramos vivir de los regalos de la naturaleza, olvidando que estos no duran si no se suda para ganarselos. Obviando otra vez que Venezuela es un país donde la naturaleza consiente hasta corromper. Oigo hablar de la construcción de viviendas populares usando bambú y me pregunto si se esta hablando de sembrarlo primero. Me pregunto si se le informa a la gente que el bambú es bueno para la construcción de cuatro a cinco años despues de sembrarlo, lo que implica que la hipotética casa sería construida en el próximo período presidencial. Me pregunto si este gobierno tiene la suficiente generosidad para abonar el terreno y dejarlo fértil para que otro coseche los méritos. Y si es así, me siento muy orgullosa del camino que vamos tomando y, como la ranchera, me muero por volver.
Oir hablar de bambú en Venezuela es poder creer en la realización de mis sueños otra vez, pero hablar de casas de bambú en este momento me parece un peligro. Porque la idea de promover el uso de este material sin haber aprendido a conocer y amar a la planta primero, le da la "no tan buena" idea a la gente de cortar cuanta matica hay. No hablar acerca de los riesgos y consecuencias, por ejemplo, de usar cualquier tipo de bambú, o de no sembrar suficiente del apropiado antes de usarlo, sería declarar a priori el fracaso de lo que podría ser una de las soluciones más bellas y sublimes para dar cobijo a la mayoría.