Entre pasiones, constituciones y reelecciones
Ysrrael A. Camero Guevara
Alexis de Tocqueville escribió en El Antiguo Régimen y la Revolución que las sociedades humanas son movilizadas por dos pasiones, la pasión por la libertad ..."inexperta y desorganizada, facil de desalentar, de asustar y de vencer, superficial y pasajera"...y la pasión por la igualdad, que ..."se instala siempre en lo hondo de los corazones (...) [donde se aferra] a los sentimientos que nos son más caros"... (México, Fondo de Cultura Económica, 1996, p. 287). Tocqueville creía en la libertad y le temia a la igualdad, yo creo en ambas, y en que la una sin la otra es falsa. Dichas pasiones pueden caminar unidas en la historia, o destruirse mutuamente.
La historia de Venezuela también puede leerse a través de este cristal. Comenzamos evidentemente con la guerra de independencia, que de conflicto político entre élites por el poder, derivó en una sangrienta guerra civil, donde cada sector social se movilizó por intereses distintos. La conquista del poder y de la autonomía política por parte de los blancos criollos, la lucha por la igualdad de los excluidos pardos, y la lucha por la libertad de los esclavos. En esta gesta ambas pasiones caminaron unidas, pero el polvorín encendido en la guerra de independencia no se terminaría de apagar hasta 1902.
Décadas después de finalizada la guerra, ya estabilizada la república bajo el liderazgo de Páez y la Constitución de 1830, las pasiones resurgen, en 1846 una hacienda es atacada por una turba en el interior del país, ésta turba anónima grita desaforada: ¡Viva el Partido Liberal! ¡Abajo los oligarcas!. La prédica del periódico de Antonio Leocadio Guzmán, El Venezolano, había estimulado pasiones que su autor no imaginó. La reacción contra el sistema paecista conservador representa nuevamente ese afán expresado de la igualdad. Este es el reflejo de la chispa que una década después nos lanzó a la sangrienta Guerra Federal entre 1859 y 1863.
Avanzamos prácticamente un siglo, luego de la paz gomecista, en 1945 Acción Democrática llega al poder por el atajo golpista, y aquellos que nunca habían sido invitados a la cena de la política venezolana, van a sentarse a la cabeza de la mesa. La pasión deliciosa de la igualación social es desbordante. Los pata en el suelo, la pardocracia, Juan Bimba había llegado al poder, personas no ligadas a las familias bien y a la gente decente de Caracas, pardos y negros llenaron los espacios del poder, que siempre le estuvieron vedados. Campesinos, mujeres y analfabetos que nunca tuvieron la oportunidad de expresarse por fin votaron tres veces entre 1946 y 1948. Venezuela nace a la política de masas. Pero el secatrismo de la naciente hegemonía política da al traste con el experimento octubrista, una década en el desierto en la carcel y el exilio es suficiente para reflexionar y enmendar. En 1958, con la nueva explosión de entusiasmo popular, viene el espíritu del 23 de enero y la reconciliación que nos permitió superar el canibalismo político del trienio adeco, y avanzar durante otras cuatro décadas.
6 de diciembre de 1998, Chávez encarna, no sólo los deseos de cambio sino también la pasión igualitaria que ya se ha hecho consustancial con nuestras expresiones populares, un afán legítimo de igualación, donde nuevamente, aquellos que, ahora siendo invitados comían afuera, quieren tomar la escena.
Ahora vienen las paradojas. Cada una de estas olas de igualación social, han traído importantes modernizaciones e inclusiones sociales. Los liberales amarillos, y el proyecto de liberalismo venezolano representó un verdadero progreso respecto al régimen anterior, la Constitución de 1864 y la modernización guzmancista así parecen demostrarlo, con el Partido Liberal se liberalizó a Venezuela, se alcanza un importate proceso de inclusión social, terriblemente incompleto, pero superior al paecista.
Las constituciones de 1947 y 1961 representaron un extraordinario ejercicio de actualización y de modernización constitucional en Venezuela (sin dejar de reconocer los avances alcanzados en la Constitución de 1936 y la reforma de 1945), la idea y creación del Estado de Bienestar, superado definitivamente el estado liberal decimonónico, la extensión universal del sufragio, la reducción del analfabetismo, la educación masiva fueron procesos de integración, de igualación social y de modernización. Tuvimos cuatro décadas de gobiernos civiles, traspasados pacíficamente por elección popular, crecimiento y aceptación de partidos políticos y sindicatos, todo esto para un país que para 1958 tenía la tradición menos civilista y democrática del hemisferio, no es cualquier cosa.
Sin embargo, la revolución democrática de hoy, parece no tener un proyecto claro, y sus ideas, en muchos casos, tienen mucho de conservadurismo. No voy a entrar en los zarzales de la economía, sino en las simples complejidades de nuestra vida política. Este nuevo régimen nos devuelve a debates que ya creíamos superados. Primero, vuelve el militarismo, la superioridad de los valores militares y del poder militar sobre el civil. Segundo, la reelección presidencial, de triste recuerdo en nuestra historia, de hecho reñido con ella, que sumado a un presidencialismo acentuado, y a un personalismo mesiánico choca con cualquier forma de institucionalidad, puede convertirse en un paso atrás. Creo que esta vez, la pasión igualitaria no vendrá acompañada de verdadera modernización, lástima.