La sola mención de la energía atómica genera posiciones encontradas y el evocar momentos críticos para los habitantes del planeta, incluida la más reciente negativa del Senado estadunidense a firmar el Tratado Amplio sobre Prohibición de Pruebas Nucleares.
El accidente ocurrido en la planta de Tokaimura, Japón, hace apenas unos días, trajo de nuevo a la mesa de las discusiones el problema del manejo irresponsable de la energía atómica, fenómeno que varias veces ha demostrado su poder destructivo. De la Isla de las Tres Millas a Chernobyl, y ahora Tokaimura, la fuerza incontrolada del átomo le ha provocado insomnio, angustia y temor a grandes sectores sociales en todo el mundo. Ahora, los defensores del uso pacífico de los recursos del átomo hablan de las maravillas posibles y de los beneficios para las personas. Ciudades que se pueden iluminar, industrias generadoras de productos y empleos, enfermedades combatidas, son algunas de sus bondades. Por otro lado, están grupos ecologistas y organizaciones no gubernamentales que plantean los altos costos humanos de las tragedias irreversibles que podría originar la utilización de esta energía. En México, la polémica se centra en Laguna Verde: ¿vale o no la pena exponerse a tantos peligros con tal de explorar las posibilidades de la radiactividad?
¿Si a los japoneses, cuyas eficiencia, probidad y capacidad han sido suficientemente demostradas, les ocurrió un percance que pudo haber sido letal, qué puede esperarse de los mexicanos al frente de tal responsabilidad? ¿Se debe detener el progreso? Estas y otras preguntas se hacen los grandes públicos, que todavía tienen pesadillas con las imágenes de Hiroshima y Nagasaki.
Excelsior (México), 17 de octubre de 1999