Américo Martín
I. Premisas que bien dicen A.R. Brewer Carías, llamado con buena pupila para aprovechar su enorme idoneidad profesional y de paso para indicarle al mundo la amplitud que la directiva de la ANC ha intentado imprimirle a los debates, procedió con probidad de profesor a cumplir su tarea, tanto más necesaria porque no es fácil comprimir aquella inmensa colcha de retazos ni menos aún introducir una cierta racionalidad política y jurídica a las más demenciales propuestas. No resulta fácil porque la vanidad de los proponentes, la paranoia que suele acompañar las enormidades del fundamentalismo, sospecha de teóricos y académicos con la misma rabia honda que movía a Jack Cade o a Tamerlán a obrar contra quienes se vestían decorosamente o cometían el delito de saber leer y escribir.
Con el respaldo de Escarrá y la tolerancia del presidente de la ANC, Brewer, apostando a la racionalidad, trató de reducir el articulado a un todavía excesivo número de 400 y tantos (la moribunda, condenada por eso, tiene 252) y no al irrisorio escándalo de 950, 1000 o 1500. Además quiso darle -no sé, porque no conozco el trabajo, si acertadamente- una coherencia doctrinaria hasta fuere posible. Parece (insisto: parece) que por no medir el costo de las propuestas ni su impacto sobre el sistema fiscal venezolano, Brewer se detuvo con especial atención en la defensa de principios tributarios y en la redacción de nuevas normas susceptibles de darle soporte a propuestas fuera de contexto.
Estas iniciativas me hicieron reflexionar. Tal vez pudiera obtenerse un producto defensible, pensé. No contaba con la reacción colérica de la "base'' e incluso de algunos dirigentes relativamente desplazados de las más altas cumbres del movimiento. La crisis que desencadenaron prometía hundir por completo la Constituyente, quién sabe a qué precio político. Apelando a sus inagotables reservas de hábil negociador, Miquilena pudo evitar lo peor, Escarrá reocupó su lugar, Combellas siguió desplazado, Peña -tenaz- ni ganó ni perdió. Pero como en toda transacción hubo que ceder, lo que equivale a retroceder en el esfuerzo renovador. El texto quedará condenado a la mediocridad aunque no al total naufragio. Se gana, pero se pierde. A victorias, así debe el escarmentado Pirro, general macedonio, su celebridad.
Brewer fue calumniado, pero la agresión se moderó. Hombre civilizado, pidió la palabra para responder a sus críticos, pero he aquí que don Pedro Ortega solicitó que se le negara el derecho a defenderse. Brewer, pues, quedó como perro regañado. La conclusión teórica está encerrada en el ácido comentario de Peña: "esta no es una Constituyente de sabios y académicos -dijo, repitiendo declaraciones del presidente Chávez- sino del pueblo soberano''. Ha debido dar a esas dos palabras un tono de solemnidad. En fin, pues, ya lo sabemos: los académicos y sabios no pertenecen al pueblo soberano. Alfredo dixit.
II. Extrañas transacciones
Como en los mejores momentos del viejo modelo, la verdadera discusión ya se ha realizado antes de la apertura del debate. El concilio de barones negoció la transacción entre las aspiraciones más emblemáticas del proceso (algunas, muy extravagantes) y las presiones de la realidad, opuesta en todo a la pregonada revolución. El ajuste del objetivo no ha sido fácil y si el lugar de Miquilena y Escarrá hubiera sido ocupado por, digamos, Alfredo y Combellas, el zozobrante barco hubiera naufragado ya, quién sabe si llevándose el Gobierno al fondo. No quiero enaltecer a unos y condenar a otros, pero el temperamento conciliador y la razón jurídica a veces con más importantes que la vehemencia principista (si supiéramos en qué consisten los principios de este extraño proceso). No obstante, interesa subrayar que más allá de los pleamares y bajamares, la carencia de contenidos, la ausencia de objetivos y políticas, han sido los signos desoladores del chavismo tanto en los momentos de auge, como ahora, cuando el declive comienza. Ocho meses y la desesperanza está de nuevo aquí, mientras el Gobierno sigue distraído entre viajes prescindibles y remolinos constituyentes. Todavía, dicen, no ha comenzado a gobernar.
III. Populismo sin chequera
La Constituyente ha sido el postulado tangible del chavismo. No deja de ser irónico. En todas partes esas Asambleas son piel no carne, medios no objetivos. Una elemental exigencia metodológica pedía definir programas y decidir después los medios para alcanzarlos. Pero el movimiento, barrocante, prefirió enfatizar formas y adjetivos, sin explicarse ni a sí mismo la sustancia de la causa a la que aquellos sirven. Y al invertir la realidad, alienta la lucha interna en todos los frentes. Es una desgracia que no puede alegrarnos.
Los sueños siempre aplazados agotan la paciencia. Como oscuras golondrinas, los paros gremiales, la borales, educativos y de pobladores desengañados han regresado con fuerza inesperada. La marea sube. Entretanto, el Gobierno sigue prodigándose en promesas rotundas con el bolsillo vacío. Populismo sin chequera no vale. En la Constituyente no se percibe una verdadera vocación para el debate y en cambio hierven las aspiraciones electorales, por encima de las fronteras partidistas. Los medradores de siempre buscan su oportunidad y eso supone usar el conflicto o el consenso, la crítica o la incondicionalidad, conforme a intereses personales. Nada que ver con la legítima inspiración inicial. Los que no han dejado de soñar se sienten oprimidos e irritados.
IV. Sorpresas te da la vida
Muchos exabruptos han sido eliminados. Algunas ideas modernas han sido incluidas, pero lo que hace indefendible el producto final es el lecho de rocas. La propensión a empeorar los anacronismos de la actual Constitución. El hiperpresidencialismo va a contramano del Hemisferio, escarmentado éste por los Mesías, Redentores y Salvadores que, en nombre de la eficacia terminaron reduciendo espacios democráticos, debilitando contrapesos institucionales, centralizando el poder y recayendo en la corrupción. La ANC se prepara para aumentar a seis años el período, a imponer la reelección inmediata sin recordar las funestas consecuencias que históricamente ocasionó la manía de la perpetuación. Se dejará al Presidente la decisión de la duración de las emergencias y se eliminará el control civil sobre ascensos militares. La bárbara extensión del texto. ¡Cuántos oradores que hicieron carrera condenando los 252 artículos de la moribunda, aceptan los 400 o más de la nueva Constitución!. Las promesas "garantizadas'' que no se cumplirán. ¡Cuántas imprecaciones contra la del 61 por ser programática, por incluir derechos que no siempre pueden mantenerse!. Los constituyentes ampliarán la lista de lavandería, para no herir susceptibilidades lesivas a aspiraciones candidaturales, y además la van a garantizar.
Porque decir y desdecirse es escandaloso, pero mucho peor es la promesa pomposa que no se honra. Ajustemos el signo al sentido, pidió el poeta de la negritud Leopoldo Senghor. De lo contrario, me permito acotar, el signo será avasallado por el sentido. Y ya aquí hablamos, si me lo permite Emily Bronte, de cumbres borrascosas.
Abogado
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