Talión
Earle Herrera
Sepultada en soledad la venal justicia puntofijista, por fin les cayó cana a Carlos a Andrés Pérez y a Jaime Lusinchi. Esposado el uno al otro, la indiferente mañana de octubre los vio llegar a El Rodeo I. Pérez con la mano libre saludaba a la multitud que lo abucheaba. Lusinchi hacía círculos con el índice y pucheros con su mendaz y trémula jeta, parecida a un yoyo de carne seca.
Los precedió hasta el internado judicial el mismo ministro Arcaya, alta la frente, fija la mirada, impecable el traje estilo "Gran Gatsby", retador el opíparo habano en perfecto ángulo recto con su mostacho dieciochesco y su barbilla de eso, es decir, de ministro. A su lado, mi amigo Pedro Espinoza, jefe de la información ministerial, evidentemente desganado, quizás recordando mejores paseos, como los de sus años mozos y galanos por los Campos Elíseos, cuando cada tarde salía a buscar a La Maga de Cortázar, con la feliz certeza de no encontrarla para seguir buscándola.
Los dos altos funcionarios y su escolta dejaron a los reos en un calabozo y se marcharon. Pérez miró a Lusinchi y éste le reviró. Decidieron sortearse la parte alta de la litera pero se hicieron tantas trampas, que optaron por llamar a un choro imparcial para que lanzara la chapa. Eran dos veteranos de la partida secreta y otras partidas, por lo que la desconfianza mutua resultaba más agobiante que la misma prisión. Eso de enjaularlos juntos se les antojaba una perversidad de Hugo Chávez y Luis Miquilena. Iban a escribir una carta común pero no se pusieron de acuerdo y decidieron que uno se dirigiera a Franceschi y el otro a Olavarría para que les defendieran sus derechos humanos. El primero consistía en separarlos. Ubicar a uno en La Torre de El Rodeo y al otro en El Galpón. Sin embargo, los presos de ambos sectores amenazaron con una huelga de sangre indefinida si se los enviaban para allá.
Pérez miraba a Lusinchi y se preguntaba cómo haría éste para vivir entre San José de Costa Rica, Miami, Nueva York y Caracas a todo dar. Lusinchi lo observaba, mientras destapaba una lata de sardinas que le metieron en el morral, y a la vez se preguntaba dónde diablos tendría Pérez las cuentas mancomunadas que todavía no le lograban detectar. En el fondo, se admiraban sus mañas y esa mutua y perversa admiración, hija de una ética invertida, alimentaba el rencor que se tenían. La nuez de su rivalidad se resolvía en saber quién y con más éxito metió más mano en la res pública. Tú o yo.
La noche, la primera noche, como se esperaba, fue borrascosa. Más para Lusinchi que para Pérez porque éste ya tenía la experiencia carcelaria de El Junquito. Ambos fueron sacudidos por las pesadillas. CAP se soñó en la proa del Sierra Nevada, bajo una tormenta eléctrica, lanzándoles billetes a los tiburones para que no lo atacaran, siempre los tranquilizó a billetazos. Lusinchi subía una cuesta con 200 jeeps encima y el dolor de los callos lo hacía gritar no se sabe si "banca, banca, banca" o "blanca, blanca, blanca". Los presos de alta peligrosidad, aterrorizados por los alaridos, decidieron escapar todos esa misma madrugada de El Rodeo I. No soportarían una noche más con esos tipos ahí.
Hay una pregunta entre presos que no falla: "¿Por qué caíste tú? Pérez repasó sus marramuncias y le respondió a Lusinchi que ya ni lo recordaba. Interpelado Jaime, dudó entre doce delitos y al final dijo que debió ser por unos burros del hipódromo y una yegua blanca. Pérez lo miró con desprecio por esas "hazañas" de baja monta. "Raterías", sentenció. Enojado, Lusinchi fue a su rincón a buscar sus sardinas pero notó que se las habían tumbado y allí no estaban sino él y Pérez. Ante la acusación, éste ripostó que anoche le levantaron el cinturón, las medias y los zapatos y le miró los pies a Lusinchi. Ambos pelaron por sendos chuzos que, con sobornos, habían conseguido con los vigilantes. Las justicia carcelaria estaba a punto de reivindicar a la alcahueta justicia puntofijista. Después les cuento.
PS: Traspasado el laberinto de lo sublime, solicitar a García Márquez corregir el preámbulo constitucional, es condenarnos a cien años de pena ajena. Y propia.