Manuel Caballero
En los meses finales de 1916, León Trotsky abandonaba, creía él para siempre, esa "vieja podrida", Europa y emigraba a América. Menos de un año después estaba de nuevo en Rusia, organizando la insurrección que lo llevaría al poder como "Comisario del Pueblo" para las Relaciones Exteriores y segundo hombre de a bordo del gobierno revolucionario. En junio de 1916, en una conferencia ante las juventudes socialistas suizas, el mismísimo Lenin, de suyo más clarividente o cuando menos más optimista, hablaba de esa revolución que "nosotros los viejos (Lenin tenía 47 años) no veríamos". Año y medio después, sus bolcheviques estaban tomando el Palacio de Invierno.
El 14 de febrero de 1934, un senil Juan Vicente Gómez preguntaba quién diablos era ese Jóvito Villalba cuyo padre estaba pidiéndole la libertad. Dos años después, el 14 de febrero de 1936, ese "muchacho" estaba descargando en las calles la más repleta paletada de tierra sobre la tumba del gomecismo.
En un auditorio juvenil
Si hemos relatado estas cosas no es por deseos de mostrar conocimientos históricos, sino porque solemos emplearlo como respuesta cada vez que, en un auditorio juvenil se nos pregunta dónde están los líderes de la nueva Venezuela que deberá surgir tras la derrota del antiguo democratismo partidista y del nuevo paternalismo militarista; el nuevo liderazgo que haya de enterrar a la Cuarta y a la Quinta Repúblicas.
Seríamos los últimos en negar la importancia de un liderazgo sólido e inteligente en cualquier proceso político y social: desde hace tiempo abandonamos la idea de que la historia se desarrolle bajo el impulso de fuerzas ciegas en donde nada puede, en donde nada tiene que ver la flaca voluntad humana. Sabemos que pensar lo contrario fue necesario en un momento en que la realidad mostraba la futilidad del voluntarismo, en que se evidenciaba el fracaso de la egomanía heroicista de los gobernantes militares; aparte de que, en resumidas cuentas, una tendencia social siempre se impondría sobre la voluntad individual. Pero acaso teníamos tendencia a olvidar que el autoritarismo y el paternalismo pueden ser también tendencias sociales que la historia no siempre tiene un derrotero lineal, una orientación única y progresista.
La casa por el techo
En todo caso, plantearse el problema del liderazgo antes de buscar, y de encontrar, cuál es la tendencia social que necesite una dirección política es poner la carreta delante de los bueyes, es comenzar a construir la casa por el techo. Por cierto, cuando hablamos de liderazgo no nos referimos solamente a uno individual, sino también colectivo. El gran error histórico de "Acción Democrática" es haber creído que ese liderazgo colectivo -la maquinaria- bastaba para ganar todas las batallas sociales y políticas, para imponer a la nación una voluntad que la mayoría veía solamente, y no sin razón, como simple voluntad de dominio.
Es haber creído que por la sola presencia del aparato podía darse el lujo de presentar ante el electorado a un hombre que no mostraba tener los méritos intelectuales ni para presidir una junta de condominio. Al apostar de manera tan irresponsable a la grisura, se tendió la cama a quien, esa misma grisura y esa misma mediocridad intelectual la acompañaba con la condición siempre atractiva de la novedad. Entre la mediocridad intelectual de un Alfaro y la de un Chávez, el electorado escogió, casi sin tener alternativa válida.
Cuáles cambios?
De modo pues, que antes de pensar cuál (individuo partido) ha de ser el líder del real proceso de cambios que el país necesita, es necesario precisar cuáles han de ser esos cambios; establecer un catálogo de prioridades nacionales; organizar un programa con objetivos claros y precisos. En nuestro artículo anterior señalábamos la oposición entre militarismo y civilismo como la primera contradicción a desvelar y a resolver. Pero estamos conscientes de que ese dilema lo ha planteado una accidental desviación del electorado, introduciendo un elemento aberrante que está sirviendo sobre todo para ocultar la realidad de unos cambios necesarios, poniendo las cosas en términos no de cambio para mejorar, sino de retroceso en un camino en el cual llevábamos, con altibajos, sesenta años: el de la despersonalización del poder, en el de la creación no sólo de un Estado-nación firme y vigoroso, sino sobre todo en el de la ampliación de los poderes de la sociedad frente al Estado.
No es nuestra intención hacer un catálogo de esos cambios que es tarea colectiva descubrir y mostrar. Tan sólo hemos querido señalar que ese proceso producirá sus propios líderes, pero antes, es preciso que el movimiento exista
El Universal, 18 de octubre, 1999