La desviación de la conciencia social

Germán Carrera Damas

Causa preocupación ver fortalecerse y extenderse los síntomas de una inquietante desviación de la conciencia social. Consiste en la actitud, consciente o inconsciente, pero generalmente acompañada de una postura militante, de apartar la reflexión y debate sobre los temas políticos y sociales relacionados con el funcionamiento y la dirección de la sociedad, y sustituir la racionalidad por el empleo irresponsable de desplantes ideológicos, más que de consignas políticas, tan pobres en su expresión idiomática como en su contenido conceptual. La desviación va acompañada de formas retóricas de evasión, o de fórmulas supuestamente probadas, pero que suelen ser igualmente modos de evadirse de la realidad. Comentaré sólo tres, que estimo representativos.

Advierto, sin embargo, que no se trata, necesariamente, de fenómenos nuevos, ni siquiera de reciente aparición, pues la dimensión global de la desviación de la conciencia social es la falta de creatividad. Esta se manifiesta en el hecho de que enfrentada a nuevos problemas, o a nuevas modalidades de viejos problemas, la sociedad no es capaz de idear enfoques y procedimientos que partan del conocimiento de esa realidad, sin que importe que sea reiterada o nueva, sino que echa mano de fórmulas empleadas en el pasado, sin detenerse mucho a evaluar su funcionalidad, pasada o actual, o su contexto social, que nunca puede ser idéntico al original, ni menos su correspondencia conceptual con esa realidad. Para el efecto se realizan verdaderos malabarismos, empleando simplismos historicistas que se benefician de la cada día más débil conciencia histórica, tanto en los diversos niveles del sistema educativo como en la sociedad en general.

El primero de esos signos es la proliferación de las sectas religiosas. Su agresivo mensaje salvacionista es quizás la prueba más visible de la desviación de la conciencia social hacia terrenos en los que se combinan la desesperanza individual, la histeria colectiva y el simplismo salvacionista. Lo que comenzó casi como una excentricidad de predicadores visitantes, que repartían volantes para atraer posibles adeptos a participar en actos públicos en los cuales se impartiera la nueva fe, se ha convertido en una industria de la manipulación de la conciencia religiosa, con plantas establecidas y masiva propaganda radial y televisada, que representan inversiones considerables de fondos cuya fuente, hacen suponer, es la credulidad de los practicantes de las sectas. Estas funcionan a plenitud en nuestro país en momentos cuando en otros países, sobre todo europeos, se acrecientan los mecanismo de vigilancia y control, con el fin de prevenir accidentes sociales graves.

El segundo signo es la conversión de un fenómeno social, como lo es la indefinidamente denominada corrupción, en una especie de pecado genérico que sólo puede ser redimido mediante la expiación colectiva. Se ha sacado la cuestión de su dimensión propia y se le ha llevado a una de carácter casi místico, propicia a la manipulación de la sociedad por pontífices espontáneos, o a sumirla en estado de estupor mediante una flagelación moralizadora, tan indiscriminada como sostenida. Así como en otros tiempos se dividió a los hombres en fieles e infieles, creyentes y herejes, ortodoxos y heterodoxos, e incluso, a la manera del general Juan Vicente Gómez Chacón, en "buenos hijos de la patria" y "malos hijos de la patria", se ha llegado ahora a dividir la sociedad venezolana en corruptos y .., menos mal que aún nadie ha escogido entre sanos, puros, o inocentes. Pero el calificativo quedaría sobreentendido.

Se practica, de esta manera, un juego nefasto hasta llegar a ser letal para la moral pública. Consiste en que la acusación puede ser lanzada en dirección a personas o grupos sin que el acusador se siente obligado, y mucho menos lo sea por la ley o la sociedad, a aportar siquiera sea algún indicio. A su vez, la carga de la prueba de inocencia recae en el acusado, lo que echa por tierra el principio básico de la justicia, consistente en que se presume la inocencia hasta prueba en contrario determinada por juicio de una instancia competente. Por esta vía se ha llegado al extremo de que la difamación pública y genérica se ha convertido en política de gobierno.

El tercer signo, el más reciente, es el recrudecimiento del culto a Bolívar, en su doble expresión, como palanca para la manipulación de la conciencia popular, y como sustituto de la dimensión ideológica del debate político. El intento de convertir este culto en la ideología oficial, no es un hecho nuevo; reproduce el realizado por el general Eleazar López Contreras con la llamada Agrupación Cívica Bolivariana, hace más de medio siglo. Sólo que si en aquel momento se buscó contrarrestar el comunismo, en este se busca cimentar una fuerza colecticia que incluye a los sobrevivientes del comunismo autocrático.

He visto y escuchado a un agresivo contra manifestante, garrote en mano, enrostrarle a sus potenciales víctimas el que sean enemigos de Bolívar

gcarrera@cantv.net
El Nacional, 18 de octubre, 1999