El viejo cuento de la igualdad
Alvaro Bardón
(AIPE)- Si fuera tan sencillo conseguir igualdad, como se la quiera definir, ya se habría logrado hace rato. El tema de fondo es que todos somos diferentes. El cuento de la igualdad lo vengo escuchando desde niño y he visto desfilar gobiernos y políticos diversos que hacen cosas parecidas, para, al final, terminar donde se partió y con nuevas denuncias, promesas y estadísticas aterradoras, por lo demás bastante discutibles conceptualmente.
Los intentos por igualar a veces terminan en estados represivos, como los experimentos socialistas-comunistas que han costado en el siglo XX unos 100 millones de muertos, tan mal contados como el número de desiguales. En otras ocasiones, como podría ser el caso latinoamericano, el dinero que se roban para igualar a la gente ha terminado en los bolsillos de burócratas variados o sectores de ingresos medios y altos, como en los casos de la educación superior gratuita, los créditos habitacionales sin reajuste, los dineros de fomento a "pequeños" empresarios o las jubilaciones de privilegio del aparato previsional estatal de reparto.
En esta parte del mundo los estados han usado mal el dinero y, al aumentar de tamaño, han inhibido el desarrollo privado productivo que crea puestos de trabajo. Los altos impuestos y las regulaciones que reprimen los mercados no han resuelto casi nada de índole social y han mantenido a la región al margen del progreso logrado por naciones de orientación más liberal. Los pobres en Chile se han reducido por el extraordinario crecimiento económico privado de los pasados años, antes del ajuste recesivo actual, exacerbado por un gasto gubernativo otra vez en aumento. Nuevamente se denuncia en Chile la desigualdad, pero se nos dice que vamos bien porque ahora el gasto social se acerca al 70 por ciento del gasto oficial. ¿Significa esto que cuando sea de 100 por ciento ya tendremos igualdad, sin policía, ejército, justicia ni obras públicas? ¿Por qué no nos endeudamos y lo elevamos a 130 por ciento y, en una de ésas, al 50 ó 70 por ciento del producto?
Lo del gasto social tiene mucho de engaño, y la igualdad además de un imposible no se consigue con más impuestos ni más reajustes de sueldos a los burócratas, mientras los pobres se quedan sin servicios policiales ni justicia. ¿Cómo van a progresar si lo que no les quita el gobierno por la vía tributaria se lo sacan los delincuentes en los asaltos callejeros o desde sus mismos hogares?
¿Quiere que los pobres progresen y haya más igualdad? Liquide el aparato estatal y con lo producido entregue apoyos directos a los pobres, sin burocracia y sin carnet de partidos. Cierre los ministerios sociales y otros inútiles, y conviértalos en oficinas de subsidios, entregados mediante organizaciones voluntarias o de los municipios, que saben más de pobreza que los burócratas. Haga un sistema tributario que aliente la caridad y el apoyo libre a los desposeídos. Achique el Estado y deje los dineros a las personas para que ahorren, inviertan, creen puestos de trabajo y ayuden a los más pobres. Así conseguirá, sin darse cuenta, más igualdad.
Decano de economía de la Universidad Finis
Terrae
Ex-presidente del Banco Central.