Los días contados de la moribunda
Felipe Torres del Olmo
¡No vaya usted a apostarle más de dos años de duración a la nueva moribunda que está por nacer!. Y es que, fuera de cualquier consideración sobre las enormes limitaciones de estos constituyentes, su baja calificación, su improvisación, y su abierta sumisión al capricho presidencial; si alguna vocación predomina sobre todas las otras en la historia política del pueblo venezolano, es la de sepultureros de constituciones. Venezuela entierra constituciones con la misma facilidad que las pare. Hay una especie de morbo doméstico que no resiste ver una constitución con gripe, espinillas o caspa, porque de inmediato comienzan los políticos de turno a pasearse por el país luciendo un collar de ajos al cuello. Hasta que desde la desesperación, surge un cazavampiros con la estaca en la mano, dispuesto a inmolarse en nombre de la patria indefensa, aniquilando la bestia culpable de todos los males del país. Y así, van y vienen caudillos iluminados, constituyentes soberanísimas, repúblicas mesiánicas, golpes de Estado redentores, elecciones faraónicas, gobiernos revolucionarios, y lo único que cambia es la constitución.
Cada vez que una muere, renacen la euforia y las esperanzas populares con la nueva constitución. Es un círculo vicioso que se ha repetido 25 veces en 188 años de historia republicana, y con cada una de ellas, el pueblo gritó delirante: ¡Ahora sí! ...pero no; ...por ahora. Y es que la constitución, cualquiera que sea, no es un libro donde se escriben pócimas mágicas o recetas milagrosas que con sólo invocarlas se resuelven los problemas. En Venezuela, por ejemplo, la culpa de que exista corrupción entre políticos, jueces, militares, taxistas, policías, panaderos, maestros, buhoneros, abogados, médicos, o comerciantes se le ha achacado a la Constitución. Entonces, por razonamiento lógico, cambiamos la Constitución y acabamos con la corrupción. Ponemos en un artículo que nadie será corrupto porque será castigado con todo el peso de la Ley, y resuelto el problema. ¡Así de simple!. Si no le alcanza a uno dinero para el mercado, si hay mujeres de la mala vida y homosexuales, si hay gente se muere en los hospitales, si el vecino no me deja dormir con su música a volumen atormentante, si el imbécil del carro del lado revienta una botella de cerveza contra la calle y te mira amenazante como diciéndote «¿Qué ves balurdo?. Yo hago lo que me da la gana. ¡Okey!»; de todo eso tiene la culpa la Constitución y la vieja política que representa.
Entonces, si el problema no es la Constitución, ¿cuál es el problema?. El problema somos nosotros mismos que hemos confundido históricamente la ineficacia gubernamental con el modelo de Estado, y porque los modelos de Estado no se han hecho pensando en el país como un todo, sino como parte de una propuesta coyuntural de gobierno. Modelos que duran lo que dura la coyuntura. Por tanto, todas nuestras constituciones son desechables por definición. Nacen y mueren con los caudillos o las revoluciones que van y vienen. Bien lo apunta Briceño Iragorry en su obra Mensaje sin Destino: «Venezuela ha nacido tantas veces como regímenes personalistas ha soportado... Lo mismo que proclamaron Guzmán y Betancourt, lo sintieron o lo mintieron Gómez y Castro, Crespo y los Monagas. Cada uno se creyó a su turno el mago de Venezuela, y preocupados los magos y los brujos de cada momento en variar y en mejorar a su modo el rostro de la patria, hemos terminado por sufrir una fatal ausencia de perfiles determinantes».
Por ello, Venezuela es rica también en proyectos "revolucionarios". De ahí que no entienda que exista gente mortificada calculando a diario los barriles de petróleo que quedan en el subsuelo. El día que se agote el oro negro, podemos exportar constituciones y proyectos revolucionarios con caudillo y todo incluido. De antemano sabemos que los norteamericanos, después de 212 años con la misma constitución, ya deben estar aburridos y ansiosos de refundar su república. Y quién quita, que como producto de la impactante visita del presidente a los "hermanos pueblos del Asia", no estén los chinos, los japoneses, los coreanos, los malayos, y los filipinos viendo en estos recursos alternativos no renovables, una fuente inagotable de negocios multilaterales. Tal vez así podamos traer alguna que otra inversión extranjera al país. Eso sí, por experiencia propia y por ética en los negocios, cada constitución que se exporte debe llevar impreso en letra pequeñita la advertencia de rigor: "se ha determinado que esta constitución revolucionaria y patriótica no durará mucho, y que es nociva para la salud de las mamás de quienes la aprueben".
Por lo pronto, ocupémonos de matear la nueva moribunda poniéndole y quitándole puntos y comas a la otra moribunda, a la vieja bruja puntofijista del 61. Y como ya falta poco para iniciar la V República, improvisada pero robinsoniana, vamos preparándonos para VI República a ver si por fin pegamos una.
Industriólogo
Presidente de la Escuela Venezolana de Administración
Pública
Director General de PROHOMBRE.
prohmbre@caracas.c-com.net