La cara sucia de Europa
Alberto Valero
Tiene razón Simón Alberto Consalvi al conmoverse en su comentario dominical de El Nacional, con los europeos por el triunfo del ultraderechista Joerg Haider en las elecciones celebradas recientemente en Austria y hacerse eco del reclamo de intelectuales como Günther Grass para que el pasado no naufrague en la fragilidad de la memoria y permita el retorno de la intolerancia y el fascismo.
Tanto más porque en Suiza se registraba, ese mismo día, la victoria de la Unión Democrática del Centro y el ascenso de su líder, Christoph Blocher -un ricachón zuriqués que comparte con Joerg Haider el mismo discurso xenófobo y ultranacionalista- como pieza central del esquema institucional que durante cuatro decenios lució tan ejemplar hasta parangonarse con una fórmula mágica y generar la admiración de un incrédulo irreductible como Borges.
Y es que maravillaba al maestro argentino el que semejante prosperidad económica y bienestar social se hubieran alcanzado sin la intervención inoportuna del Estado y que incluso se ignorase si había algún presidente al frente de aquel rincón idílico de tarjeta postal.
Otros mas flemáticos comoThe Times, editorializan con optimismo sobre ambas consultas, donde ven el grito de cólera contra un sistema electoral urgido de reformas y el ajuste de cuentas con "la naturaleza inflexible y fundamentalmente antidemocrática de un consenso artificial favorable al extremismo" y el normal desgaste del poder que se repartieron hasta hoy las agrupaciones tradicionales, socialdemócratas o cristianas, de los páramos alpinos.
El problema adquiere mayor agudeza porque no se trata de un fenómeno exclusivo de Austria y Suiza (donde Hitler contó en su momento con fervorosos adeptos), sino que hasta un país próspero y de sólidos principios democráticos como Suecia asistió en junio pasado, con estupor, a la muerte de dos policías en el asalto perpetrado contra un banco por una banda de neonazis, y responsabiliza ahora a un militante del mismo sector de apuñalar en Estocolmo a un sindicalista, en represalia por las denuncias contra sus actividades.
Y también porque -según demuestra en Francia el interminable embrollo de Maurice Papon, que volvió esta semana a los medios por la fuga y posterior recaptura del funcionario del Gobierno de Vichy- que será imposible condenar al siniestro octogenario, por la madeja de complicidades que tras la liberación le garantizaron impunidad y nuevas responsabilidades oficiales e incluso la amistad de los mas altos personajes republicanos.
No se halla, pues, tan olvidado el rostro de una historia que se empeña en resurgir.
Como en Alemania, donde la cadena de elecciones regionales tan adversas para el Canciller Schröder ha confirmado en el flanco oriental la vitalidad del partido comunista y la nostalgia por los "buenos viejos tiempos" que habrían colapsado junto con el Muro de Berlín; o las maniobras en curso en Moscú y que preocupan con razón a mis amigos de Varsovia, a fin de rehabilitar como héroes a Laurenti Beria y otros archi-criminales de la KGB y eliminar de los textos escolares el pacto con Hitler que en el otoño de 1939 borró una vez más a Polonia del mapa europeo.
Lo positivo de todo el asunto es que, a diferencia de los años 30, cuando Hitler voceaba sin tapujos las consignas mas aberrantes, se vean hoy forzados Haider y Blocher a mimetizarse bajo un Partido de la Libertad (¡!), como en Austria, o con profesiones de fe en los ideales democráticos. Porque no de balde murieron 50 millones de inocentes en la Segunda Guerra y es instrumento la globalización para alertar y combatir las ideologías mas nefastas.
Y que la Unión Europea cuya construcción sería en definitiva la víctima de los fantasmas del nacionalismo y el patriotismo- comienza a reaccionar a la amenaza.
Por ejemplo, con las decisiones adoptadas en Tampere esta semana en materia de seguridad social e inmigración, para superar el egoísmo que tanto se critica al proyecto unitario del Viejo Continente; las rotundas declaraciones del Segundo Sínodo de Obispos Europeos a favor de una mayor solidaridad hacia los excluidos de dicho proceso, que engrosan las filas del extremismo; y , precisamente, de gestos tan trascendentes como el Premio Nobel de Literatura que la Academia Sueca concedió este añoa Günther Grass, agitador de la conciencia del mundo y paladín en la lucha que el ex-Canciller Consalvi reclama con urgencia.
e-mail: avofint@cantv.net