La supresión de los lores hereditarios era uno de los puntos del programa electoral de Tony Blair

Los lores hereditarios desaparecen de las instituciones británicas tras ocho siglos

La Cámara aprueba la ley con 221 votos a favor, 81 en contra y casi 1.000 abstenciones

Rafael Ramos

Un total de 92 lores hereditarios podrá conservar provisionalmente su puesto hasta que se decida el sistema de elección y designación de la Cámara Alta

El objetivo de Tony Blair es preservar la “naturaleza especial” de la Cámara de los Lores como centro de debates profundos e intelectuales, pero al mismo tiempo democratizarla y hacer que un porcentaje importante de sus miembros sea elegido democráticamente para que el pueblo se sienta representado.

LONDRES. - Fue el final de toda una era en la política de Gran Bretaña. Anoche, al filo de la madrugada, la Cámara de los Lores se rindió al signo de los tiempos, a la modernidad y a las presiones de Tony Blair, y decidió la eliminación de los lores hereditarios. Ocho siglos de historia quedaron borrados como si tal cosa.

Los propios lores se suicidaron en su guarida de Westminster, entre sillones tapizados de rojo, escudos de la realeza y paredes de madera de caoba, con todo el ritual que merecía la ocasión. Por 221 votos a favor, 81 en contra y casi mil abstenciones, aprobaron la ley para la reforma de la Cámara Alta del parlamento británico, una de las principales promesas que hizo Tony Blair en su campaña electoral del 97.

Después de que los lores determinaran anoche su propia liquidación por derribo, el club por excelencia de la aristocracia del Reino Unido ya nunca será lo que era. Tony Blair ha perdonado la vida a noventa y dos lores hereditarios, que conservarán sus puestos de manera provisional, hasta que una comisión independiente decida la futura constitución de la Cámara Alta del parlamento de Westminster. El informe con sus recomendaciones llegará a Downing Street a finales de año, y se espera que proponga una fórmula mixta de elecciones y designaciones a dedo, para establecer una dosis de espíritu democrático, pero al mismo tiempo garantizar una altura intelectual y la presencia de personajes importantes de todas las esferas de la sociedad, que aporten profundidad a los informes y a los debates. Pero también es posible que sugiera un Senado al estilo estadounidense, o un cuerpo cuasi federal con representantes de Escocia, Irlanda del Norte y el País de Gales.

La eliminación de los lores hereditarios es parte esencial de la reforma constitucional prometida por el nuevo laborismo en su plataforma electoral del 97, junto con la creación de un estado de las autonomías, la introducción de un sistema de representación proporcional en las elecciones europeas y locales, y la aprobación de un Acta de Libertad de Información.

Los lores han defendido con éxito varios ataques a su existencia y sus privilegios en lo que va de siglo, pero esta vez la cosa va mucho más en serio. A lo más que han podido llegar es a un compromiso para que noventa y dos lores hereditarios sobrevivan unos meses más, hasta que haya un plan concreto para la reforma de la Cámara Alta.

entre las funciones de los lores figuran supervisar las leyes y encontrar posibles defectos que hayan pasado desapercibidos a los diputados, publicar informes, proponer proyectos de ley en temas no controvertidos, y garantizar que el primer ministro no comete excesos y no se convierta en un pequeño dictador. También hace las veces de Tribunal Supremo y se asegura de que el partido en el poder convoca elecciones en el plazo máximo de cinco años.

Los lores habían amenazado con rebelarse, aunque fuera de una manera simbólica, y votar ayer en contra de la ley para la reforma de la Cámara, o proponer tantas enmiendas que hiciesen imposible su aprobación antes del final del curso parlamentario. Pero la suerte estaba echada y decidieron ser prácticos. El gobierno habría podido firmar su sentencia de muerte el año que viene, por decisión ejecutiva, y así por lo menos han salvado el pellejo de 92 compañeros, que seguirán por el momento en Westminster como un rescoldo de tiempos pasados que ya nunca volverán.

La Vanguardia (España), 27 de octubre de 1999