Lor Romanos les dieron el nombre genérico de “aquae caldae”, origen del topónimo Caldes
Juan Perucho
Parece que vuelven a estar de moda los balnearios. Tengo presente en mi memoria la exposición de las imágenes gráficas de estos lugares que organizó, en un céntrico edificio de Barcelona, la entidad Asociación Balnearia, conjuntamente con el Departament de Comerç, Consum i Turisme de la Generalitat de Catalunya. En esta ocasión se editó por el Servei d'Infor-mació, Documentació i Publicacions un estudio con abundante documentación gráfica y un texto al cuidado de Francesc Xavier Fabré y Teresa Lloret.
Decían estos autores que las características geológicas de Cataluña favorecen una alta actividad geotérmica que se localiza sobre todo cerca del litoral, siguiendo las fallas tectónicas que dan lugar a las depresiones de las comarcas de la Selva y del Vallès y los Pirineos, en zonas de fuertes plegamientos, con fracturas o macizos intrusivos, accidentes que constituyen las vías preferentes de circulación ascendente de las aguas termales.
Francesc Xavier Fabré y Teresa Lloret afirmaban que las cualidades terapéuticas de estas aguas y sus propiedades, ricas en sustancias minerales carbónicas o sulfhídricas, ya eran conocidas por los romanos, que explotaron diversas surgencias a las cuales dieron el nombre genérico de “aquae caldae”, origen del topónimo Caldes. En época medieval se documenta también el aprovechamiento de algunos establecimientos balnearios, pero no es hasta la segunda mitad del siglo XIX que se inicia la expansión de la actividad balnearia como ha llegado propiamente hasta nuestros tiempos actuales.
Entre 1880 y 1920 se construyó, dentro de un amplio repertorio arquitectónico, una serie de confortables edificios dentro de la línea de los prestigiosos centros europeos termales (de una vida social intensísima y de formas de vida elegantes y sugeridoras de múltiples actividades en el aspecto lúdico en una acción desinteresada y organizada del ocio), destinados no solamente a la estricta cura de las aguas, sino también, como hemos visto anteriormente, a ofrecer días de libre esparcimiento y descanso atractivo para toda clase de agüistas y también a los acompañantes.
Autopistas, por otro lado, muestra su interés en dar a conocer la oferta turística y cultural del entorno de la red que gestionaron, lo cual le empujó a presentar la exposición “Balnearis de Catalunya”. Esta iniciativa demuestra que se podría hablar de la recuperación de una actividad milenaria que, viniendo del tiempo de los romanos, disfruta de una gran tradición en nuestro país, pero que hoy descubre nuevas perspectivas, ampliando y especializando su oferta. Una vez más, la autopista supone un valor añadido a los muchos que ofrecen las actividades del ocio. La comodidad y seguridad en el desplazamiento aumenta el interés por desplazarse y conocer o practicar nuevas actividades. En este sentido, la entidad organizadora se congratulaba por esta iniciativa y subrayaba las palabras de Juvenal “Mens sana in corpore sano”. Era preciso presentar una manera diferente de conocer el país, siempre recuperando el bienestar o bien manteniendo como un objetivo en el cual se complacía poder colaborar.
Otra cuestión era, según Fabré y Lloret, la situación y el entorno que dan personalidad a cada balneario, que son muy variados. Establecimientos integrados en núcleos de población, otros situados en medio de amplios parajes naturales, en paisajes suaves cerca del litoral o adentrados en escarpados valles pirenaicos. Siempre dentro de un ambiente que invita al reposo y a la tranquilidad, los balnearios catalanes ofrecen otros alicientes y estímulos, que van de la práctica del deporte y las excursiones por bellos lugares con interesantes hitos culturales y artísticos, a una gastronomía rica y sugestiva. Nos suenan al oído los versos de Tomàs Garcés:
“Canta l'ocell dalt del cim, / s'esberla la clariana. / Torna a ser daurat el món. / La flor al marge es decanta. / Però se senten glatir / els morts, llur plor sense llàgrimes, / colgat en la terra molla”.
Hace muchos años escribí un libro sobre los balnearios. En él decía que son lugares donde iban, y todavía van, las gentes provistas de una enorme capacidad de esperanza. Es un acto de fe. Tenía la esperanza de encontrar citado mi libro. Pero los años no transcurren en balde. Es natural.
La Vanguardia (España), 27 de octubre de 1999