Volavérunt

¿HASTA dónde llega la libertad del creador literario ante la realidad histórica? La libertad, a la que no puede renunciar el artista so pena de quedar mutilado en su plena expresión, ¿tiene algún límite ante los hechos y personajes de la historia? El novelista crea personajes que son obra de su fantasía, que pasan a existir a partir de entonces en el mundo ideal, aunque muchos de ellos lleguen a trasmutarse en mitos que se convierten en tipos humanos realísimos, como el Quijote, Fausto, don Juan, Laura, y tantos otros, cuya influencia en la personalidad y los comportamientos es evidente. ¿Pero es lícito que este don maravilloso de la creación, por el cual según Pico della Mirandola el hombre llega a divinizarse, esto es, a asemejarse a Dios, irrumpa en los protagonistas de la historia y los transforme a su voluntad? ¿Debe respetarse la memoria de las personas y los hechos o es materia que puede manipularse según los deseos y caprichos del artista?

Vienen estas reflexiones a cuento de la película Volavérunt. en la que los guionistas y el director han entrado a saco en un período muy concreto de nuestra historia haciendo de sus protagonistas tipos esperpénticos y hasta guiñolescos. Comenzando por la Reina María Luisa de Parma, convertida por obra y gracia de la imagen cinematográfica en una exuberante matrona que ríe descontrolada ante las pedorretas de su amante Godoy y que cegada por la envidia ante la duquesa de Alba manda envenenarla para eliminar a su rival y apoderarse de sus joyas. A su vez, la duquesa de Alba, aparentemente la heroína de la cinta, tampoco sale bien parada, convertida en una ninfómana locamente enamorada de Godoy y ¡cómo no! de Goya. Pepita Tudó, que era hija del comandante de la guarnición de Palacio, queda transformada en una gitana gaditana que, descubierta por Godoy, vive a escondidas en el palacio de su amante. La condesa de Chinchón, en contra de la imagen que Goya inmortalizó, es una chica fea de ojos saltones, tonta y agresiva, que en un arrebato intenta acuchillar a su marido, quien al defenderse está a punto de estrangularla si no hubiera sido por la benéfica intervención de Goya. El cardenal de Borbón, tres años mayor que su hermana la condesa de Chinchón, está caracterizado como un hombre de más de cincuenta años, mal encarado y receloso. ¿De qué han servido los famosos retratos de Goya? Lo más relevante de Godoy son sus supuestas hazañas amatorias, explícitamente mostradas con las tres amantes citadas. Paradójicamente, los autores han querido dejar al margen del esperpento a Goya, pintor de lo desmesurado, de los caprichos y de los sueños, a costa de convertirlo en un espectador mudo y cariacontecido.

Nada de lo antedicho está documentalmente probado e incluso contradice frontalmente lo acaecido. Hay documentación sobrada para hacer una película histórica fiel a los hechos y sus protagonistas que sea también atractiva para los espectadores. Pero parece que la intención trasgresora de este evento de más de mil millones de presupuesto está basada en la creencia de que lo que se vende es lo zafio, actitud insultante para el espectador español. ¡Lástima de mil millones! Cuántos talentos jóvenes pudieran haberse estimulado para bien de la creación cinematográfica y, por qué no, haberse orientado hacia un conocimiento serio de nuestro pasado como base para futuras películas históricas, género insuficientemente explotado a pesar de ser un filón inagotable. Pero desgraciadamente esto le interesa a muy poca gente. Recordemos el debate sobre la enseñanza de las Humanidades, frustrado por mezquindades políticas y recelos regionalistas. Sin embargo, lo que está en juego es gravísimo y afecta a la salud psíquica de un pueblo. Las leyes defienden la imagen de cualquier ciudadano ante agresiones y calumnias, pero los que pertenecen ya al pasado no tienen ese derecho y cualquiera puede ensuciarlo hasta la podredumbre y la fetidez. Podrá objetarse con razón que grandes escritores han recreado personajes históricos, como Shakespeare, Lope de Vega, Schiller, Corneille, por citar algunos. Pero no es lo mismo abordarlos con talante épico o lírico que convertirlos en piezas de guiñol con pretensión de autenticidad.

Las generaciones actuales tienen un desconocimiento atroz del pasado, como consecuencia del ataque sistemático que las humanidades han sufrido en los planes de estudio. El vacío intelectual de conocimientos veraces históricos, que debería haber sido proporcionado por la investigación y la enseñanza programada, es ocupado por unas «historias» inventadas por creadores más atraídos por el éxito que por la verdad. En la actualidad interesan cada vez más las novelas históricas, fenómeno que quizá pudiera explicarse precisamente por esta penuria de saberes históricos. Pero se produce un desequilibrio muy peligroso, porque la ficción histórica ha acompañado siempre a un saber compartido que permitía dilucidar inmediatamente lo que era fiel a los hechos de lo que era invención del artista, en lo que consistía muchas veces el atractivo de esa ficción. Cuando un pintor interpreta libremente la realidad exterior, alterando formas y colores, no engaña a nadie, ni pretende hacerlo. Sólo aspira a mostrar su visión personal. El espectador conoce la realidad y puede ver las diferencias. Pero si no hay referencias objetivas con las que cotejar, si no se sabe nada de Historia, lo que se lee o se ve aparece como la realidad auténtica. Y entonces los personajes de la ficción cobran cuerpo real y sustituyen a los que verdaderamente existieron. La duquesa de Alba, la Reina María Luisa, Godoy, y demás personajes de la obra, son lo que Bigas Luna ha decidido, y no lo que su suerte les deparó en vida. Lo cual adquiere tintes patéticos al final de la proyección en la que una voz en «off» nos ilustra con gran seriedad que Goya fue un gran pintor, que las majas pueden contemplarse en el Museo del Prado, y otras obviedades, junto a errores como que Pepita Tudó fue nombrada duquesa y murió desterrada en Pisa, en una demostración palmaria de la intención del artista de hacer pasar por veraz la ficción de la obra.

Ante estas situaciones puede llegar a comprenderse el desánimo de tantos historiadores que han consagrado su vida para aclarar los hechos, mostrando sus conclusiones en libros y publicaciones científicas, y ven que en hora y media de proyección cinematográfica todos sus esfuerzos quedan pulverizados por la frivolidad de un cineasta. El único antídoto es el amor a la verdad como un fin en sí mismo, para sentir y compartir con el viejo Aristóteles la idea de que la filosofía es la menos útil de todas las ciencias y por eso la única libre, la menos necesaria de todas y por eso la mejor, idea que podríamos extender también a la Historia con la esperanza de reivindicar con el humanista Lorenzo Valla su condición de maestra de la vida.

ABC (España), 27 de octubre de 1999