Adolfo P. Salgueiro
Tal como luce el tablero del ajedrez político argentino, mañana los electores de aquel país decretarán el fin de la era Menem que durante casi diez años fue el régimen que condujo con acierto los destinos de la patria de San Martín, Rosas, Sarmiento, Roca, Irigoyen y Perón.
En efecto, a menos que las encuestas estén totalmente equivocadas, el dúo De la Rua-Alvarez obtendrá suficientes votos como para ganar sin necesidad de una segunda vuelta, la cual es requerida por la Constitución argentina sólo cuando el ganador no obtiene el 45% de los votos emitidos o cuando no supera al menos en 10% a su más cercano contrincante. Así pues, el 10 de diciembre un gran Presidente latinoamericano que gobernó con respecto a las libertades y apego al sistema democrático cumplirá con el deber de entregar el poder a quien haya sido elegido con igual legalidad y legitimidad que él.
Para este columnista es de rigor reconocer la equivocación cometida en 1989, durante la campaña electoral argentina y ante la toma de posesión de Menem, cuando en diversos artículos en esta misma columna expresó su opinión negativa y pesimista ante lo que se podía esperar de un 'pintoresco candidato' sin mayores credenciales. Ese candidato resultó, a nuestro juicio, uno de los más connotados presidentes que haya tenido la República Argentina. Prueba de que el análisis político no es precisamente una ciencia exacta.
La trayectoria política de Menem presenta algunas similitudes con la situación que hoy vivimos en nuestra Venezuela. Es el caso de su ascenso al poder sustituyendo a un régimen sumido en un desprestigio político y caos económico que erosionó seriamente las estructuras del país tornándolo casi ingobernable como lo demostró el hecho de que el presidente saliente, Alfonsín, tuvo que pedir a Menem que se hiciera cargo del poder el 9 de julio de 1989 en lugar del 10 de diciembre como lo fijaban las disposiciones constitucionales entonces vigentes.
Menem, como Fujimori, hizo campaña sobre una plataforma populista que cuadraba bien con la percepción de la ciudadanía acerca de lo que era la ideología peronista. Sin embargo tan pronto se sentó en el sillón de Rivadavia (*) comprendió que la única forma de rescatar el futuro argentino era la reactivación económica. Para implementar esa convicción recurrió a ministros de economía reclutados de entre los máximos ejecutivos de las mayores empresas argentinas, no a los 'compañeritos del partido'.
Pasado algún tiempo el presidente Menem designó como superministro de Economía al tecnócrata Domingo Cavallo, quien además de tener un plan económico, tal vez discutible, pero sin duda coherente, tuvo la ventaja de contar con el prolongado e irrestricto apoyo político que recibió de la Casa Rosada a lo largo de su gestión. Después se pelearon como era natural entre quienes se juegan en una carrera política. Hoy Cavallo, aspirante también a suceder a Menem, apenas corre en un distante tercer lugar en las preferencias electorales encuestadas.
Se podrá decir con mayor o menor grado de razón que en Argentina hay una alta tasa de desempleo, que la privatización se pasó de maracas y que la corrupción rondó varias veces muy cerca del despacho presidencial. Se podrá alegar que el éxito de las cifras macroeconómicas esconde una dosis de injusticia social en el reparto de los beneficios, pero lo que no se puede negar es lo que está a la vista. Hoy día Argentina es una nación moderna, insertada en el circuito financiero productivo y cultural de un mundo dinámico e interdependiente. La inflación lleva varios años en cero, el peso se mantiene estable frente al dólar, hay un marco jurídico seguro, un Poder Judicial de carrera, que sin ser la maravilla, es bastante confiable, un servicio exterior casi completamente profesional, etcétera. Se pregunta uno si Argentina pudo renacer de su postración, por qué no podremos hacerlo nosotros, bendecidos con todas las abundancias y un chorro varias veces milmillonario de dólares que entra en caja mientras nosotros dormimos.
Menem también promovió y acaudilló una constituyente cuyo único fin concreto era su propia reelección, que en efecto se le dio, permitiéndole así consolidar su proyecto político con un amplio consenso que hace que hoy ni el candidato que luce ganador (De la Rua) ni el peronista (Duhalde), ni mucho menos Cavallo se atreven a prometer en sus ofertas electorales un cambio radical al rumbo económico trazado por Menem. Habrán reajustes seguramente, pero el pueblo argentino sabe que no quiere retornar a esquemas probadamente permitidos.
Este columnista tuvo varias oportunidades de conversar con el presidente Menem a lo largo de su gestión y quedó impresionado con la frase que éste pronunció durante su visita a Venezuela, en 1990, en un desayuno ante Fedecámaras. Dijo allí 'yo prefiero ver a Argentina como último vagón del Primer Mundo antes que como locomotora del tren del Tercer Mundo'. Creemos que esta misma filosofía puede ser válida en Venezuela y vemos con preocupación los reiterados conatos de desperdiciar la oportunidad histórica que se nos brinda.
* Primer Presidente de Argentina en 1826