Carlos Lemos Simmonds
(AIPE)- Al repasar la lista de personas detenidas en la 'Operación Milenio', surge una pregunta elemental: ¿cómo es que no aparece un solo gringo ahí? Si las 30 toneladas mensuales de cocaína que producía el cartel (o holding, como le dicen hoy) tenían como destino Estados Unidos, y si, al llegar, fueron ávidamente consumidas por los millones de drogadictos del inmenso país, ¿cómo es que nadie en Norteamérica resultó involucrado en, por lo menos, la última, más valiosa y más compleja fase de la gigantesca transacción que es la distribución al detal?
Además, ¿por qué no se sabe nada del paradero de los 60 mil millones de dólares que son el producto de este negocio infernal? Esa suma enorme no está depositada en el raquítico sistema bancario de Colombia o en el más esquelético aún del Ecuador. Tampoco la tienen escondida los narcos y sus socios gringos debajo del colchón. Esa plata debe de estar al cuidado de alguna entidad internacional supuestamente muy respetable, que la mueve a través del sistema financiero global.
De cualquier manera, es ya habitual que cada vez que se atrapa y desmantela a un cartel de la droga, ese vistoso episodio ocurra en los países productores del sur. Y es muy extraño que nada de características parecidas suceda en las grandes naciones del norte opulento y fuertemente consumidor.
Porque es un hecho que los carteles y los holdings de la droga no sólo están aquí. Los más grandes y más ricos son, precisamente, los que funcionan en el exterior. Y en Estados Unidos, en particular. No es un improvisado y minúsculo conjunto de aficionados reclutados al azar el que recibe los cargamentos de coca o de heroína en los puertos estadounidenses y los distribuye abundante y eficientemente por toda la vasta nación. Las organizaciones encargadas de recibir al por mayor y comercializar al menudeo los embarques de droga que se despachan desde México o desde aquí, son aparatos criminales inmensos, muy bien estructurados y muy extendidos, que funcionan, no a control remoto, sino bajo la inmediata dirección de capos muy poderosos que operan allá. Que sean gringos, colombianos, mexicanos o de otra nacionalidad no altera lo esencial.
Sin embargo, no se tiene noticia de que en Estados Unidos se haya desmantelado a alguna de esas bandas enormes, ni de que sus jefes hayan sido enviados a prisión. Es más: ni siquiera se sabe quiénes son. De vez en cuando capturan a unos cuantos distribuidores callejeros o, como sucedió en el aeropuerto de Miami, a un puñado de maleteros y despachadores de carga, y pare de contar. Pero peces gordos, realmente gordos, atrapados en ese país, no hay ni uno solo en la cárcel o siquiera bajo investigación.
En este aspecto, como en tantos más, la asimetría entre Colombia y Estados Unidos es total. Acá, la batalla contra los carteles de la droga ha sido larga, constante, sangrienta, enérgica y se ha librado sin ahorrar esfuerzos ni sacrificios, con temerario valor.
La bonanza marimbera se desmontó en el gobierno de Turbay. En el de Barco, se extraditó a Carlos Ledher, se dio de baja a Rodríguez Gacha y se inició, en medio de tremendos peligros, la lucha contra el cartel de Medellín. En el de Gaviria, cayó Pablo Escobar. El cartel de Cali, el del Norte del Valle, el de la Costa y el del Llano se destruyeron en el de Samper. Y bajo Pastrana, la 'Operación Milenio' acabó con el de 'Juvenal'.
Nada siquiera aproximado se ha visto por allá. Ningún gobierno estadounidense ha logrado disminuir no sólo la demanda sino la oferta de droga dentro de Estados Unidos, siquiera en ínfima proporción. Pero, además, la reciprocidad que se le ofrece a Colombia es muy pobre en verdad. Hay cooperación. Pero no la que necesita el país. La asistencia llega con cuentagotas, tarde, irregularmente y siempre condicionada al capricho de unos cuantos legisladores o de las ONG.
Es lo que acabamos de ver. Mientras del gobierno federal le llovían al brillante general Serrano palmaditas en la espalda por el éxito de la 'Operación Milenio', en Washington la ayuda ofrecida sorpresivamente se enredaba o se convertía en otro elemento contencioso de la campaña electoral.
Todo esto da rabia y ya está empezando a desalentar al país. La lucha contra el narcotráfico no puede ser un compromiso dispar en el cual Colombia siempre ponga las capturas y los muertos, y Estados Unidos, siempre las dudas, las felicitaciones, las descertificaciones y, desde luego, muchas narices ávidas de consumir. ©
Columnista del diario El Tiempo.