Martín Krause
El resultado de las recientes elecciones presidenciales en la Argentina es una muestra adicional de cómo las etiquetas políticas han quedado caducas, sobre todo a partir de la caída del muro de Berlín.
Varios medios periodísticos del exterior, tanto en español como en inglés, han caracterizado a la alianza opositora que venció el domingo 24 de octubre como de "centro-izquierda". Siendo que la misma ha obtenido una victoria contundente por sobre el candidato peronista, podría llegar a interpretarse esto como una preferencia por los votantes argentinos hacia un rumbo más de "izquierda".
Nada está más lejos de la realidad. Se podría considerar a la Alianza como de "centro-izquierda", pero no específicamente a su candidato. Fernando de la Rúa está más a la derecha que la misma coalición que lo presentó como candidato.
El voto de los argentinos no pudo haber sido más conservador. El actual presidente electo y la alianza opositora pudieron alcanzar el triunfo electoral en las elecciones legislativas de 1997 sólo después de aceptar mantener la convertibilidad, las privatizaciones y la apertura de la economía. Solamente entonces, los votantes le dieron su apoyo en la búsqueda de un cambio político que permitiera un mayor grado de honestidad en el manejo del gobierno. Por cierto que, para ese momento la Alianza no era ya un grupo de centro-izquierda, aunque sus propios dirigentes prefirieran denominarse así, por la sencilla razón de que la etiqueta parece más "progresista" que la de "centro-derecha", por ejemplo. Todos los pequeños grupos que quedaron en la izquierda no sumaron más del 3% de los votos. Si simplemente sumamos a todos los candidatos que prometieron sostener el régimen de convertibilidad nos encontramos con el 97% restante: el candidato electo hizo una campaña explícita afirmando su compromiso de mantener una relación 1 = 1 entre el peso y el dólar; el candidato peronista era el heredero del sistema implantado por un gobierno de su partido; y el tercer candidato, Domingo Cavallo fue quien lo puso en práctica.
No sólo eso, si analizamos las distintas preferencias en los votos a gobernadores de las provincias vemos que los mismos votantes que prefirieron a de la Rúa eligieron a candidatos peronistas cuando éstos adoptaron una posición "dura" en materia de lucha contra el crimen. Tal es el caso de la provincia de Buenos Aires, donde el actual vicepresidente Carlos Ruckauf derrotó a la candidata aliancista Graciela Fernández Meijide con una promesa de mano fuerte contra los criminales.
En definitiva, los argentinos eligieron mantener un rumbo similar de políticas, especialmente en las que hacen a la estabilidad económica, con un administrador distinto, quien tal vez sea "aburrido", como él mismo asumió en la campaña, pero que no tenga las desventajas del gobierno que se va.
Entonces, los argentinos se han mostrado claramente "conservadores" en su voto y la razón es que nadie puede negar los beneficios de la estabilidad económica, obtenidos gracias al abandono por parte del gobierno de la posibilidad de realizar política monetaria. No es que eso halla cerrado la voracidad fiscal y el gasto público porque la recaudación impositiva y el endeudamiento público han crecido en forma importante. Pagando tanto, el votante argentino, sin embargo, obtiene servicios públicos caros y en algunos casos, como la policía, claramente malos. ¿Es eso lo que quieren conservar?
Por cierto que no, si el dilema fuera entre la estabilidad y el resto, probablemente los argentinos seguirían priorizando la estabilidad, tal es su recuerdo de la hiperinflación, pero van a demandar más, y aunque el voto haya sido conservador, el próximo gobierno no deberá serlo, sino que deberá impulsar las reformas que hagan de la Argentina, además, una sociedad abierta y pujante.
Corresponsal de la agencia de prensa AIPE.