Triste decepción

Moisés Martín

Mucho se ha debatido, e incluso aún ahora se discute, acerca del significado de la victoria electoral de Hugo Chávez en diciembre de 1.998. Para un importante número de analistas, el suceso fue expresión de un profundo deseo de cambio, de tener esa "buena democracia" que tanto prometía el ahora Primer Mandatario y que sólo él logró entonces personificar. Pero, ¿qué significaba cambio, o buena democracia, a los ojos del electorado?. En otras palabras: ¿Por qué cosas votó el venezolano?. Por supuesto, nadie estaba pensando en la posibilidad de lograr mayores espacios para la participación en los asuntos de interés colectivo, ni mucho menos en que se le haría corresponsable, junto con el Estado, del desarrollo nacional.

Analizando el discurso electoral (¡y post-electoral!) de Chávez, resulta más que clara su promesa de reimplantar en Venezuela un salvaje estatismo, en el que el Estado venezolano será garantía absoluta de la satisfacción de todas las necesidades y deseos de sus nacionales y sin que ellos deban retribuir en forma alguna lo recibido, idea muy coherente con la cultura venezolana de que el desarrollo llega por un golpe de buena suerte, mas no por el esfuerzo y trabajo sostenidos. Vaya que hemos cambiado, ¡ahora el venezolano es otro!. Vistas así las cosas, resulta que el tan mentado cambio es sólo el deseo de volver atrás, a los tiempos en que nuestro Estado, omnipotente y omnipresente, todo lo hacía.

No es entonces en forma alguna sorprendente que el preciado bebé de esta magnífica y única revolución, la nueva Constitución elaborada por la soberanísima (así, sin mayúsculas) Asamblea Nacional Constituyente, peque por exceso de estatismo. Al parecer, nuestros flamantes Constituyentes, quizás habitantes de una dimensión desconocida, creen que con decretar algo y asentarlo en el papel, transformarán indefectiblemente la realidad. Pero, ¿es que acaso se cuenta con los medios para llevar efectivamente a la práctica el modelo de Estado "soberanamente diseñado"?. ¿Es coherente con la realidad, nacional e internacional, lo que establece la nueva Carta Fundamental?. Las respuestas son obvias: no. Por ello, la Constitución que pronto será aprobada, y que con mucha seguridad recibirá el sí por parte del electorado, en buena medida debido también a la ausencia de una oposición organizada, fuerte y unida, será en muchos de sus artículos letra muerta.

Tarde o temprano, la sociedad venezolana chocará con la dura realidad y despertará de ese sueño profundo y hasta ahora inquebrantable. No son predecibles cuáles serán sus reacciones, pero no cabe la menor duda de que, una vez más, sufrirá una grave decepción y se sentirá burlada. Recemos para que, entonces, un liderazgo alternativo, real y suficientemente fuerte, haya surgido. 

moisesmartin@cantv.net