Alberto Valero
Los aprietos que enfrenta el superbillonario Bill Gates con la justicia estadounidense por presuntas prácticas monopólicas de su empresa Microsoft, confirman que el capitalismo llamado salvaje lo es unicamente con los zoquetes ya que el sistema posee suficiente capacidad de reacción para meter en cintura a quienes trasgreden su filosofía y código operacional, sin importar cuanto se pregone la libertad económica mas irrestricta.
El veredicto del juez Thomas Jackson contra el niño prodigio de la informática a quien se suponía blindado contra cualquier acción legal- indica así mismo los límites fijados a las iniciativas de los particulares y que no es tolerable la manga ancha que según pensamos, erroneamente, en los países periféricos está asociada a la actividad comercial.
Los detalles del asunto han sido harto publicitados pero no huelga recordar que estamos ante un pleito por el sustancioso mercado de las computadoras personales, a raíz de procedimientos que Microsoft adoptó en perjuicio de sus rivales Netscape, Compaq e IBM, que las autoridades asimilan a un dumping impuesto por la marca de Bill Gates.
Es un suculento botín, por la rapidez con que el mundo entero ha sucumbido a la Internet y que ha permitido al ingenioso perolito alcanzar en sólo cuatro años la audiencia que a la radio llevó treinta y trece a la TV, con una clientela que se duplica cada cien días y diez millones de personas que surfearon en 1997 en el revolucionario comercio virtual que tiene de cabeza tanto a los bodegueros como a los expertos legales y fiscales.
Es lógico pues el interés de los rivales de Bill Gates en limarle las espuelas al joven empresario y anular su control casi hegemónico, en una cruzada que cuenta, curiosamente, con el respaldo de parlamentarios conservadores que mas bien debieran aplaudir la capacidad de cualquiera para producir tanta fortuna como se lo permita su talento.
Tal vez porque adivinan en el genio que se les escapa de las manos al Frankenstein del próximo milenio, o porque el proceso ha venido a confirmar lo que muchos expertos independientes denuncian desde hace tiempo: que el interés de los consumidores en acceder a equipos mas sencillos, baratos y de mayor calidad, ha sido soslayado por la codicia de Microsoft y sus socios de la industria para beneficiarse de una comercialización artificial al servicio exclusivo de la empresa.
En su defensa, Bill Gates ataca la burocracia que se ensaña en el empresario imaginativo en beneficio de un competidor de menor empuje, y afirma que Microsoft no sólo no ha asfixiado la competencia sino que ha estimulado el surgimiento de por lo menos el doble de las compañías de software que existían cuando hace ocho años llegó la versión original de Windows como un torrente innovador.
Ahora, la capacidad regenerativa del sistema debería hallar una solución beneficiosa para el mercado, y no es fortuita la analogía entre el fiscal Joel Klein, que desencadenó hace dos años el proceso que ha concluido en su primera fase con la decisión del juez Jackson, y un personaje clave del capitalismo norteamericano: la periodista Ida Tarbell.
Hija de uno de los muchos soñadores arruinados por la Standard Oil de New Jersey a fines del siglo XIX, cazó una pelea sin tregua contra el poderoso John D. Rockefeller con una serie de reportajes que cayeron como una bomba en una colectividad aterrada por la soberbia de la Standard y animaron a sus numerosos enemigos; sobre todo el Presidente Teodoro Roosevelt, que comprendió el filón político del tema y lo hizo suyo, con su habitual vehemencia.
El resultado fue el desmembramiento de la Standard en 1909 en una veintena de compañías independientes, que atizó el avance capitalista del país al sacudir los controles leoninos que asfixiaban a la industria petrolera en expansión.
Y es probable que a la postre, aunque Microsoft pierda algo de su poderío, saldrá Bill Gates tan favorecido como lo fue entonces Rockefeller, al adquirir acciones de las nuevas empresas que al valorizarse a un ritmo vertiginoso, elevaron su fortuna hasta el equivalente de nueve millardos de dólares de nuestros días.
e-mail: avofint@cantv.net
Caracas, noviembre 99