Victoria Prego
NO esperaba yo que saliera tan pronto pero ya está aquí: las mujeres a la política, democracia paritaria, las mujeres al trabajo, igualdad laboral. Las mujeres han salido otra vez a la palestra como tema electoral. El secretario general del PSOE va a proponer una reforma de la ley electoral para que las listas de los partidos incluyan obligatoriamente un 40 por ciento del sexo minoritario y propone estudiar incluso una vía legal para sancionar a quienes no respeten esa regla. Pero es que la decisión de dedicarse a la política y de hacer carrera en ella puede llegar a resultar dramática para una mujer joven. No conozco nada más invasor, absorbente, implacable e interminable que la actividad política en España. ¿Cómo una mujer de veintitantos o treinta años puede pensar en hacer carrera política si no se traga de antemano que más vale que no tenga familia o que, si la tiene, sus relaciones familiares van a distar tanto de lo normal y lo deseable que acabará siendo preferible renunciar a una cosa o a la otra? ¿Cómo va una mujer a dedicarse a la política si cada jornada es de dieciséis horas y no le es posible ausentarse de la «pomada» porque, si lo hace, el propio aparato del partido se encargará de que otro, digo otro, ocupe el hueco que ella deja para ocuparse de su propia vida?
El presidente del Gobierno clama a su vez por la creación de puestos de trabajo para las mujeres: «nos la jugamos en la incorporación de la mujer al mundo laboral porque el paro femenino duplica al masculino». Pero es que para una mujer joven también puede resultar dramática la decisión de dedicarse a hacer carrera profesional de un cierto nivel en la empresa privada. ¿Quién va a negar que para ser lo que se considera hoy día una hábil ejecutiva, o una joven con futuro, hay que casarse literalmente con la empresa que te contrata y someterse a las Tablas de la Ley de la dedicación entusiasta, la identificación total y la entrega absoluta a las necesidades de la compañía? La consecuencia de eso es que la vida personal, es decir, la vida, pasa obligadamente a un tercer o cuarto término y que no se pueden tener problemas familiares, no se puede tener alrededor gente enferma o anciana y, maravilla de las maravillas, no se pueden tener hijos porque los hijos cuando nacen no vienen ya enseñados con estas nuevas reglas que mamá tiene que cumplir religiosamente para tener con qué poder comprarle los pañales. Desgraciadamente para las jóvenes españolas de hoy, los niños siguen necesitando tiempo, dedicación, calor y sosiego. Pero el régimen de trabajo en la mayoría de empresas privadas no permite eso. Así de claro.
Obligadas a optar, las mujeres españolas tienden entonces a dar dos pasos atrás conservando parte de lo esencial pero renunciando a esa otra parte crucial para su desarrollo personal que es un trabajo y la independencia económica y de toda índole que el trabajo proporciona. Sucede que las mujeres españolas todavía conservan la inteligencia de considerar de importancia vital el ocuparse de esa parcela semioculta pero de un formidable vigor social y político que es el ámbito de lo privado. Y precisamente por eso, porque absolutamente nada en la vida económica española está estructurado teniendo en cuenta esta realidad, hay pocas mujeres en la política y el paro femenino es tan elevado.
Así que no se trata de clamar por un pleno empleo para las mujeres e imponer por ley su presencia en la política: se trata de poner los mimbres para que trabajar no se convierta para las mujeres jóvenes en un drama ineludible en el que siempre, siempre, el precio más alto lo pagan ellas. En este tema, el Derecho en España está muy por delante de los hechos, lo cual me permite darle la vuelta a la histórica frase de Adolfo Suárez:
«Vamos a elevar a la categoría social de normal lo que a nivel de ley es simplemente normal». Cuando eso suceda, cuando los hechos den por fin sentido a las leyes aprobadas, entonces el asunto habrá dejado de servir para abrir campañas electorales y muchos más niños y mujeres satisfechas poblarán España.
ABC (España), 8 de noviembre de 1999