Mañana se cumplen 10 años de la caída del Muro de Berlín, que precipitó la de todo el bloque soviético. Un balance de lo sucedido desde entonces en Europa del Este revela que los cambios no siempre han sido favorables Muchos están desilusionados, aunque a la vez son muy pocos los que quisieran volver atrás.
Timothy Garton Ash
Politólogo, historiador. Saint Anthonys College (Oxford).
Hace casi veinte años alguien clavó
un papel sobre una cruz de madera fuera delastillero Lenin
de Gdansk. Los trabajadores de toda Polonia estaban en
huelga reclamando sindicatos libres, algo nunca visto en la
historia del comunismo. Todos los que estuvimos allí
pensábamos que los tanques soviéticos podían invadir en
cualquier momento. En el papel había unos versos de Byron:
Porque, una vez iniciada la batalla de la Libertad, legada
por el padre sangrante al hijo, aunque a menudo se frustra,
siempre se gana.
Pero el huelguista que hizo esta dedicatoria omitió la palabra "sangrante". Porque la revolución de los trabajadores polacos que sacudió los cimientos del imperio soviético y dio nacimiento a un gran movimiento llamado Solidaridad debía ser una revolución pacífica.
El regreso triunfante de Solidaridad, en 1989, inició la increíble cadena de revoluciones pacíficas que crearon el mundo en que vivimos hoy. Cada mes traía alguna sorpresa nueva, mágica, increíble. El 9 de noviembre se abrió el Muro de Berlín. Luego me reuní con el dramaturgo disidente Vaclav Havel cuando dirigía su más grande obra: La revolución de terciopelo.Diez años después, ¿dónde están la gente, los lugares, las emociones? A primera vista, uno llegaría a la conclusión de que la batalla de la libertad finalmente fue ganada. Muchos países poscomunistas están sumergidos en luchas sangrientas, desde ya. Pero la mayoría de ellos no comenzaron con revoluciones de terciopelo. Las tierras del centro de Europa que sí tuvieron revoluciones pacíficas en 1989 ahora son países libres, con democracias bastante estables y economías de mercado. Increíblemente, ahora son miembros de la OTAN. Se suele decir que se han convertido en países "normales".
Volar a Praga o Budapest hoy es una experiencia muy poco diferente de volar a Nápoles o a Madrid. Y cuando llego allí, a menudo descubro que los amigos que antes de 1989 tuvieron prohibido viajar están lejos, en Francia o en los Estados Unidos. Lo descubro cuando los llamo a sus teléfonos celulares.
Así que: ¿Final feliz? Bueno, no del todo. Pasé gran parte de este año viajando por Europa central con un equipo de TV de la BBC, intentando descubrir si las ambiciosas esperanzas de libertad realmente se han cumplido. La experiencia me hizo bajar a tierra. A la serie que realizamos la llamamos "La batalla de la libertad", no sólo por ese trozo de papel sobre la cruz de madera, sino porque la vida en la nueva libertad sigue siendo una lucha. Siento la tentación de corregir a Byron y decir que la batalla de la libertad nunca está ganada.
El viaje más deprimente fue el que hicimos al lugar donde precisamente el ignoto huelguista dejó esos versos esperanzados: el astillero Lenin de Gdansk. Este se desprendió del nombre y de la estatua de Lenin inmediatamente después de la revolución. Pero desde entonces le ha ido muy mal y quebró hace tres años. Sí, algunos de sus antiguos trabajadores encontraron empleo en el sector privado. Muchos se han convertido en empleadores en pequeñas empresas privadas. Pero la mayoría está desilusionada y amargada.
Los trabajadores comenzaron la gran transformación, dicen, y ahora son los perdedores. Algunos están sin empleo. Los que sí trabajan reciben un mejor sueldo en términos reales que el que tenían antes. Pero también tienen que trabajar mucho más. Hay muchísimas más cosas que comprar en los negocios, pero los precios a menudo son prohibitivamente caros. ("Salarios orientales, precios occidentales", es la nueva queja.) Un veterano de Solidaridad que todavía trabaja en el astillero me dijo que ahora la gente se le acerca y le dice: "¿Por esto peleamos?". Su hijo Roland, que trabaja en una imprenta privada, agregó: "Ahora tengo pasaporte, pero no puedo pagar ningún viaje. Sí, ahora pueden decir lo que piensan. Pero todos sienten que su empleo corre peligro si hablan demasiado enérgicamente en el trabajo. Antes teníamos miedo de la policía secreta; ahora de nuestro empleador". La ironía es que su empleador es también un ex operario del astillero. Lo entrevisté en su moderna oficina. Me dice que no permitiría sindicatos en su empresa. "íNada de Solidaridad aquí!" Descubro que no es un caso excepcional. En la mayoría de las empresas privadas de Polonia no hay sindicatos. De modo que la gran liberación que comenzó con la batalla en pos de sindicatos libres terminó con un ex trabajador del astillero que le niega a otro el derecho a afiliarse a un sindicato. La solidaridad es bastante escasa.
Tiempo de transición
Muchas cosas pueden y deben decirse para mitigar esta sombría impresión. Al astillero de Gdansk le fue especialmente mal, víctima de una mala administración. En general, la economía polaca prospera. Tiene uno de los índices de crecimiento más altos de Europa. Así que podríamos decir: "íEsperen un poquito más! Hace falta tiempo para que la prosperidad llegue abajo". Pero aun en nuestras ricas sociedades occidentales hay muchísima gente para la que la prosperidad nunca llega. Consuela pensar que lo que viven los trabajadores polacos es una "transición". Pero está presente la horrible sospecha de que podría ser la soñada "normalidad".
Si los trabajadores no están contentos, ¿qué pasa con los intelectuales? Fui a Praga para averiguar qué había ocurrido con los escritores, artistas y filósofos que encabezaron la revolución de terciopelo. Entre ellos había gente que debería estar contenta. Después de todo, había pasado la mayor parte de los 20 años previos a 1989 bajo la prohibición de publicar, exponer o viajar. Ellos son mucho más optimistas. La libertad de expresión es un logro que no tiene precio. Pueden publicar y llegar a sus lectores de manera normal. Su teatro puede representarse en salas públicas, sus películas pueden proyectarse, sus obras plásticas exponerse. Y pueden viajar.
Sin duda, su posición social cambió. Durante gran parte de la historia moderna, los intelectuales de Europa central tuvieron un papel muy especial. Como sus países no eran libres y el gobierno los consideraba ilegítimos, los intelectuales más importantes eran considerados los verdaderos representantes de su pueblo, autoridades morales. Sus lecturas públicas se llenaban de público y sus escritos circulaban de mano en mano con pasión. Esta recepción daba envidia a muchos escritores occidentales.
Con la libertad eso desapareció. Con la velocidad de un cambio de escena, se han convertido en Occidente en este aspecto también. Nadie los mira con respeto. Ahora tienen que competir en un mercado del espectáculo multimediático. Donde antes sólo había TV estatal, ahora hay estúpidos canales privados con chicas que dan el pronóstico meteorológico desnudas. Ivan Klima, uno de los mejores escritores de la vieja generación de novelistas checos, se niega a quejarse. "Lo ganado supera en mucho a lo perdido", dice. Era anormal que los escritores estuvieran en un pedestal moral. Pero hasta él dice con añoranza que "el espectáculo es un nuevo Dios".
También observa pérdidas más sutiles. La amistad, por ejemplo. Las amistades eran más estrechas antes, dice. En parte, porque tenían más tiempo para cultivarla, mientras que ahora todos corren de un compromiso a otro. Pero también porque sufrían la opresión de un enemigo común. Así que no sólo la solidaridad de los trabajadores sino la camaradería de los intelectuales desaparecieron con la libertad.
Un espejo impiadoso
Estas no son historias de países lejanos de los que sabemos poco, ni la oscura contracara de lo que queda de una de las liberaciones más pacíficas, alentadoras y exitosas de estos días. Más bien, la nueva Europa central es un espejo en el que podemos vernos con claridad. Y no es un reflejo piadoso. La esperanza de hace diez años era que políticos intelectuales como Vaclav Havel, o políticos obreros como Lech Walesa, o simplemente esa gente salida tan milagrosamente de años de opresión, pudieran mostrar a Occidente algo nuevo. Quizá un nuevo estilo de política. Esa esperanza se vio frustrada. En cambio, la realidad de Europa central es en muchos aspectos una simple copia de Occidente. Y a menudo, una copia más bien barata, tosca, hasta vulgar de nuestra sociedad de consumo.
Pero esto, cuando se combina con los recuerdos que tiene la gente de lo que ocurría antes, es precisamente lo que hace que el espejo sea tan interesante. Mientras viajo de un lado al otro hablando con amigos, me recuerdan el valor de la libertad a través de su permanente deleite en ella. Pero también me muestran el precio que ésta parece reclamar, al menos en la versión de la libertad que tenemos en Europa en 1999. Esa pérdida de solidaridad, o el debilitamiento de la amistad.
Hay un nuevo racionamiento del tiempo; siempre escaso. Todos, pero todos, dicen que hay mucho más estrés en la vida diaria. También está la forma en que el status y la identidad de las personas se definen cada vez más sólo por su profesión y el lugar que ocupan en ella. Y una y otra vez, la gente vuelve al hecho de que ahora el dinero gobierna todo. No puedo contar las veces que mis amigos me han dicho en estos diez años: "En los viejos tiempos nunca hablábamos de plata. Ahora hablamos de ella todo el tiempo".
En muchos lugares de Europa central, especialmente entre los menos pudientes, todo esto ha suscitado una curiosa nostalgia por los viejos tiempos de seguridad mínima, cuando el Estado era como un jardín de infantes gigante. Pero si uno mantiene una larga conversación encuentra muy pocos que de verdad quieren que vuelva el viejo sistema.
Me pregunto si la libertad realmente tiene que traer aparejados todos los peores aspectos de una sociedad de consumo atomizada, dominada por la competencia, el espectáculo y la publicidad exagerada. Mirar el espejo de Europa central me lleva a preguntarme, con algo de tristeza, cómo han usado ellos su libertad. Lo que es más importante, debería hacernos pensar en cómo usamos la nuestra.
Clarín Digital (Argentina), 08 de noviembre de 1999