CUANDO uno sabe que la casa de Elisardo Sánchez Santa-Cruz ha sido asaltada en varias ocasiones por la barbarie parapolicial del régimen de Castro, y la ve abierta de par en par, traspasada de lado a lado por la luz de la calle, uno no puede dejar de estremecerse ante tanta indefensión asumida. El interior es monacal, casi desolador, de tal modo que uno agradece que entren el rumor de la calle, los gritos de los niños. Hasta que comienza a hablar su dueño. Entonces toda la casa se pone pletórica de la pasión de éste y el aire se puebla de denuncias, estadísticas y esperanzas.
Elisardo Sánchez Santa-Cruz encarna como pocos la frustración de la revolución cubana, la rebelión contra ésta y la defensa de un futuro desde posiciones independientes. Era un joven militante del partido comunista en los comienzos de la revolución, profesor de Economía, un teórico instalado en la seguridad de los clásicos del marxismo. Vivió los primeros desajustes entre Castro y el PC cubano y luego el apoderamiento de éste por aquél. No tardó mucho en detectar las causas del fracaso económico, el burocratismo rampante, el arrasamiento de las libertades y se pasó de forma decidida a la oposición activa y desafiante. Desde hace años es el presidente de la Asociación de Derechos Humanos y desde esta plataforma ha denunciado los atropellos en la sociedad y en las cárceles. Sin duda, su acción más llamativa y más arriesgada fue la denuncia del proceso y muerte del general Ochoa. Para Santa-Cruz el juicio fue un montaje y la condena, una ejecución sumarísima. Fidel Castro pudo así eliminar a su competidor más peligroso. Ahora Santa-Cruz va a ser uno de los componentes de la delegación que se verá con Aznar en la víspera de la Conferencia Iberoamericana. En las desnudas paredes de su casa ha colgado unas fotos -dedicadas- de Ted Kennedy, Felipe González y José María Aznar. Puestas así, tan solas, parecen un «detente» laico para conjurar las furias del dictador. Algo han debido de valerle.
Este resistente que, a pesar de tanta frustración, sigue teniendo «fe en el hombre» y manteniendo un alto grado de progresismo, no acaba de comprender que aún queden tantos europeos empeñados en justificar la dictadura cubana. Pero lo que le obsesiona es el vacío que pueda dejar detrás de sí Fidel Castro. No descarta ajustes de cuentas e incluso teme enfrentamientos civiles a causa del odio represado durante tantos años y tanta miseria.
Exiliado en el interior, es visto con desconfianza por el exilio de Miami, un «outsider» ni siquiera reconocido por los desplazados. Tanto la gente del régimen como éstos tienen celos de él porque le escucha Amnistía Internacional y tiene buena entrada en medios europeos y norteamericanos. Es de los pocos dirigentes de la oposición que considera beneficiosa la celebración de la Conferencia. Y es que Elisardo Sánchez Santa-Cruz no renuncia a la independencia de criterio. Desde siempre ha optado por instalarse en el territorio de la inseguridad de la que es expresión plástica esta casa abierta de par en par, verdadera invitación al asalto, símbolo de la indefensión, por cuyos frescos pasillos deambula una viejecita a la espera de que su hijo Elisardo la lleve a oír misa, lo que efectivamente sucederá cuando el periodista haya cerrado la grabadora. Por cierto, dudo que alguna vez su dueño pueda dar una mano de pintura más atractiva a esta casa. Tan desleída está, que ya nadie podría asegurar si el color original fue ocre o rosa o malva. Tal como ha quedado, podría ser el de la utopía.