Roberto Giusti
En vísperas del nacimiento de la Quinta República, en medio de este curioso clima en el cual poco más de cien personas deciden lo humano y lo divino en una inverosímil carrera contra el tiempo, despachando entre bostezos y sobresaltos el destino del país, la cuestión está en si, como creen algunos, asistimos al arranque de una nueva época que se afianzará para prolongarse por cuarenta o cincuenta años a la sombra del hombre que la hizo posible o si, por el contrario, la nueva época no está definida aún, ni mucho menos.
Para algunos Chávez está sembrado bien adentro del país y de ahí no lo arranca nadie. Este pueblo tiene la confianza larga. Sabe, por instinto y por razón, que la espera debe prolongarse y con él no le importa esperar. Porque una cosa era esperar a Pérez, con el desengaño de muchos años a cuestas y otra aguardar por Chávez con la fe renovada. Pueden morirse de hambre creyendo en él. Lo hacen.
Para otros, la cosa está apenas comenzando y los trastornos que dieron origen a los cambios no son sino el preludio de otros de mayores dimensiones e intensidad. Una cosa es que la economía esté mal y él bien. Y otra que la economía ande mal y él también. Ahí se probará el verdadero estadista. El pueblo venezolano ya no es el mismo y ha ido modificando su talante ante el poder. Mejor dicho, ha madurado y por este tiempo lo que hace un siglo tardaba tres generaciones en fermentar, ahora revienta en tres años. O en menos. La paciencia, incluso en el reino del subdesarrollo, pasó de moda, es un lujo que ya nadie se puede dar. Arderán las hogueras.
Pero frente a un primer escenario que lucía como el más probable, en los últimos días ha cobrado fuerza un segundo escenario, cada vez menos descabellado, a causa de un flujo constante de malestar, que no llama tanto la atención por manifestarse violentamente, que no lo hace, sino por la variedad y amplitud de las protestas: agricultores de centroccidente, buhoneros de Catia, monjitas de El Paraíso, estudiantes de la Santa María, ganaderos de Apure, choferes de Caracas, pensionados de todo el país y hasta sordos que piden ser oídos, han tocado las puertas de la Constituyente en busca de remedio a sus males. El rosario permanente de protestas, diabólico por heterogéneo, ha hecho de la Constituyente su paño de lágrimas, aunque ésta no tenga nada que ver con el precio de los pasajes en Caracas o la corrupción en un central azucarero de Lara. Mientras el Gobierno se tapa detrás de ella y el Presidente se apresta para viajar de nuevo, la Constituyente da la cara por unos frentes que no le corresponden y son responsabilidad absoluta de un gobierno completamente ausente.
Pero allí está, convertida por las expectativas en la gran panacea, decidiendo el futuro del país bajo los gritos de los vendedores ambulantes, de las presiones intolerables del Presidente y de las más tolerables de sectores como la Iglesia, los empresarios, los gobernadores o los aborígenes. Mientras, la mayoría silenciosa, que no sale a la calle a manifestarse sino una vez cada veinte años, la verdad no está muy pendiente de los intentos por hacer centralista una Constitución federal y menos de los sinsabores de una Constituyente que debe tragarse la palabra escrita ante una orden verbal del jefe. Está a la espera y en la espera, me sospecho, ha llegado a una primera conclusión, y es que, efectivamente, con la Constituyente no se come. Pero de allí a que bajen los cerros, otra vez, no sé.