Cambio

María Elena Ramos

¿Qué es necesario cambiar, y para qué? ¿Qué fue ya cambio válido y merece ahondarse? ¿Qué novedad sustituirá lo anterior? Cambiar implica romper, pero también sustituir por algo que sea mejor. Grave, si es sólo romper. La ignorancia para proponer lo nuevo es tan grave como la sola audacia para destruir, sin más, lo que había. Y grave doblemente, pues ignorancia y audacia muchas veces van juntas. Parecemos estar claros en querer cambio. Pero hay que estar aún más claro: el verdadero cambio no es discursivo y externo. Es de mentalidad, es por dentro.

Hay un discurso que quiere, errónea o falazmente, juzgar al ámbito cultural como se juzga la política y la economía de los años anteriores, haciendo creer que toda acción anterior fue corrupta o ineficiente. Pero hay que decirlo: si algo ha producido cambio desde dentro ha sido la cultura. Y su gente ha aportado, por años, cambio de mentalidad: se ha estimulado autoconciencia y autoestima, en un país golpeado por el descreimiento en sus propios valores y tradiciones. Se ha hecho sobrio y eficaz uso de recursos, en un país de visibles nuevorriquismo y despilfarro. Se han logrado éxitos evidentes, en un país donde no siempre se han visto resultados del gasto y la inversión. Se conservan y restauran rigurosamente muchos patrimonios, en un país sin hábitos de mantenimiento. Se han creado espacios personales de coherencia: vidas dedicadas genuinamente a aquello que predican y en lo que creen, en un país lleno de incoherencias entre lo que se declara y lo que se es. Se ha formado al recurso humano dentro del trabajo, profesionalizando a la gente, en un país urgido de educación continua y de experticia profesional. En el medio cultural se ubican liderazgos genuinos, de respetabilidad pública, nacional e internacional. La acción cultural es saludable -y legítima- imagen del país. En la cultura la mística ha podido más que la crisis, pues los insumos básicos del medio son: creatividad, para generar mucho a partir de poco; creencia, para transformar caos y depresión en estímulo, entusiasmo y fe de la gente en sí misma y en el país; tenacidad, para ofrecer resistencia a las dificultades; generosidad, por la que los miembros del área hacen permanentemente don de sí; honestidad, de la cual se deriva ausencia de peculado, ahorro, incremento del recurso; credibilidad, que estimula importantes convenios y donaciones, con lo que se enriquece la nación y sus patrimonios. Virtudes todas necesarias para un cambio social general. La cultura ha sido un espacio de cambio, logrado a veces a conciencia y voluntad, y otras muchas como consecuencia natural, al oponer resistencia frente a una sociedad cada vez más deshumanizada.

La cultura no parte de la nada, pues sabe valorar los bienes que existen. Y si bien ella es cambio de actitud frente a modernos entornos carentes de alma, también sabe ser continuidad de valores del humanismo de siempre. Su hábito es discernir y lograr que lo ideal se haga obra y mundo. Para ello el hacedor de cultura se esfuerza por descubrir, habitualmente, lo acertado y ahondarlo. Por reconocer lo equivocado y corregirlo. La cultura -y los valores que mueve- apoyan al hombre que busca el sentido de su existencia. Y acaso sea en esa búsqueda de sentido donde lo cultural pueda ser un apoyo más eficaz para el hombre de Estado. No es nuevo decir que la educación estética del hombre es un factor de transformación social. Todo gran líder lo sabe y lo alienta.

Alguien podría preguntarse: ¿en qué consiste el cambio que se acepta necesario si se defiende algo que ya existe? En realidad este texto es una proposición a los políticos: la cultura -su ejercicio, su temple, sus resultados- representa un permanente factor de cambio frente al país de la corrupción y del autodesprecio depresivo, al país que no mantiene o conserva, al que no educa, al que no logra; a ese país que ha ido perdiendo entusiasmo y creencia en sí mismo y que, creo, estamos todos de acuerdo en que es, precisamente, lo que hay que cambiar.