Gustavo José Linares Benzo
Hay que enfrentar con decencia de mente el dato de la alta popularidad del presidente de la República, cuando cumple exactamente nueve meses en el gobierno y confrontarla con sus logros y con lo que pasa en el país a dos meses del tercer milenio.
Así como es imposible que la pobreza crítica esté en el 80% de la población los mendigos invadirán las pocas casas de los demás es poco probable que Chávez alcance el 84% de la popularidad. Su reciente tour mundial fue un punto de inflación en la opinión que el común tiene del actual régimen: es sencillamente insoportable que un Presidente de cualquier país lo abandone un mes, por un lado; por otro, fuimos la comidilla del planeta durante octubre ('sólo el rey y Chávez besan a la Reina', titulaba el ABC de Madrid).
Sin embargo, no hay duda de que a pesar de que el tiempo ha lesionado la figura del jefe del Estado, mantiene aceptación especialmente entre los más necesitados. Sobre todo, es capital anotar que aunque Chávez baja, nadie sube. Por lo tanto, el liderazgo indiscutido al menos en el corto plazo está en Miraflores. Ese no es el asunto. Se recordará que el presidente Lusinchi mantuvo altas cuotas de aceptación hasta el final de su mandato, y que inmediatamente después ese fervor se volvió en su contra.
La popularidad no es el fundamento último del buen gobierno, pues, teniendo tal principio en cuenta, analicemos en la medida de lo posible los hitos de la presente administración, cotejándolos con las exigencias del bien común de hoy, expresión vaga en su formulación, pero muy correcta en la política. En primer lugar, éstos han sido nueve meses esencialmente políticos, el gran afán ha sido la Constituyente, tanto en su preparación como luego en su desarrollo. El núcleo de este proceso ha sido entenderlo como inexorable, al punto que el actual Presidente de la Corte afirmó expresamente que su misión no era ponerle puertas.
En ese núcleo está en germen todos los males que ha presentado la redacción del nuevo Texto Fundamental: ha sido un evento de necesidad y no de libertad. Desde la trágica sentencia del 19 de enero de 1999 que encontró la posibilidad de una Asamblea Constituyente donde no la había, hasta el insólito aceleramiento de los debates 'la Constitución más rápida del Oeste', como dice Párraga parece haberse olvidado que una Constitución, lejos de ser el resultado de las fuerzas políticas dejadas a sí mismas, es el límite de esa política. El resultado está a la vista: Un documento que es mucho más un retroceso que un adelanto y que hará ingobernable el país en el futuro próximo, así sea sólo por la galaxia de referendos que amenazarán la estabilidad del Gobierno.
El propósito también es evidente: adelantar en lo posible las elecciones de todas las autoridades, aprovechando la popularidad del régimen y monopolizando todas las instancias del poder. Para eso no es una Constitución. Hemos jugado con todos los valores fundamentales, sin perdonar ninguno, y lo pagaremos caro antes de lo que pensamos.
El carácter esencialmente político de lo que va de período se demuestra con un hecho incontestable: la administración Chávez no ha ejecutado su presupuesto. Como gobernar es gastar, concluyamos que los logros prácticos han sido pocos. Esta parálisis pública es una de las principales causas de la recesión récord que sufrimos, que ha aumentado el desempleo a niveles también históricos. La coyuntura amenaza en convertirse en estructura, con la pléyade de males para todos, especialmente para los más pobres. Una situación así es igualmente explosiva.
Como se ve, no se le está pidiendo al régimen dotes de creatividad económica o social: sencillamente que, con todos sus peligros, haga circular al menos el dinero público en sus niveles más bajos. Ya es tarde, sin embargo, cuando faltan sólo dos meses del ejercicio presupuestado y romper los diques significaría inflación descontrolada.
El balance es alarmante. El país se parece cada vez más a una rochela, y aunque no es sólo responsabilidad del Gobierno, éste la fomenta. Las rochelas, no olvidemos, terminan en dictaduras.