Maxim Ross
A menos que sea un irresoluto irresponsable quien toma el comando de cualquier operación, en particular, por ejemplo, la de dirigir una familia o un país debe sentirse muy frustrado cuando sus aspiraciones se alejan de sus resultados. Me imagino, y conozco, el transitorio dolor del que compite y pierde en algo irrelevante, mayor del que destina horas y días para conseguir un objetivo que no logra, más todavía de aquel que tiene años planeando un logro y ver cómo sus sueños se acercan y alejan, fantasmagóricamente.
Pasado
En nuestro caso, hablando de política, y de la más elevada, me imagino la desesperanza de un Jaime Lusinchi, prácticamente desterrado de su país, con razón o sin ella, pero desterrado en fin de la opinión pública. También a Luis Herrera, cuyo retiro y aislamiento es tan patético que, en lugar de estar jugando la primera línea en la reconstrucción de su partido, de ser un guía fundamental de esa Venezuela urgida de consejos y rumbos, está allí enconchado en algún lugar, sin oírlo y utilizarlo, ni para reconstruir ni para nada. Carlos Andrés, después de tumbos y tambos, de presidente a senador, de senador a constituyente y de no serlo a quién sabe qué, tampoco nos los permite, sea porque si algo dice lo atacan por lo de las cuentas o, si no lo atacan, nadie ya le hace mucho caso, con todo y que se atrevió a cambiar, que fue el primero y, hasta ahora el único, que tuvo la valentía de reconsiderarse. Todos ellos valiosos activos de experiencia que no podemos aprovechar. Su procesión les va por dentro, arrepentidos de lo que hicieron y no hicieron, de no haber oído, de tanta soberbia y egocentrismo. Del doctor Caldera se puede decir lo mismo, honesto a carta cabal, pero con un fracaso tan grande en dirigir este país, que no se lo compensa. El más nutrido de culta inteligencia, de sabia madurez, oculta por ese mundo inmenso de prejuicios, en el haberse quedado tan atrás, de no saber oír como ninguno, allí está su procesión, no haber sacado a Venezuela del marasmo cuando podía. Olvidada en Tinajeros no nos ayuda en nada que diga esto o aquello, ¿quién lo oye?, qué castigo.
Presente
La procesión del comandante es distinta. Es de hoy. No se le ha pasado la oportunidad. Que la tiene todavía, pero distinta porque su debate no es de lo que hice o no, de lo que pude hacer, no, es esa procesión de ahora, de cumplir o no cumplir, de tanta promesa que se lleva el viento, del reclamo y la exigencia de los compañeros, del país, del no nos defrauden otra vez. Lucha contra sí mismo, del ¿qué hago? Del no fracasar, como ellos.
Dilemas que van quedando en el olvido, del no quiero admitir el éxito de los países que han puesto en práctica ese maleficio del mercado, el que, con todo y superado que está en la economía moderna, según me dicen, no resuelve todos los problemas de la humanidad y me vuelvo sobre Fidel, quien tampoco tiene resuelto nada, porque después de 30 años o más de revolución tuvo que girar 180 grados y reconocer que los privados y sus ganancias, le están sacando a Cuba del foso. Que imitarlo en estos tiempos es un sin sentido, salvo que monte rápido mi partido, que es lo que yo quisiera, apurar el enredo Constituyente, hacer elecciones y se acabó, pero ¿qué hago, después? Debo saber cómo lo hacen los chinos, pero no puede ir solo para allá, después de verme con Clinton y dejarlo convencido de la línea en que ando. Le dije que no habrá dictadura en Venezuela, que todo será democracia, de esa nuestra, participativa, que aquí queremos inversiones, también de ellos, que Venezuela es un país abierto, ¿cómo irme solo a la China? Sé que los coreanos, los indonesios tienen algo parecido a lo que busco, no tan chino, con mucho Estado y poco mercado, combinado de tal forma que todo queda en pocas manos. Dos o tres buenas familias, unos cuantos políticos amigos, que sean honestos, mi partido y por allí relanzo a Venezuela. Me quedan dudas porque otros dicen que eso ya pasó, que el MITI japonés ya no existe, ni el Kendarem sirve, que mejor es ponerle más decisiones al mercado y que el modelo es muy vulnerable y se parece mucho al de los adecos aquí, con ese clientelismo y amiguismo que los mató. Tengo todavía en el bolsillo lo de la Tercera Vía, pero ahora sé que no es tan así. No quiero que me arrastre la ambigüedad y el 'ni si ni no' de Lusinchi o de Herrera o de Pérez o Caldera, quizá me convenga un solo camino. Esa procesión no me la dejo para después.