Instituciones y pobreza

Dexter Samida

(AIPE)- El primer ministro del Canadá, Jean Chretien, habla de la ayuda extranjera como un imperativo ético, pero aunque el objetivo es meritorio, los resultados suelen ser muy diferentes.

 Nuestros políticos confunden el dinero con la compasión. La evidencia demuestra que los resultados de la ayuda extranjera son totalmente diferentes a las intenciones. Los investigadores del London School of Economics y del Cato Institute no han conseguido evidencia alguna que la ayuda extranjera mejora las tasas de crecimiento ni el nivel de vida. El economista Peter Boone, por el contrario, mantiene que "la ayuda fluye principalmente para beneficio de elites políticas... no beneficia a los pobres".

Una de las razones del fracaso de la ayuda extranjera se debe a la manera indiscriminada en que se asigna. Las naciones donantes ignoran totalmente la calidad de la administración económica en el país recipiente y en los países mal gobernados no sólo no contribuye para nada al crecimiento sino que tiene más bien efectos negativos. Según el Banco Mundial, las naciones desarrolladas tienden a favorecer a sus ex colonias con ayuda económica y los regímenes corruptos no suelen ser excluidos. Es más, según los investigadores Alberto Alesina de Harvard y Beatrice Weder de la Universidad de Basel, "los gobiernos corrompidos reciben en realidad más ayuda extranjera, en lugar de menos". Y no han conseguido ninguna evidencia que muestre que la ayuda extranjera reduzca la corrupción gubernamental.

Lamentablemente, eso es lo que ha pasado con la ayuda canadiense. Canadá concede ayuda a los países donde hay menos libertad. Más del 70% de la ayuda canadiense se ha dirigido al 40% de los países con menos libertad económica en el mundo. Eso significa que gran parte de la ayuda canadiense se ha perdido. Ayudar a los países pobres con dinero aparenta ser una acción humanitaria, pero no ayuda en absoluto a la gente de países que no son económicamente libres.

Contrario a la creencia popular, los países pobres no son pobres por falta de capital, por la existencia de mercados financieros caprichosos. Y esos países no saldrán de la pobreza recibiendo ayuda extranjera. En casi todas esas naciones, sus propios ciudadanos deciden no invertir internamente, sino que prefieren sacar sus reales al extranjero. Hasta el mismo Banco Mundial dice que los países pobres no son frenados por la brecha financiera, sino por la brecha existente en sus instituciones y en sus políticas.

El remedio no es más dinero gubernamental, sino mejores estructuras institucionales. Las investigaciones que vinculan altos niveles de libertad económica con crecimiento muestran la realidad: mayor libertad significa mayor crecimiento. Los países en desarrollo tienen que reforzar sus estructuras institucionales para proteger la propiedad e instrumentar la seguridad jurídica, y sólo así podrán alcanzar un futuro mejor. ©

 Economista e investigador del Fraser Institute, fundación privada de estudios públicos.