Encontronazo con Castro 

Alejandro Escalona

(AIPE) - Esta es la crónica de una entrevista no solicitada con   Fidel Castro. El pasado 27 de octubre, el gobernador de Illinois, George   Ryan, pronunció un discurso en la Sala Magna de la Universidad de La  Habana   con el que concluía tras cinco días su misión humanitaria a Cuba. Los 40   periodistas que acompañaban a la delegación de Illinois no esperaban   grandes sorpresas a pesar de que se rumoraba que el presidente cubano   podría aparecer sorpresivamente. Castro ya se había reunido con Ryan la   noche anterior durante siete horas. Así que cubrir el discurso del   gobernador era casi una cuestión de trámite antes de partir al aeropuerto   José Martí para dar por concluida la primera vista a la isla de un   funcionario estadounidense de tan alto rango en 40 años.  

 Todo cambió cuando Castro apareció sorpresivamente en el auditorio. Los   reporteros, fotógrafos y camarógrafos recibimos un ramalazo de adrenalina   con tan solo ver el uniforme verde olivo del comandante. Por todas partes,   se escuchaba el incesante crujir metálico de las cámaras. La expectación   cundió en el auditorio.   Al concluir el discurso de Ryan, los guardaespaldas corrieron la voz de   que Castro se iba a reunir con la prensa. Instaban a los representantes de   los medios a sentarse para que el comandante contestara las preguntas  desde   el podio. Sin embargo, ya los periodistas se habían colado hasta el   proscenio, le habían tendido un cerco a Castro y no entendían las razones   por las que se debían ir a sentar. Castro optó entonces por hablar rodeado   de grabadoras, cámaras y micrófonos. Contestó las preguntas con la   asistencia de una intérprete.   Poco más de dos horas duró la rueda de prensa. Quien no le hizo una   pregunta al comandante fue porque no quiso. Pero no era fácil. 

Había que   penetrar pacientemente el cerco de periodistas hasta quedar a una  distancia   razonable de Castro y, entonces, en el momento preciso en que el  presidente   cubano hiciera una pausa, lanzarle una pregunta con puntería de cazador.   Los reporteros lo habían cuestionado sobre el viaje de Ryan, los   problemas económicos de la isla, la situación de los derechos humanos, los   presos políticos, el embargo estadounidense, entre otros temas. Castro   respondía apasionadamente a las preguntas con sus legendarias dotes de   orador; haciendo contorsiones faciales y utilizando las manos para   enfatizar sus palabras, aunque a sus 73 años la voz ya se le nota cascada.  

 Miraba a los reporteros directamente a los ojos y los tocaba en el hombro  o   en los brazos.   Primer intercambio   Tras varios intentos infructuosos, pude hacerle una pregunta. Castro me   interrumpió para que me identificara. Después repetí:   -¿Estaría usted dispuesto a realizar un plebiscito en Cuba como el que se   llevó a cabo en Chile respecto a Pinochet?   -Usted está haciendo comparaciones que no tienen nada en común- dijo   Castro-. Nosotros hacemos algo más que plebiscitos. Elegimos a los líderes   del país por medio de la Asamblea Nacional. Vamos a tener un plebiscito   para complacer a quién. ¿Tú de dónde eres?   -Soy mexicano, pero vivo en Chicago -contesté sorprendido por la pregunta.   Castro continuó: -¿Por qué no hacen un plebiscito en México? ¿Le han  pedido   a México un plebiscito? ¿Le han pedido un plebiscito a los países   latinoamericanos para imponer el neoliberalismo?   -Pero se llevan a cabo elecciones con observadores internacionales-  señalé.   -Sí, yo no estoy criticando a México -explicó Castro-. Nos piden un   plebiscito. ¿Por qué? ¿Para complacer a quién? ¿Y la gente? Nosotros   sabemos lo que piensa nuestra gente. Tenemos métodos científicos para   conocer los estados de opinión. En este momento, Castro me hizo una   pregunta que anticipa lo que sucedió después:   -¿Quieres reunir a todos los estudiantes, Escalona? Los reunimos para   preguntarles si quieren un plebiscito. 

Nosotros no necesitamos un   plebiscito para estar conscientes del apoyo del pueblo y de su apoyo a la   Revolución. Entonces no haremos un plebiscito. Tenemos elecciones cada   cinco años. En ningún país del hemisferio vota un por ciento tan alto, y  no   es obligatorio votar. Y aquí cuando vamos a tomar medidas económicas, como   aquellas que dieron lugar a que reevaluáramos el peso siete veces en  cuatro   años y medio, consultamos a la gente en cientos de miles de asambleas,   venimos aquí a discutirlo con los estudiantes y vamos al campo y  discutimos   con los campesinos, y visitamos las fábricas y discutimos con los obreros.  

 Las medidas económicas no bajan por decreto.   -En estos días, señor presidente, he hablado con el cubano común, y muchos   me han dicho que les resulta cada vez más difícil sobrevivir. Tienen que   recurrir al mercado negro, a conseguir dólares; ya no pueden más.   -Sí pueden. La situación ahora es mucho menos difícil que hace cuatro  años.   Es durísima. Sí. ¿Te explicaron las causas? ¿Y les preguntaste por el   bloqueo? Nosotros podemos pasear por las calles de la ciudad y mezclarnos   con trabajadores, obreros y campesinos, para conversar con ellos. Les   decimos la verdad. Se los explicamos todo. Tú dices que no; yo te digo que   este pueblo ha resistido. El periodo más duro ha quedado atrás.   -Pero usted le exige cada vez más al pueblo...   -Yo no le exijo. Yo los aliento a ser valientes. 

Saben hacer determinadas   comparaciones. Tienen honor y patriotismo, y no se rinden. Y saben que los   tratan de rendir por hambre. La mayoría está dispuesta a morir antes que   rendirse.   -Después de 40 años, ¿no es tiempo ya de dejar el poder a las nuevas   generaciones?   -El pueblo tiene el poder en este país; no es el poder de un individuo.  Por   donde quiera verá a gente joven. No estoy aquí por poder, por ambición o   por dinero. A ninguno de nosotros se le podrá imputar el robo de un   centavo. Si estamos frente a la nación más poderosa, ¿por qué resistimos?   Lo interesante es que tenemos una nueva generación, los cuadros  importantes   son muy jóvenes. Vamos a preguntarle a la gente si quiere que yo me vaya.   No hay que hacer ningún plebiscito. Podemos discutir eso abiertamente en   cualquier plaza. Yo soy un combatiente, yo soy un luchador. Y mientras   tenga energía no abandonaré mi puesto. Pero si el pueblo decidiera   remplazarme, lo puede hacer a través de mecanismos [apropiados]. Y su   prueba suprema la ha dado en estos años: salvando al país.   

Sesión de fotos   Otro periodista se me adelantó antes de poder hacer una pregunta más, pero   tenía suficiente para escribir una nota. Si bien un grupo de periodistas   siguió cuestionando a Castro durante unos 30 minutos más, la mayoría se   había sentado en las butacas del auditorio para contemplar el espectáculo.   Cuando concluyó la rueda de prensa, Castro accedió a dejarse tomar   fotografías con reporteros y camarógrafos. Para sorpresa de todos, pidió  de   repente:   -Traigan al mexicano para que salga en las fotos- dijo a los agentes de   seguridad. Obviamente mi sorpresa fue mayúscula. Varios guardaespaldas me   encontraron en un rincón del auditorio y me condujeron de vuelta al   proscenio. Nos tomaron una foto en la que aparecen también otros   periodistas. Estábamos retrasados más de una hora.

 Pensé que, una vez que   saliera Castro del auditorio, los periodistas de Illinois saldríamos   destapados al aeropuerto. No fue así.   En plena calle   Castro salió del auditorio envuelto en una nube de periodistas. Decenas   de estudiantes, que habían estado esperándolo, irrumpieron en aplausos en   cuanto lo vieron. El comandante bajó las escaleras y cruzó la calle para   detenerse en la acera de enfrente donde se habían congregado los   universitarios. Habló brevemente sobre el viaje de Ryan antes de volver a   pedir a sus asistentes que trajeran "al mexicano". Yo apenas estaba   saliendo del auditorio cuando oí las voces de los guardaespaldas: "¿Dónde   está el mexicano? Traigan al mexicano", decían apresuradamente.

   Una vez que estuve frente a él, Castro se dirigió en voz alta a los   estudiantes:   -Él me hizo una buena pregunta. Repítele la pregunta del plebiscito a los   estudiantes- dijo Castro.   Así lo hice. La reacción de los estudiantes fue inmediata: "¡Noooo!   ¡Noooo!", gritaron al unísono.   Un estudiante tomó la palabra: "El mejor plebiscito es el apoyo que el   pueblo le ha orientado al comandante de la Revolución; dándole de manera   firme nuestro apoyo más enérgico, y que sepa que siempre podrá contar con   nosotros".   -Dices eso porque estás frente al comandante- espeté.   -No, estoy diciendo eso porque lo siento y porque estoy dispuesto a dar mi   vida por el comandante.   Para entonces se había arremolinado en torno a nosotros la prensa local y   extranjera, estudiantes y funcionarios cubanos así como un número  creciente   de guardaespaldas.  

 Castro intervino dirigiéndose nuevamente a los estudiantes:   -Yo le dije: Mire, si ustedes los mexicanos han resistido [risas]...   nosotros resistiremos. Yo le expliqué que aquí cada dos años y medio hay  un   plebiscito porque van a las elecciones como en ningún país de este   hemisferio, donde ¡Bótala! el porcentaje de personas que votan disminuye   cada cinco años. Aquí, antes de aprobarse una ley, se discute en cientos  de   miles de centros de trabajo, escuelas, universidades. Pero un plebiscito   para complacer a los tontos...   -¿Y elecciones libres con observadores de la ONU?- pregunté.   -Sí, ¿y qué? ¿Que nos intervengan?   -No, con observadores de la ONU, como en todas partes.   De entre los estudiantes, se oyeron voces de desaprobación a mi  pregunta.   -No aceptamos observadores porque los pueblos y los hombres que se  respetan   a sí mismos no necesitan testigos de su dignidad. No hace falta. Es una   vergüenza. ¿Tú sabes quién cuida aquí las urnas? Los niños; no los   soldados. Así que es una vergüenza. 

Es como andar comprando votos o   comprando cargos. ¿Qué son las campañas esas? ¿Qué son los plebiscitos   esos? Entonces para complacerlo a él [dirigiéndose nuevamente a los   estudiantes] dejen los libros, déjenlo todo, dejen la reconstrucción del   ciclón, la agricultura, que vamos a hacer un plebiscito para complacer   [entre risas] a aquellos que hasta nos comparan con Pinochet. ¿Qué, qué   parecido ves tú a eso? ¿A ti te consta que en este país se haya torturado?   -Usted lleva 40 años en el poder- señalé.   -No, yo dije que el pueblo lleva 40 años en el poder; no yo. Si lo primero   que hizo la Revolución fue darle las armas al pueblo, que es quien  defiende   la Revolución. Pero usted, venga acá, ¿estudió historia?   -Si el pueblo en realidad tiene el poder, ¿por qué usted no deja ya la   presidencia?- insistí.   -¡Porque no me da la gana!- gritó Castro provocando que los estudiantes   irrumpieran en aplausos y vítores de "¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!"-. ¿Qué tú   quieres? ¿Que yo renuncie? ¡Que me lo pidan ellos!   -¡Claro que no se lo van a pedir! -traté de hacerme oír entre los gritos  de   "¡Nooo! ¡Nooo! ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!"   -En estos días, cuando yo le pedía una opinión a un cubano...- inicié mi   pregunta, pero Castro me interrumpió.   -Mira a ver de dónde lo sacaste, a lo mejor te lo recomendó la Oficina de   Intereses... No le viste la cara que tenía... la cara de lumpen que tenía-   dijo provocando una vez más las risas de los estudiantes.   

Continué en voz alta:   -...me decía: "De eso yo no puedo hablar porque usted se va, y yo me   quedo". ¿Qué quiere decir eso?   -¡Qué gran patriota y qué gran cobarde! - dijo Castro.   No, que tiene miedo- dije.   -Y tú, ¿no dices cosas peores? Y no nos ponemos ni bravos. Ese tipo que te   dijo eso...   -Bueno, no me lo dijo una sola persona, me lo dijeron varias- expliqué.   -Te lo pudieron haber dicho hasta 500,000. ¿Qué te parece? Pero es un   gusanito en la mente que quería influir sobre ti igual que los  celebérrimos   disidentes creados por la Oficina de Intereses. ¿Tú qué estudiaste?   -Literatura- contesté sintiendo que la entrevista empezaba a ir por mal   camino.   -¿En dónde?   -En Estados Unidos.   -¡Ah! ¿Cuándo?   -Hace tiempo.   -Llevas mucho tiempo ahí. ¿Y tú estás de acuerdo con el ataque a  Yugoslavia?   -Hablemos de Cuba, comandante.   -¿Estás de acuerdo con la invasión de Panamá?   -No, no, hablemos de Cuba.   -Yo quiero saber cuál es tu filosofía y tu pensamiento.   -La pregunta es: ¿Por qué usted cree que mucha gente me dice "no puedo   hablarle; usted se va, yo me quedo".   -Eso es lo que tú dices y el tipo [ese] tuyo... Ahora, ¿por dónde tú te   metiste?   -Por toda La Habana.   -Por toda La Habana. Entonces tú crees que en este país no hay  patriotismo.   -Usted dígame...   -No, si tú debes saberlo.   -Hay mucha necesidad...   -¿Y quién lo ha ocultado? ¿Quién lo ha dicho más que nosotros? Pero bien,   ustedes tienen el neoliberalismo por ahí. ¿Cuál es la mortalidad infantil   de toda América Latina? Estados Unidos tiene un 25% más que nosotros.

 Y en   todos esos lugares donde llevaron el neoliberalismo han cerrado escuelas,   han cerrado hospitales, han cerrado todo. ¿Tú sabes de literatura de  verdad?   -Hablemos de Cuba, señor presidente.   -Bueno, entonces vamos a hablar de lo que a ti te dé la gana. Yo también   tengo derecho a saber cuál es tu pensamiento.   -¿Qué le puede decir usted a un cubano cuya tarjeta de racionamiento le   alcanza para diez días y después tiene que hacer mil otras cosas, manejar   un taxi, conseguir dólares, porque hay que conseguir dólares para  sobrevivir?   -Sí... correcto. Y hay algunos que, la casa que les dio la Revolución   prácticamente de gratis, la alquilan y ganan más que todo el Consejo de   Ministros juntos. ¿Qué te parece cuánto gana en cualquier país   latinoamericano -no te voy a decir cuál- un diputado? Seis mil, cinco mil   dólares mensuales. 

  -Un maestro cubano tiene que manejar un taxi para que le alcance...   -Sí. ¿Y sabes cuántos están dando clases? Doscientos cincuenta mil. Yo   decía que la situación no es la misma que hace cuatro años, le acabamos de   aumentar el salario a todos esos maestros. Hemos revalorizado el peso  siete   veces en los últimos cuatro años y medio. Vas a la casa de cambio y tú   puedes conseguir un dólar con 20 pesos, antes se necesitaban 150. Se ve  que   tú tienes una mentalidad. Tienes una ideología.   -No, yo simplemente estoy haciendo mi trabajo: haciendo preguntas.   -¿Tú no tienes ideología?   -Mi trabajo es hacer preguntas.   -¿Ideas tienes? ¿Cultura política tienes?   -Mi trabajo es hacer preguntas.   De repente una mujer interrumpe a Castro: "Ningún cubano tiene miedo a   expresar su opinión".   -Los prostíbulos aquí no están autorizados- continuó Castro-. No te puedo   llevar a un prostíbulo. Si te llevo a una fábrica vas a decir lo mismo,   estos trabajadores son... Si te llevo al campo, si te llevo a un comité de   defensa de la Revolución ¿qué vas a decir? Entonces tú te has convertido  en   un Sherlock Holmes. Entonces no quieres ni decirme cómo piensas. Me   reconoce que no tiene ideología [dirigiéndose nuevamente a los   estudiantes], me reconoce que no tiene una cultura política, me reconoce   que aunque estudió literatura no sabe nada de historia.   -Hablemos de Cuba, comandante.   Otro estudiante interviene: "Responde a un interés. Eso que dice él que   no tiene ideas... eso no puede ser así. Un periodista defiende una causa o   la otra. El periodismo es una función política". Los estudiantes le  aplauden.   -Discute con los estudiantes; yo me voy- dijo Castro dando por concluida  la   entrevista.   Yo le extiendo la mano y me la estrecha, antes de darse la vuelta con su   séquito y perderse por las calles de La Habana. ©   ___

 Director del semanario ¡ÉXITO! de Chicago.