Asdrúbal Aguiar
He revisado con acuciosidad y ánimo constructivo el proyecto de Constitución que discute la ANC y que, próximamente, será sometido a consulta popular. He ponderado y estimado, sin egoísmos, los cambios que, comparada la próxima Constitución con la vigente - la moribunda -, pueden señalarle nuevos y positivos rumbos a Venezuela.
A la ANC le he hecho llegar mis preocupaciones y advertencias sobre algunos de los artículos en debate, en particular sobre aquellos que tienen que ver con el reconocimiento y la garantía de los derechos humanos. He insistido, también, en mis graves reservas acerca de las prescripciones en cierne sobre el derecho a la vida y sobre el derecho a la educación. En cuanto a aquel, por cuanto la vida, para quienes hacemos parte de la cultura occidental judeo-cristiana - lo que no es preocupación exclusiva de la Iglesia Católica - es inviolable desde la misma concepción y así lo estableció, desde 1959, la Declaración de los Derechos del Niño adoptada en el seno intercultural de la ONU. En lo referente a éste, al derecho a la educación, visto que si es un derecho o libertad humana y, por lo mismo, cada ser humano como <<perfección perfectible>> ha de realizarse por iniciativa propia, dentro de las condiciones de igualdad que le ofrezca la sociedad y el Estado, mal se entendería que la educación, bajo el título de servicio público del Estado, intente asumir como "su" finalidad transformar y preparar al ciudadano para que participe en lo que se ahora califica como "transformación social consustanciad[a] con los valores de la identidad nacional". ¿Cuáles valores ?, me pregunto con toda legitimidad. ¿Acaso otros como este que dice sobre el derecho a la vida, sólo después del nacimiento?
El texto vigente y no sólo él, también los tratados internacionales, por respeto a la libertad de educación y reconociendo que el Estado y la sociedad son subsidiarios del hombre - ser, varón y mujer - y éste, a su vez, el primer 'artesano de si mismo' - homo faber sui ipsus -, se limitan a estipular que la finalidad de la educación es preparar al hombre para la libertad y para la solidaridad. Y sólo eso. El resto de condimento se lo pone cada individuo con su conciencia y su iniciativa. Que el Estado, como obligación propia, promueva los valores de la identidad y estimule en el individuo respeto y estima por ellos, es cosa distinta a fijarle, arbitraria y heterónomamente, un patrón de educación que mengüe su debida iniciativa y contribuya, todavía más, a generar hábitos de convivencia según los cuales, como ocurre en la actualidad, nadie se siente individualmente responsable de nada; ni siquiera de si mismo, pues ello sería obligación de <<los otros>> y, mejor aún, del Estado rector.
No bastará entonces, de cara al proyecto de nueva Constitución, que se predique la libertad o una firme adhesión a la cultura de los derechos humanos, si el modelo orgánico y la concepción del Estado resultan, en la práctica, contrarios a la idea de la subsidiariedad y, por ende, a la cultura de la responsabilidad personal y social; menos aún, si él - el Estado - asume, por cuenta de todos, el derecho exclusivo y excluyente de gobernar, de participar, de modelarnos a su imagen y semejanza y, en fin, de diluirnos en la masa amorfa del <<pueblo soberano>>, que no reconoce en el humano su libertad de 'ser' y su derecho esencial a un 'modo de ser'.
11 de noviembre de 1999.