Francisco López Mieres
Un evento como este debería haberse dedicado a una evaluación autocrítica de la labor cumplida por el BID, en relación con la misión que se propuso cumplir. Tal propósito debería partir del reconocimiento de que el BID no ha estado a la altura de lo que América Latina requería (y esperaba) de él, bien fuera porque la idea de formar un banco de desarrollo para la región dependiente del apoyo del gobierno norteamericano era en si misma inviable y contradictoria ad initio (algún presidente en Washington se oponía a apoyar la construcción de represas en nuestros países con fondos públicos), o porque la apertura generalizada impuesta o adoptada por los gobiernos de América Latina en los ochenta como secuela de la crisis de la deuda externa y de la severa condicionalidad exigida por el FMI y del BM para su "alivio" condujeron al BID a engavetar las metas de desarrollo económico por la vía de la industrialización y a sustituir por "soluciones" de emergencia para urgencias macroeconómicas y conflictos sociales agudos, secundando de hecho la política de los gemelos de Bretton Woods para asegurarles a los acreedores el reembolso de sus acreencias en detrimento de las economías de los países deudores, en desmedro de la intervención del estado en el área productiva y de la absorción de ésta por el imperio exclusivo del mercado global.
Ello comportó no solo desestatización, privatización y desnacionalización de sectores claves de la economía latinoamericana, sino también desindustrialización, es decir marcha atrás en el camino del desarrollo económico genuino. El BID se hizo corresponsable de este retroceso, no sólo porque no quiso o no pudo hacer nada para contrarrestarlo, sino porque se hizo vocero de la ideología del mercado global como panacea y del abandono consiguiente del papel clave del estado en la promoción del desarrollo a la pequeña y mediana industria en el ascenso hacia el mismo. El BID se convirtió de hecho en hijo adoptivo del FMI y del BM, contribuyendo al sometimiento de América Latina al dominio de los organismos financieros del Norte y del capital financiero global como fuerza globalizante y avasallante de las economías del sur. Los desastres causados en muchas de ellas por este agente de las corporaciones globales son cada vez mas reconocidos, cada vez menos ocultables, y la conversión de la economía mundial en un gran casino carente de brújula ha llevado a la solicitud de reforma del sistema financiero y monetario internacional en busca de un nuevo orden que restablezca la autoridad de los Estados en la regulación global, incluidos los pequeños y débiles, hasta ahora marginados de las decisiones y subordinados. Diversas cumbres mundiales recientes han sido escenarios para la reclamación pública de tales reformas.
El reconocimiento del fracaso de las recetas liberales propugnadas por las megacorporaciones globales se ha abierto paso en varios escenarios multinacionales. Es notoria la actitud positiva al respecto de J. Stiglitz, Economista Jefe del BM. La intervención de su presidente, Wolfensohn, en el reciente evento convocado por la Nacional Financiera de México, contiene algunos elementos autocríticos, al reconocer el agravamiento de la pobreza y la desigualdad en el mundo como afectos de una globalización polarizante y concentradora del ingreso y del poder. Del Grupo Latinoamericano del BM han salido testimonios aun más claros y terminantes respecto al fiasco en nuestra región de las fórmulas implantadas en los paquetes de ajuste "fondomonetaristas". La ponencia reciente de Eliana Cardoso en el Congreso de Economistas de América Latina -es elocuente al respecto. En el Viejo Mundo y especialmente en Asia convulsionada por la crisis productiva, el rechazo a los organismos multilaterales y a su condicionalidad y las demandas de reestructuración son aun más tajantes.
En cambio, para decepción de no pocos latinoamericanos, en el BID pareciera reinar la autocomplacencia y el consenso de Washington. Sus últimos informes intentan convalidar las recetas neoliberales, recetando más ajustes, olvidando la producción, el desarrollo, la industrialización y buscando paliativos de emergencia para el combate a la pobreza crítica y la marginalidad, descubriendo el microcrédito y la microempresa, al lado de múltiples proyectos de asistencia social, dejando desasistidos a los sectores productivos deprimidos e intactas las reglas de juego cambiarias, fiscales comerciales de la política liberal portadoras de desindustrialización, desempleo, decadencia, dependencia. La última intervención del Sr. Iglesias, en México me pareció un intento poco feliz de defender la vigencia de una política que comporta el abandono de la misión que se le encomendó al BID, y que no ofrece nada bueno para América Latina.
En el caso de Venezuela, el trabajo elaborado como proyecto del "Documento País" estaba tan imbuido de la "nueva ortodoxia conservadora" vestida de liberalismo supeditado al monopolio financiero y era tan contrario a los requerimientos urgentes de recuperación productiva, de reindustrialización por la vía de la recuperación de la pequeña y mediana industria, que no dudé en bautizarlo "Documento Anti-País". Pese a los esfuerzos que se han hecho de parte y parte para lograr un diagnostico más objetivo y un enfoque más productivista y menos financiero y asistencialista, se mantienen aún diferencias insalvables que lo hacen inaceptable, hasta ahora, para el Gobierno Venezolano. Otro caso que ilustra la lógica antiproductiva del enfoque es el de un préstamo para un proyecto hidroeléctrico totalmente innecesarios, debido al exceso de capacidad de generación que duplica la demanda, estancada además por años, y condicionado al previo aumento de las tarifas eléctricas y del precio del gas metano en el país, lo que ha generado un incremento de costos energéticos en el sector industrial y en toda la economía, reduciendo la ventaja comparativa quizá más importante de un país pletórico de energía.
La ironía del caso es que en el mismo momento en que el gobierno de Caracas se niega a adoptar el "Documento Anti-País" del BID, pone en ejecución un programa que se gestó bajo su influencia y de otros consejeros de los multilaterales, en el ex Ministerio de Hacienda, ahora reconvertido en ministerio de Finanzas, que conlleva la eliminación de Corpoindustria, Corporación para el Desarrollo fr la Pequeña y Mediana Industria, que yo ¿presido?, y de los demás organismos de financiamiento estatal de la producción agropecuaria y de las cooperativas, para sustituirlos por bancos de segundo piso que solo pueden prestar a través de la banca privada venezolana, cada vez más internacionalizada, y con spread de 20% en las tasas de interés, lo que comporta encarecimiento, retraso y selectividad negativa contra los empresarios más débiles, con menos garantías.
Esta es una incongruencia colosal del gobierno venezolano, fruto perverso de las viejas influencias e inercias del pasado reciente, injertadas en mayúscula confusión con las ansias de cambiar las cosas del joven comandante que nos gobierna y de su equipo, bisoño todavía en las artes financieras, manipulables por ende, por banqueros duchos en promesas y trácalas.
En suma, en Venezuela como en América Latina, sufrimos los efectos perversos del "pensamiento único" globalizador al que ha contribuido la dirección del BID, en la forma de desmantelamiento de las instituciones de apoyo directo a la industria, en especial a la pequeña y mediana industria, que han sido arrasadas por la apertura y la crisis económica y que han quedado abandonadas a su suerte en la selva del mercado monopólico u oligopólico global. Ha sido excluida la idea clave de que el desarrollo es ante todo esencialmente desarrollo industrial. Por eso la industria es tema omitido de éste diálogo.
Creo que estos son algunos síntomas importantes de lo que pasa en América Latina y en el BID, que deberían ser examinados.