La venganza de Stavroguin

Samuel Sotillo Hermoso 

Difícilmente creo que Fiodor Mijailovich Dostoievski hubiese imaginado alguna vez que su novela, Demonios, algún día se transformaría en una realidad amenazante para un pequeño país latinoamericano de fines del siglo XX; pero es así. Si Ud. amigo lector no ha leído aún esta novela, búsquela, es imperativo que lo haga; en ella se describe, con una exactitud que horroriza, el aborto de vida que ha resultado esta "revolución democrática y pacífica". Como en el pueblito ruso de fines del siglo XIX en que se ambienta, "los fantasmas de la revolución" están creando hoy en Venezuela un pequeño infierno, una tragedia siniestra, prueba inconfundible de esa fuerza demoníaca pura del nihilismo decimonónico, enriquecido por un fascismo adúltero, que convive con una izquierda frustrada y resentida.

Los dos personajes principales de la novela de Dostoievski son el diabólico Nikolai Stavroguin y el oportunista y resentido, Piotr Stephanovich Verjovenski. En nuestro caso, al primero lo representa nuestra izquierda, ese manojo de ancianos petrificados en el triste romanticismo de los sesenta, en la negra estela de una revolución maldita e hipócrita, de cuyo embrujo jamás pudieron liberarse. Nikolai Stavroguin es el angel diabólico que siempre acompañó la narrativa dostoievskiana; el elemento escatológico de toda revolución. Un ser egoista y despreciable, "un generador de angustia ontológica", como bien diría Serrano Poncela. Es más, éste último, en su intento por describir a Stavroguin, da la mejor descripción que puede darse de lo que el dogma socialista a representado para la humanidad: "[e]s el peligroso polimorfo dostoievskano, un Anticristo, un destructor de valores que comienza destruyéndose a sí mismo y termina pendido de una soga en la boardilla de su casa de campo". Eso es lo que ha hecho la izquierda por años, destruir los valores cristianos, la parafernalia medieval del catolicismo, pero no para sustituirlos por nuevos valores superiores, que ha sido en esencia el ideal de sus victimas, sino por el simple placer de destruir, para luego correr a inmolarse en un acto inútil y escandaloso.

El otro personaje arquetípico, y cuyo encarne dejo a la imaginación del lector, es el revolucionario Verjovenski. Hijo acomplejado de un liberal promiscuo, Piotr Stephanovich es el maestro de la intriga. Con una labia adulcorada, una magia para el encanto, logra poco a poco someter a toda la sociedad en la que roe. Verjovenski es el catalizador del caos. Su objetivo externo es liderar la revolución; sin embargo, internamente, lo que busca es destruir, disolver toda forma de orden en el marasmo y el miedo revolucionarios. Es el líder de un grupo denominado los "quinqueviros", del que forma parte Stavroguin. Allí, su liderazgo es irrevocable, quien se atreva enfrentarlo debe pagarlo con su vida, ya sea por medio del asesinato o del suicidio. Po supuesto, Verjovenski es llevado a esto por desesperación, cuando siente su mandato vulnerado, cuando sus secuaces Chatov y Kirillov reunen el aplomo para enfrentársele.

El final de Demonios es premonitorio. Toda revolución termina siendo un ejercicio inútil. En el fondo, en el subsuelo de cada revolucionario, lo que privan son sus deseos primarios, su dogma personal. La idea del auto sacrificio es una farsa. Cuando Kirillov se suicida lo que busca es una suerte de epifanía personal; ¡al diablo la revolución! Cuando Stavroguin lo hace, no culpa a nadie, sabe que él pudo evitar el ragnarok de caos desatado; pero ello no le hubiera aliviado su tedio.

La moraleja de esta obra de Dostoievski es algo que debemos tener muy encuenta en medio de este ejercicio inútil en que se ha transformado el deseo de cambio de nuestro pueblo. La mentira constitucional ha vuelto a la calle, rediviva, como una gran farsa urdida por Verjovenski y Stavroguin. Las fuerzas del subsuelo se levantan por un momento en medio del caos, nuestros valores y nuestros fantasmas deambulan en medio de la locura cotidiana de la calle, desamparados. Verjovenski tiene el poder en sus manos, por ahora, al que simula despreciar, pero en nuestro caso, Stavroguin sólo simuló un suicidio, y su sombra está a la espera de la venganza, ansioso de consumar su más puro deseo, la destrucción.