Felipe Torres del Olmo
«Si tengo que ofrecer mi vida para que triunfe esta revolución del pueblo, ¡tómenla, aquí la tienen!. Yo sólo soy una hoja en el viento arrastrada por la voz del pueblo, que es la voz de Dios... Yo sólo soy una circunstancia... ¡Qué importa mi vida si tengo que darla por mi pueblo!... »
¿Le suena familiar verdad?. Permítame decirle que yo en esto le creo. Quizás sea lo único que de verdad me merezca credibilidad de todo lo que dice. Y su gravedad es tal, que sería irresponsable tomarlo a la ligera, aunque coincido con quienes piensan que hay mucho de maquillaje en sus discursos, y que en su caso se aplica aquello de que "quien mucho habla, mucho yerra; pero en algo acierta". Sin embargo, ¡Cuidado porque el hombre está resteado!. Estemos o no de acuerdo con sus motivaciones evidentemente autocráticas, su insufrible e inútil verborréa ilustrada, y su agobiante desgobierno, no hay duda que el hombre es un fantástico contrincante en el tête à tête. Un fajador que no pide ni da cuartel.
Cometen un error quienes lo menosprecian como enemigo. Cometen un error quienes se cruzan de brazos a la espera de una caída aparatosa en su popularidad. Cometen un error quienes pretenden hacerle oposición aplicando el recetario tradicional que marcó los últimos ocho lustros traumáticos de trompicones, zancadillas y escaramuzas negociadas sotto voce entre adecos, copeyanos, masistas, causaerristas, pepetistas, y muchos otros que ahora se disfrazan convenientemente de patrióticos. Cometen un error, porque ellos nuestros políticos tradicionales- crearon una pandemia sin antídoto. Y cometen finalmente un error, porque mientras para los políticos tradicionales la oposición se limita a mantener cuotas menguadas de influencia electoral sin que se transparente un compromiso vital, real o auténtico; para el alzado de Sabaneta, acabar con todos ellos y con lo que representan, asume características de reto personal.
En este punto no hay inflexión, negociación, acuerdo, trato o pacto posible. Erradicarlos, extinguirlos, y desaparecerlos políticamente para siempre es su objetivo clave y su mejor argumento para inscribirse en la historia como el vengador de los pobres de fin de siglo. Una venganza tan embriagadora para el país, como aquella que describía García Gómez: "...el vino ha tomado bien su venganza. Yo le hice caer en mi boca y él me hizo caer a mí". Una venganza -como toda venganza-, que no aportará nada constructivo, que no resolverá ninguno de nuestros problemas de fondo, que solo dejará el ratón propio de las borracheras, pero que servirá para incrementar la larga lista de "salvadores de la patria", y para mantener vivo el espejismo revolucionario, tercermundista y vernáculo durante el nuevo milenio. Sucede con este nuevo caudillo lo mismo que sucedía con el personaje La Regenta de Clarín, que cada vez que daba un jaque jugando ajedrez decía: "!Lo hago cuestión personal!".
"Su" Dios. "Su" golpe. "Su" Constituyente. "Su" Constitución. "Su" República. "Su" revolución. Esto que antes se llamaba petulancia, hoy se llama patriotismo. De toda esta payasada, lo único que queda claro es que nunca ha sido fácil luchar contra quien está determinado a usar el poder para "hacer la historia". Y cuando alguien con poder queda poseido por las mieles de la inmortalidad, generalmente ansía el momento de inmolarse. Triste momento cuando este llega a una nación, porque los costos son devastadores. De ahí que la labor de la oposición resulte titánica. Reservada sólo para quienes están dispuestos a despojarse de mezquindades e individualismos. Pero lamentablemente, en Venezuela, esta casta de autenticidad y de liderazgo esclarecido aún brilla por su ausencia. Por ello, en tanto el héroe escribe "su" historia y amenaza con inmolarse en nombre de "su" revolución, nosotros, pobres mortales, seguiremos paseándonos con un palillo en la boca fingiendo el hambre como lo hacía el escudero del Lazarillo de Tormes.
¿Y qué tal si jugamos un poco a que ninguno se muera?. El presidente a causa de "su" revolución, y nosotros a causa de "nuestra" hambre. Pero no del hambre de venganza patriótica, bolivariana, pajística y robinsoniana, sino de simple, vulgar y mundana inanición. ¿Qué tal si el presidente dejara de pelear con fantasmas y de soñar con su inmortalidad?. ¿Qué tal si en vez de darnos "su" vida, el presidente nos diera empleo, salud, educación, seguridad, y otras tantas boberías de esas que dan los gobiernos al pueblo en los países desarrollados?. Le juro presidente, yo le deséo larga vida, yo no quiero que se muera... ¡Yo sólo quiero que gobierne de una buena vez!.
(*) Industriólogo, Presidente de la Escuela Venezolana de
Administración Pública, y Director General de PROHOMBRE.
Por instrucciones del Ciudadano Ministro del Interior y Justicia, se envia anexo presentación de la Situación Penitenciaria del país.