Desde este domingo (14 de noviembre)
la Sala Mendoza presenta las exposiciones El Miedo, de Maggy
Navarro y Que se me quemen las manos, de Juan José
Olavarría. Fotografías, dibujos, instalaciones y
performances que podrán apreciarse hasta el 23 de
diciembre. Una, aborda el papel de la mujer a través de la
historia y su inserción en la sociedad contemporánea. La
otra, es un cuestionamiento agudo y crítico de la historia
política contemporánea del país.
La Sala Mendoza inaugura el próximo domingo, 14 de noviembre, las dos últimas muestras de su programación de 1999: El Miedo, de Maggy Navarro, quien utiliza su cuerpo como el más inmediato recurso autoexpresivo, enmarcándolo en el autorretrato y Que me queme las manos, de Juan José Olavarría, artista que centra su interés en la historia política del país, cuya obra refleja una indagación y cuestionamientos muy agudos sobre la misma.
La insistencia de fotografiarse
A primera vista, la obra de Maggy Navarro podría calificarse de narcisista o autocontemplativa. En ella mantiene la composición esquemática y convencional del retrato "clásico", es decir que muestra a un personaje en este caso, ella misma- en primer plano, al centro de la imagen y posando frente a la cámara, obteniendo un resultado ampliamente diferente y parodiando distintas historias. "Más que de retratos, se trata de los sucesivos registros del performance que despliega la artista frente a la cámara. El lugar mismo en el que se desata la acción carece de identidad, como si estuviera a mitad de camino entre un espacio y otro", destaca Eliseo Sierra en un texto que describe la muestra.
Navarro mostrará en la Sala Dos de la Mendoza tres series inéditas junto a un video experimental, en los cuales expone -a su modo- el papel de la mujer a través de la historia y su inserción en la sociedad contemporánea, con connotaciones sociales, políticas, lúdicas y hasta de denuncia. "Mis series siempre son en interiores aunque esté en un jardin y reflejan la frontera del individuo en este caso la mujer- frente al resto del mundo. Mis fotos no son arregladas, en ellas no aparezco maquillada, ni peinada especialmente para la toma... por el contrario, son desenfadadas e intuitivas, y de una sola toma", comenta la artista.
Para
Navarro, la mujer ha estado confinada a lo largo de la
historia a asumir roles y estereotipos de belleza,
fragilidad, compostura, elegancia, sumisión y seducción,
sobre los cuales ella misma se mofa en sus autorretratos. La
artista trabaja desde el estereotipo formal para incidir en
el marco más amplio de lo social, introduciendo al
espectador en el fangoso suelo de la identidad.
Algunas imágenes de estas series inéditas poseen una sorda carga expresionista, a pesar que el rostro de Navarro aparece permanentemente inexpresivo, como si fuese incapaz de experimentar alguna emoción; otras, rescatan una buena dosis de humor negro, con una mirada tremendamente lúdica y sintética. En todas, la artista vuelve a colocarse como sujeto y objeto de sus exploraciones conceptuales, persistiendo su obsesión por asumir el rol protagónico de lo fotografiado, esta vez de forma frontal y escueta.
La historia secreta y olvidada
Juan José Olavarría indaga con agudeza en la historia política del país, sobre todo en la que comienza con la instauración de la democracia: acontecimientos y crímenes políticos que ocurrieron en esa época y que han estado cubiertos por el olvido y una misteriosa complicidad, que en el fondo nos define como país y como una sociedad estancada en secretos rituales de monstruosa corrupción.
En la muestra Que se me quemen las manos, Olavarría investiga sobre una serie de acontecimientos históricos muy delicados y peligrosos: el escabroso crimen del profesor Alberto Lovera, ocurrido en 1965; el Porteñazo, intento de golpe de Estado, que finaliza con la masacre de 1962 en Puerto Cabello; y el atentado contra Rómulo Betancourt en 1960, en el cual sus manos fueron proféticamente quemadas. Igualmente, interviene emblemas patrios como la Bandera e iconos como el Samán de Güere y El Helicoide, convertido en el símbolo más odiado e inútil de la democracia.
"La historia de este país ha estado tan cercenada que la misma educación ha borrado parte de ella, como el crimen del profesor Lovera, por ejemplo. La desinformación de la cultura venezolana en torno a sus iconos o costumbres es tal, que la mayoría sólo reconoce el Samán de Güere porque supuestamente bajo su sombra descansó Bolívar, ignorando que éste era un árbol enorme, de unos 170 de diámetro según Humboldt y con más de 2000 años, bajo el cual las tribus indígenas realizaban celebraciones y actos shamánicos", acota el artista.
Olavarría mostrará en la Sala Uno de la Mendoza, nueve dibujos realizados sobre telas preparadas con tierra, café y cenizas; cinco instalaciones y un performance. El resultado de este conjunto de obras, comenta Eugenio Espinoza en el texto del catálogo, expresa inevitablemente una amarga atmósfera poética gracias a las soluciones que emplea Olavarría.
El Miedo, de Maggy Navarro y Que se me quemen las manos, de Juan José Olavarría, se inauguran el domingo 14 de noviembre a las once de la mañana. Su clausura está programada para el 23 de diciembre. La Sala Mendoza está ubicada en la planta baja edificio Las Fundaciones, avenida Andrés Bello. Para mayor información, favor comunicarse a los siguientes números telefónicos 571.71.20 - 573.20.31 y 574.10.13. Contacto: Alfredo Graffe
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