Simón Alberto Consalvi
Ya no nos queda sino encomendarnos al Altísimo. ¡Qué se haga, pues, la voluntad del Señor! Mañana, lunes 15 de noviembre, debe estar aprobada la Carta Magna, antes de la medianoche. Esto no había ocurrido antes en la turbulenta historia de las constituciones: que, como en el bolero, el reloj marque las horas, y no las ideas ni las discrepancias. Esto había ocurrido en los cuarteles, pero no en los parlamentos. Es lo que se llama la regimentación del debate, palabra que viene de regimiento, el cual, a su vez, según el diccionario Clave, en el ejército, es la "unidad militar integrada por varios batallones, grupos de escuadrones o grupos de baterías y que, generalmente, está a las órdenes de un coronel". Que no haya ocurrido antes no significa que no vuelva a ocurrir: la característica de los precedentes es que suelen abrir los caminos.
Ningún sector responsable, en la sociedad venezolana, está satisfecho con el texto constitucional. Tampoco lo están los numerosos asesores internacionales que vinieron de otras partes del mundo, cuyos puntos de vista fueron desechados. Eso era previsible. Nadie sabe para qué fueron requeridos, si de antemano las cartas estaban bajo la manga. No están satisfechos los sectores económicos, porque el campo de acción del capital privado ha quedado confinado a la mínima expresión. Tampoco lo están los sectores obreros, porque sus prestaciones retornan al esquema del pasado, que les dio tan pobres frutos, o no les dio ninguno. No están satisfechos los universitarios, porque resultaron condenados a la esterilidad, y porque las universidades nacionales quedarán dependiendo irremediablemente de una sola y exclusiva fuente de financiamiento.
Tampoco lo están los medios, porque entre la información veraz y el derecho de réplica algún fantasma se esconde, quizás aquella mohosa "espada de Damocles, que, según el ingenioso decir de Caracciolo Parra-Pérez, no se ha comprobado que le haya caído a nadie, pero en estas circunstancias puede darse la excepción de la regla. No está satisfecha la Santa Madre Iglesia, por lo que ya sabemos. Ni los gramáticos. No lo están los estrategas del Banco Central de Venezuela, ni los del petróleo, por la extrema rigidez de los principios consagrados. No están conformes las regiones, porque el antiguo centralismo retorna. ¿Cómo quedan, al fin, los tratados internacionales? Quién sabe cuál será la decisión de última hora -¡Dios los ilumine en este último domingo frenético!- sobre los "pueblos indígenas" y el dominio de sus territorios "casi autónomos".
Tampoco están conformes las gentes lúcidas que saben que tanto estatismo ahogó a la sociedad venezolana, y que allí se gestó la crisis que arrolló a numerosos sectores, a los partidos políticos en particular, cuya conocida razón de subsistir se llamó el clientelismo. Cuando ya los partidos políticos no tenían qué ofrecer, al final de los 80, se desató la fuga, sus filas se fueron quedando vacías, y sus prosélitos salieron en busca de otros dioses.
Una breve consulta a la historia -breve y no más- le habría permitido a los constituyentes redactar una Carta Magna para el siglo XXI, en vez de este salto atrás al esquema estatista de nuestros grandes fracasos. Si, como se dice en la Biblia, "Dios ciega a quien quiere perder", esta sería la única explicación que pueda dársele a una obsesión semejante. En El caso Venezuela / Una ilusión de armonía, de Moisés Naim y Ramón Piñango (1983), y en ¿Adiós a la bonanza?, de Bernard Mommer y Hans-Peter Nissen, ya estaban formuladas las advertencias sobre los límites financieros del Estado. En la introducción, Mommer dijo entonces (1989), refiriéndose al estancamiento de la economía al final de los 70: "El modelo de desarrollo de las últimas décadas, basado en el petróleo como fuente rentística, había llegado a su fin".
En la Constitución de 1999, como en ninguna de sus predecesoras, el Estado asume tantos compromisos sociales que no será susceptible de cumplir en ningún caso. No sólo asume compromisos en educación, vivienda y salud, de modo irrestricto, sino que el propio Estado se penaliza a sí mismo, porque, si una persona sufre un daño por causa de un servicio público deficiente, el Estado deberá compensar a la persona. Idealismo o temeridad, si en algún lugar un perro muerde a un individuo, la responsabilidad será del Estado, que no tenía a un policía en el sitio para que lo defendiera. Nunca una Constitución estará más lejana de la realidad del país para el cual ha sido diseñada, con un apresuramiento que nadie puede explicar.
Seamos razonables: no todo el mundo está insatisfecho con la Carta Magna de 1999. Los militares, por ejemplo, a los cuales se les consagran privilegios que los convierten en un Estado dentro del Estado, deben sentirse recompensados, desde que en la Revolución de las Reformas en el siglo XIX se alzaron para defender sus fueros conquistados en las guerras de independencia. El poder civil ha desaparecido de su horizonte. Era un estorbo y convenía eliminarlo. Ellos mismos se ascenderán a ellos mismos. No habrá problemas de plazas, porque ellos (y por su cuenta y riesgo) las crearán cada vez que sea necesario. Tendrán derecho al voto, pero no serán "políticos", no podrán hablar de política en los cuarteles, ni en las academias; o sea, que votarán con los ojos cerrados.
¿Alguien más está satisfecho, por ventura? Sí, desde luego: el presidente de la República. Obtuvo lo que deseaba: la extensión del período constitucional a seis años, con reelección inmediata. Lo democrático habría sido cuatro o cinco años, con reelección y doble vuelta. Períodos de seis años sólo los pretendieron dos dictadores: José Tadeo Monagas, en el siglo XIX, y Cipriano Castro, en el XX. En ambos casos, después de las reformas sólo gobernaron un año, o algo así.
Nadie conocía el texto final de la Constitución, cuando ya Mercanálisis anunciaba su encuesta: 68% de los caraqueños votarán por el Sí, 7% por el No. Es obvio concluir que la gente espera todo de la Carta Magna: empleo, vivienda, educación, salud, prestaciones, bienestar. Las promesas han sido formales: el Estado les resolverá todos sus problemas.
EL NACIONAL - DOMINGO 14 DE NOVIEMBRE DE 1999