El muro y la cumbre

Plinio Apuleyo Mendoza

Mientras los presidentes latinoamericanos se disponen a viajar a La Habana, donde los espera como supremo anfitrión el último dirigente comunista del mundo occidental, Europa conmemora los diez años de la caída del muro de Berlín. Son dos acontecimientos que parecen ir en sentido contrario.

"Die Mauer ist weg" (El muro ha caído). La noticia se propagó como la pólvora en todo Berlín la noche del 10 de noviembre de 1989 sacando bruscamente de sus mesas a los contertulios de tabernas y cafés. Y desde la primera hora de aquella madrugada, un millón trescientos mil berlineses orientales se precipitaban al otro lado del muro derruido para extasiarse, tras 28 años de penuria, de colas interminables, de refectorios olorosos a repollos hervidos y de retratos idénticos de Lenin y de Ulbtrich, ante las vitrinas lujosas, bien iluminadas y llenas de las coqueterías de la sociedad de consumo del otro Berlín. Fronteras abiertas, éxodos masivos, multitudes desatadas pidiendo la abolición del régimen comunista y la formación de nuevos partidos: fue un milagro. En una sola noche se derrumbó como un pobre castillo de naipes un sistema que iba a ser dueño del mundo y del futuro.

¿Fin de la historia, como lo dijo Fukuyama, al consagrar a la democracia liberal como único modelo viable en el mundo? Hay quienes aseguran que es prematuro decirlo. Pero sí, al menos, aquel fue el colapso de una utopía que pretendió sustituir la economía de mercado por una economía planificada apoyándose en un partido único y en un aparato policial como no lo había conocido el mundo. Nadie llegó a imaginar que algo sustentado en montañas de libros, enseñado a los niños como un nuevo catecismo, con la historia en la cual antes ponían a Dios, entronizado con ayuda de tanques y encuadrado por férreos sistemas de vigilancia, podría morir como ciertos viejos, de físico agotamiento.

De todos los servicios de espionaje y control que existieron en el mundo comunista, incluyendo la famosa KGB, el mejor fue la Stasi de Alemania Oriental. Hija del comunismo, del nazismo y de ese espíritu germánico que no en vano ha permitido a los alemanes darle al mundo no sólo los grandes genios de la música sino también los mejores aparatos de alta precisión, la Stasi logró poner en sus archivos las fichas 600 mil ciudadanos de ese país, con sus ideas, gustos, debilidades y manías. Ahora esos archivos están a disposición de quien quiera verlos en una apacible biblioteca dirigida por un pastor protestante llamado Joachim Gauch. Son millares los curiosos que acuden allí. En vano, el pobre pastor intenta pedirles prudencia. "Reflexionen, pueden ocurrir catástrofes familiares", les dice. Y ocurren: divorcios, enemistades, rupturas explosivas entre padres e hijos. Vera Lengsfeld, una discreta disidente, encontró allí hasta la marca de las prendas íntimas que vestía. Cuando supo quién era el informante de la Stasi que la había espiado durante años, tuvo que irse al baño para vomitar: era su propio marido.

Pues bien: la Stasi adiestró a los servicios de seguridad cubanos con esos mismos métodos, y eso es lo que explica que ni los más cercanos amigos de Fidel sepan dónde él duerme ni quieran saberlo y que el propio novelista Eliseo Alberto, como lo cuenta en Informe contra mí mismo, fuera invitado por la seguridad cubana a espiar a su propio padre, el famoso poeta Eliseo Diego. En el film Conducta impropia, de mi amigo ya desaparecido Néstor Almendros, una muchacha comunista nunca pudo entender porqué era obligada a declarar contra el gran pontífice de las letras cubanas, protector suyo, el poeta también comunista Nicolás Guillén. La pobre terminó medio loca. No entendía nada. No sabía que un sistema así uno no puede confiar ni en la señora que duerme al lado de uno. Ni en la sombra. Así se logra que hombres por naturaleza díscolos y lenguaraces como son los cubanos marchen como un riel, a menos que un día decidan echarse al mar en un neumático de goma.

¿Sabrán algo de esto los presidentes que pronto se reunirán para tomarse su consabida foto de familia en La Habana? Supongo que no. Actúan como los invitados a una fiesta de fin de curso donde sería de mal gusto hacerle reparos al dueño de casa. Realismo político y devoción a los principios no van hoy de la mano. Al que tiene el poder se le respeta. Es un colega, un miembro del club, y eso basta. Tanto más que Fidel, el más grande y el más viejo de todos, es un anfitrión amable. A veces consigue darse una ducha, les hace preguntas minuciosas a todos y les depara consejos de abuelo con su voz afónica y su divertido acento de cubano oriental. "Con la guerrilla hay que tener paciencia -le dirá, por ejemplo, a Andrés Pastrana como si se estuviera refiriéndose a una esposa díscola pero en fin de cuentas buena muchacha- mucha paciencia, Andrés. No te desesperes". A Chávez le hablará de beisbol. "Sé que eres buen bate pero te puedo ponchar", le dirá a su nuevo amigo caribeño provocando en éste una sana explosión de risa. "En esta atmósfera de camaradas ¿a quién se le ocurrirá hacer de aguafiestas preguntándole a Castro por Vladimiro Roca, Marta Beatriz Roque, Félix Bonne Carcassés, René Gómez Manzano y otros disidentes cubanos detenidos? Sería como hablarle a Clinton de Mónica Lewinsky.

Los que se permitieron la impertinencia de solicitar un diálogo con los disidentes, como mi amigo el presidente de Costa Rica Miguel Angel Rodríguez, prefirieron quedarse en casa. Nunca recibieron respuesta a su demanda. El silencio es la negativa más cortés que se permite Castro. Miguel Angel debe resultarle a él un mandatario anacrónico. Usa una corbata negra, en su manera de rodar las erres y en la tranquila fuerza de su carácter le recuerda a uno a mi compatriota Carlos Lleras Restrepo, lee a Hayek y, como esos viejos liberales que dejaron sus patilludos retratos en casi todos los palacios presidenciales del continente, tiene un gran respeto por los principios. No cree en democracias con partido único y presidencias vitalicias. Por eso este mes nadie lo verá en La Habana. Debe tener las sombría certeza de que el muro no ha caído aún de este lado del Atlántico.

El Nacional On-Line, 14 de noviembre de1999