La Constitución de Chavez

Carlos Sabino 

Podrá parecer un poco extraño presentar las cosas así, como si la nueva   constitución venezolana fuera creación o pertenencia de Hugo Chávez, pero  el   proceso que actualmente vivimos en el país no deja dudas al respecto.   Nuestra nueva constitución es prácticamente el designio de un solo hombre,   la expresión de su voluntad, la obra política con la que pretende   justificarse y mantener su liderazgo nacional... por largos años.     Es cierto que una Asamblea Nacional Constituyente ha trabajado en ese  texto   durante tres o cuatro meses, que ha habido discrepancias y puntos   encontrados, y hasta algunos aspectos de detalle que no parecen satisfacer   del todo a nuestro gobernante. 

Pero hay que recordar que la Asamblea, por  el   peculiar modo de votación escogido, está compuesta de más de 90% de   seguidores incondicionales de Chávez, que la constitución se redactó sobre   la base de su proyecto, que él discutió e impuso algunos artículos que le   parecían esenciales y que -motivado por obvias razones políticas- apresuró   hasta el máximo la elaboración de la nueva carta magna para que el   referéndum aprobatorio pudiera hacerse en el curso de este año, mientras   conserva todavía buena parte de su popularidad.     El éxito de Chávez, en todo esto, ha sido completo e irrestricto. 

Si la   nueva constitución se aprueba el 15 de diciembre, como todo parece  indicar,   tendremos en Venezuela un nuevo ordenamiento legal que otorgará al  ejecutivo   poderes casi absolutos, sin contrapeso significativo de los otros órganos   estatales, y que le dará al presidente un período de seis años con opción  a   una inmediata reelección. Chávez, mediante hábiles maniobras, podrá así   consolidar una especie de dictadura pero con una fachada legal, como es   necesario en estos tiempos de globalización y respeto internacional a los   valores democráticos.     La victoria, sin embargo, podrá resultarle más ajustada o más efímera de  lo   que parece. 

Una constitución tiene valor, antes que nada, por el consenso   que logre concitar, por la adhesión espontánea que, como norma superior e   intangible, pueda suscitar entre la gran mayoría de una nación. Y la   constitución de Chávez, por la forma en que ha sido aprobada y por su  propio   contenido, presenta debilidades profundas que pronto habrán de expresarse  en   toda su magnitud.     Es, en primer lugar, un texto estatista y centralista que provoca la   natural respuesta negativa en muchos sectores de un país acostumbrado a   vivir en democracia. Se parece, por otra parte, más a un programa de   gobierno que a una norma universal: en ella están garantizados infinidad  de   "derechos sociales" que no son otra cosa que edulcoradas promesas  colocadas   allí para que la gente se ilusione con la esperanza de un futuro en que el   gobierno resuelva todos sus problemas. 

Y es, por esto mismo, inaplicable:   presupone un Estado con recursos casi ilimitados y una administración de   gran eficiencia -condiciones que no tenemos ni iremos a tener- y una   economía en rápido y vigoroso crecimiento, objetivo imposible de lograr   cuando el mismo texto constitucional restringe toda iniciativa privada y   arrincona a las empresas frente a un Estado todopoderoso y discrecional.     Crea, por otra parte, muchos más problemas de los que resuelve. Sólo   mencionaremos uno, por razones de espacio, que sin embargo ha motivado ya  la   preocupación de muchos analistas: se reserva a los "pueblos"  indígenas -que   apenas si superan el 1% de la población y están prácticamente integrados  al   resto del país- un área patrimonial que alcanza el 48,8% del territorio   nacional, alentando así la desintegración de Venezuela y añadiendo severas   restricciones a la actividad económica.     

Apenas si ha comenzado la campaña por el referéndum en el que el  electorado   habrá de pronunciarse sobre la nueva constitución, por lo que es prematuro   aún pronosticar su desenlace. Por un lado el presidente, con toda su   popularidad, tratará de rematar la obra política de la que depende su   futuro; por otra parte amplios sectores empresariales, intelectuales y   políticos, con cierto apoyo tácito de la Iglesia, procurarán impedir que  se   consume la consolidación de un régimen que, anacrónico y poco viable, sólo   augura posteriores crisis y desencuentros. Las cartas están echadas y  pronto   podremos conocer hasta dónde llegan las reservas democráticas del país.