Jeffrey Sachs
Boston (AIPE)- Michel Camdessus ha reconocido sabiamente que el Fondo Monetario Internacional requiere renovación y liderazgo. Los conocedores del sistema financiero internacional temen que el nuevo director-gerente emergerá de una encerrona secreta de politiquería europea, como siempre sucedió en el pasado. Aguantando la respiración, se preguntan si esta vez le tocará a un alemán. Mientras tanto, el mundo en desarrollo -85% de la población del mundo y casi 100% de los receptores de las políticas del FMI- esperan por el resultado. Pero esta no es la manera como debe operar una institución global que predica transparencia, buen gobierno y democracia. El cargo de director-gerente del FMI es uno de los más importantes del mundo.
El FMI -erróneamente, en mi opinión- tiene actualmente programas en más de 50 países y está negociando con no menos de otros 12. Cientos de millones de personas dependen del liderazgo del FMI. Frecuentemente, hasta dependen más del liderazgo del FMI que de sus propios políticos por lo entremetido que el FMI se ha tornado en las naciones débiles y vulnerables. Sin embargo, la legitimidad del FMI se ha desplomado peligrosamente. Provoca disturbios y manifestaciones por todo el mundo en desarrollo, a la vez que desprecio en el Congreso de Estados Unidos y hasta en gran parte del mundo financiero. Hay pocas probabilidades que recobre legitimidad si los países en desarrollo no juegan ningún papel en la selección de un nuevo director-gerente, incluyéndose la posibilidad de un exitoso candidato de un país en desarrollo. En tiempos cuando la brecha existente entre los países ricos y pobres es la mayor de la historia, uno esperaría mayor y más seria atención en mejorar las perspectivas de las naciones más pobres, incluyendo el papel de las instituciones internacionales. Pero con las componendas que ya avanzan para el nombramiento del nuevo director-gerente, no se oye ni una palabra en Washington ni en las capitales europeas sobre el papel del mundo en desarrollo en ese proceso.
Mientras Estados Unidos piensa que es dueña de la presidencia del Banco Mundial, lo europeos creen ser dueños del cargo de director-gerente del FMI. Según los estatutos del FMI, el director-gerente debe ser nombrado por la junta ejecutiva. Esa junta no es una institución totalmente democrática, por dos razones: fue diseñada bajo la regla de "un dólar, un voto", en lugar de "una persona, un voto". Las votaciones dentro del Fondo se rigen según la cuota de cada país, las cuales a su vez dependen más o menos del tamaño de su economía. La India, con 16% de la población del mundo controla el 2% de la votación en el FMI. Un segundo problema, más difícil aún, es que muchos países que pertenecen al FMI son tan antidemocráticos que su voto difícilmente puede ser considerado como el deseo de su población. Pero, a pesar de todo esto, una campaña abierta seguida de un voto público de la junta es preferible a los arreglos secretos en Europa. Un proceso abierto obligaría a los candidatos a exponer su visión del papel del Fondo y, más importante aún, obligaría a la junta y a la comunidad mundial a concentrarse en lo que el FMI ha estado haciendo y lo que debe hacer. Hay no menos de tres visiones del FMI.
Estados Unidos lo considera un procónsul del mundo en desarrollo, la institución que dicta las condiciones para que las sociedades atrasadas se preparen para la economía global del siglo XXI. La posición del Reino Unido ha sido que el FMI es el depositario de las normas monetarias, fiscales y de las políticas financieras acordadas por el mundo. Aunque es una visión más colegiada, provoca interrogantes cruciales respecto a la línea divisoria entre la armonización global y la libertad de cada país de escoger sus propias figuras institucionales. Una tercera posición, apoyada por una extraordinaria variedad de diferentes ideologías, y que yo también comparto, es que el FMI debe dejar de ser la nodriza del mundo y concentrarse en monitorear el sistema monetario mundial, incluyendo los arreglos cambiarios y los mercados de capitales. Quienes defienden esta posición ven en una amplia cancelación de deudas la manera efectiva de terminar con la necesidad de perennes programas del FMI en las naciones más pobres. La junta debería invitar a candidatos al cargo de todas partes del mundo, durante los próximos dos meses y podría nombrar a un grupo de expertos externos para que revisen las cualidades profesionales y éticas de los candidatos, procedimiento frecuentemente utilizado en cargos de importancia.
A principios de año, los candidatos expondrían públicamente sus posiciones respecto al papel del FMI sobre ayudas, política cambiaria, manejos globales y flujos de capitales. Diferentes grupos aportarían sus opiniones a la junta sobre los candidatos. En febrero o marzo, la junta votaría públicamente y sus miembros explicarían las razones de su votación. El mundo entero, no sólo los ministros de finanzas, deben enterarse de la motivación del voto. El mundo está repleto de candidatos prometedores, como Leszek Balcerowicz, ministro de finanzas de Polonia y el más exitoso líder reformista en el mundo poscomunista. O Manmohan Singh, ex ministro de finanzas de la India, propulsor de estabilidad macroeconómica, reformas de mercado y crecimiento económico para los mil millones de habitantes de la India. En tan importante institución, es hora de designar a nuestros mejores talentos mundiales y hacerlo de una manera abierta y democrática.
Director del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard.
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