Jairo García Méndez
La gran batalla que espera a la nueva generación de venezolanos, es en contra de la escasa cultura cívica que nos ahoga, nos estanca y nos desespera. En este siglo, si creemos a Manuel Caballero, uno de los historiadores más lúcidos que tenemos, aprendimos a vivir en paz. En el siglo pasado fuimos un "pueblo bravo", en el que fenece, somos un "pueblo pacífico", pero aún nos hace falta que nuestra vida en común sea medianamente civilizada.
No hemos logrado como pueblo internalizar, en nuestra conciencia colectiva, los valores cívicos y democráticos. Somos "jodedores democráticos", poco serios en nuestra participación política, en el ejercicio de nuestros derechos y garantías ciudadanas.
Hasta ahora nuestros procesos electorales han sido de índole cómico-dramáticos. En las últimas decisiones políticas colectivas, hemos ido las urnas a "jodernos" en los líderes políticos, y lo hemos logrado, han salido de la escena pública, "pateados por el trasero"; "les echamos una vaina". Pero cuando preguntamos: ajá, ¿y entonces? Desolación, no hay respuestas.
El venezolano se ríe de un semáforo, de una señal o un fiscal de tránsito, se "muere de la risa" ante nuestras instituciones cívicas; somos ciudadanos cómicos, pícaros, porque no creemos en las instituciones parroquianas. Pero si nos ubican ante un fiscal gringo o europeo, lo acatamos, lo respetamos, porque ellos sí son serios. El recurso ético (o antiético), tal como lo anotó Cabrujas en algún lado, es sencillo: si los gobernantes violan la ley, ¿por qué yo no?
Enseñar a los venezolanos a ser serios en los asuntos políticos, constituye un reto generacional. ¿Cómo lograrlo? ¿Cómo hacer que el venezolano aprenda a ejercer con seriedad sus derechos políticos, a respetar y hacer respetar las instituciones democráticas y republicanas?
Utilicemos un recurso sencillo: tomemos un ejemplo histórico. El problema grave de los venezolanos a finales del siglo XIX y principios del que llegará pronto a su fin, era la "violencia política". Necesitábamos paz y fuimos capaces de tolerar, unos a regañadientes, otros a conciencia y algunos hasta la abyección, un tirano que la garantizaba. Logramos eliminar las montoneras y revueltas que nos asolaron durante el siglo pasado. Pero no nos interesemos por las posturas de nuestros abuelos y tatarabuelos, fijémonos más en la herramienta utilizada por el Benemérito: El Ejército Nacional. El Estado monopolizó la violencia, a través de la organización y consolidación de unas Fuerzas Armadas, jerarquizadas y centralizadas en el mando. Se logró la paz.
Mi razonamiento es simple: si para lograr la paz, inventamos las Fuerzas Armadas, ¿por qué no inventamos las Fuerzas Civiles para civilizarnos?
Para comenzar es necesaria la intervención del Estado, sobretodo con recursos económicos. Inventemos una Academia de las Fuerzas Civiles, seleccionemos, inicialmente, a un grupo de profesionales heterogéneo, sometámoslo a estudios intensos de historia venezolana, de política, de Derecho Constitucional, de sociología, de gerencia empresarial, con profesores de la talla de Manuel Caballero, Ramón J. Valásquez, Claudio Fermín, Allan Brewer Carías, profesores del IESA. En tres años tendríamos los primeros egresados, luego, promociones anuales, hasta que podamos formar a los "Civilistas" desde la edad escolar. En poco tiempo (5 a 10 años) contaríamos, regadas por toda la geografía nacional, con personas capaces de enseñarle a los venezolanos cómo mejorar su nivel de vida en común: haciéndoles ver la importancia de una Asociación de Vec! in! os, preparando a los futuros concejales y alcaldes, asesorando a las Juntas Parroquiales en el cumplimiento de sus tareas, asistiendo a los vecinos en la canalización de sus reclamos. "Civilistas" dedicados, con todas las fuerzas, a democratizar y civilizar comunidades, y a formar ciudadanos, a ver si nos terminamos de hacer y nos inauguramos como país.
¿Y los recursos económicos? Eliminemos las Fuerzas Armadas. Ya no las necesitamos.