A finales de esta semana se reúnen en Seatle, oeste de Estados Unidos, los ministros de Comercio Exterior y los representantes comerciales de los 135 países miembros de la Organización Mundial de Comercio. Es la reunión más importante del fin de siglo. Se inician formalmente las conversaciones y negociaciones para dar nuevos pasos en la liberación mundial del comercio de bienes y servicios. Es decir, dar vida a una nueva ronda de negociaciones comerciales, a la "ronda del milenio", como ya se le conoce.
A la reunión llegan los principales gobiernos, sin ponerse aún de acuerdo en una agenda. En cambio, los diferentes temas sí generan posiciones encontradas. Los europeos, por ejemplo, quieren hablar de todo, menos de su Política Agraria Común, que protege el sector agrícola en los países de la Unión Europea y obstaculiza las exportaciones de estos productos originadas en los Estados Unidos, Australia y otros países. Los estadounidenses, por su parte, quieren discutir sobre la relación entre comercio y derechos laborales e involucrar en estos temas a la Organización Internacional del Trabajo. A esto se oponen los países en desarrollo por considerar que se quieren imponer nuevas barreras de entrada a sus productos. Los asiáticos quieren que los europeos y los norteamericanos echen reverso en materia de propiedad intelectual o de manejo de las aduanas. En fin, muchas contradicciones.
En estas circunstancias, el show en Seatle, y el gran interés de esta reunión, es la admisión de la China -el país milagro- en la Organización Mundial del Comercio. En este aspecto, el avance reciente sí ha sido fundamental. Hace una semana se anunció en Beijing la firma de un acuerdo entre la representante comercial del presidente Bill Clinton con el presidente chino, Jiang Zemin, que conduce al ingreso de este país a la OMC. Este acuerdo había sido buscado por los Estados Unidos desde hace algunos años y se malogró el pasado mes de abril después de la visita del Primer Ministro de la China a Washington. Aparentemente, los complejos intríngulis de la política interna del país asiático impidieron su concreción. Pero a principios de noviembre, y de manera súbita, se soltó el nudo, precisamente poco antes de la gran cumbre.
El acuerdo contiene cláusulas que señalan hasta qué punto progresa China en dirección a una economía abierta y libre. No solamente habrá políticas aduaneras, eliminación de subsidios a las exportaciones y apertura del mercado a los servicios bancarios, financieros y de telecomunicaciones para los extranjeros, sino el relajamiento de las restricciones para que los inversionistas foráneos adquieran participac2 iones de capital en las empresas estatales chinas, para que las compañías de automóviles estadounidenses puedan distribuir sus productos a lo largo de aquel territorio y una apertura total para la inversión en negocios de Internet en China. A cambio de ello, Estados Unidos no podrá imponerle sanciones comerciales y le otorgará el status de relaciones de comercio normales, en vez del de nación más favorecida.
De manera que en este fin de siglo seremos testigos de la incorporación del gigante chino a las corrientes del desarrollo mundial en una sola vía, que no es otra que la de la globalización y el capitalismo. Este es un acontecimiento universal que, en algún grado, puede compararse con la caída del muro de Berlín. Pero aparte de la significación mundial que tiene, debe por lo menos servir por ahora de reflexión a la clase dirigente colombiana.
El Tiempo (Colombia), 22 de noviembre de 1999