No valió la pena

Leopoldo Martínez Nucete

Las cartas están echadas. El resultado del proceso constituyente es una constitución elaborada en forma atropellada y sectaria, que termina repitiendo el mismo modelo de desarrollo social y económico de estos últimos cuarenta años, y que en lo político terminó, luego de un amago a favor de la descentralización, consolidando un centralismo presidencialista inexcusable.

No cabe duda de que con esta constitución se afectará mucho a los más pobres, a la clase media, a las regiones y las comunidades. Bajo su manto normativo no florecerán nuevos empleos, y es sencillo entenderlo, al margen de toda explicación de los economistas, el Gobierno no tiene cómo ser la fuente principal de empleo; y el sector privado, en pleno, ha dicho hasta el cansancio, sin ser escuchado, que no existe estímulo alguno para seguir invirtiendo y que con esta constitución no se multiplican sus oportunidades de negocios. Entonces, ¿quién va a generar empleo o que empresas florecerán al ritmo requerido por el país para aliviar la crisis económica de todas las familias venezolanas?

Por otra parte, nuestra calidad de vida no mejorará. Los cuatro elementos básicos para lograrlo están, primero, en reformar a fondo los sistemas de seguridad y asistencia social. Segundo, en incentivar nuevas inversiones e incorporar tecnologías para mejorar y expandir servicios como la electricidad y el agua. En tercer lugar, en permitir el ensayo de un nuevo modelo para las relaciones laborales, basado en la flexibilidad y el capitalismo popular. Y cuarto, en descentralizar la seguridad, la educación pública, la salud pública, la inversión en infraestructura, la vivienda popular y el fomento a la pequeña empresa, hasta el punto de hacer a las comunidades protagonistas del destino y gestión de estos servicios. Pero nada de eso será posible con la constitución bolivariana. Seguiremos con más de lo mismo, agravado por una visión incluso más rígida que la que privó en la Constitución de 1961.

Y en eso radica la frustración más importante que nos produce esta constitución a quienes esperamos cambios capaces de mejorar las cosas en Venezuela, pues así la seguiré llamando aunque se empeñaron en la ridiculez de cambiarle el nombre. Votemos sí o no, todo seguirá igual, y empeorando con el correr del tiempo, salvo que ahora la hegemonía no será adeco-copeyana, sino lo que es peor, la ejercerá un partido, y concretamente, un solo hombre desde la Presidencia de la República, bajo un pretendido tutelaje militar, al menos por un tiempo, no sé si corto.

Es posible que gane el sí, pero, ¿valió la pena? Definitivamente no.