Claudio Fermín
La mayoría de los constituyentes ha propuesto un proyecto de Constitución para cuya elaboración tenían seis meses y se han tomado tres, rapidez que podría interpretarse como pericia profesional, cuando lo cierto es que el reflexivo ritmo de discusiones que consumieron los primeros ochenta artículos fue suplantado por una prisa asustadiza que vigilaba férreamente a todo quien contradijese la línea oficial, lo que hizo de la discusión de los trescientos artículos restantes un verdadero enredo: unos ignoraban lo que aprobaban; otros padecían los embates de una directiva cuya misión no era facilitar el debate sino conculcarlo; adquirieron nombradía los levantadores de mano para solicitar que se cortaran las intervenciones; ya la cosa no era en serio, tan sólo había que complacer al jefe y hacerlo rápido.
Chávez regresó de Asia apurado, sin mucho ánimo de cotejar diferencias con el resto del país, e imprimió presión para que se prescindiera del análisis. Nada tiene que ver la Asamblea Constituyente que discutió el tema de los derechos humanos estando Chávez en el exterior, a la que abordó las relaciones entre Estado y economía, una vez Chávez de regreso.
Todo eso fue evidente y no extraña que, un día antes de ser suscrita, la Constitución fue amenazada de enmienda por el constituyente Escarrá. A un auditorio invitaba a votar SI dadas las supuestas bondades del proyecto, mientras que en otros escenarios dejaba constancia de sus votos salvados y de la disposición a iniciar desde ya la primera enmienda de una Constitución que impide la igualdad de los estados que conforman la República y que admite la posibilidad de que cuatro estados, con nutrida representación en la Asamblea Nacional, aplasten los derechos del resto, pequeños y medianos, sin fuerza en una Asamblea unicameral.
La prisa y el temor a Miraflores dejaron otras secuelas. En numerosos artículos la Constitución remite a la 'Ley' lo que la Asamblea Constituyente debió pautar. Con una prescripción constitucional vaga se calmaba a unos grupos de presión y con la posibilidad de normar el asunto en la ley respectiva, a posteriori, se cortejaba a otros sectores. La demagogia es así, un poco acá y un poco allá.
Todo ha sido una gran contradicción. Se ofrece igualdad ante la ley pero se discrimina a los venezolanos naturalizados y se privilegia a las etnias indígenas, aunque en el presupuesto del año 2000 ningún proyecto se incluye para mejorar sus condiciones de vida. Se proscriben los monopolios por los daños que causan a los consumidores, a las unidades de producción y a la fuerza de trabajo, pero se 'reservan' al Estado áreas de la economía. La retórica oficial está ligada a la modernización del sistema político pero se rechaza la aprobación de la doble vuelta presidencial por el temor a perder las elecciones. Se consagra un Estado 'federal descentralizado' pero se le niega a los estados autonomía fiscal para recaudar sus propios ingresos y abandonar el humillante besamanos en Caracas, donde hay que agacharse y jurar obediencia para obtener recursos del poder central. Se glorifica la autonomía de los poderes, pero se otorga al Presidente la potestad de disolver la Asamblea Nacional. Se llenan la boca agrediendo a los cogollos, pero dejan intacto el sistema electoral que es la clave de la concentración de poder en las cúpulas. Un pueblo agredido por el doble discurso saldrá a la calle a votar NO.