Alberto Valero
Que Latinoamérica era un conglomerado de 200 millones de habitantes en una región mas fértil y variada que Rusia y tan rica como los Estados Unidos, que podía convertirse en una gran potencia o seguir siendo una suma de desperdicios si no mediaba la voluntad de hacer un continente, me dijo don Germán Arciniegas, el entonces embajador de Colombia en Venezuela, cuando lo entrevisté para el semanario Elite en julio de 1968.
El autor de Biografía del Caribe, que el martes murió casi centenario en Bogotá, respondió aquella mañana con una imperturbable paciencia a mis preguntas sobre un charco que seguía siendo tan tempestuoso como en los tiempos en que los corsarios saldaban en nuestras costas las pleitos imperiales o era surcado por los libertadores en sus flotillas de peñeros; y con facilidad toreó las impertinencias del joven reportero que pretendía ponerlo en aprietos, a él, todo un veterano de las letras y la política y que, de ñapa, se había destacado como diplomático en la UNESCO y en las capitales más importantes de Europa.
En su Biografía, Arciniegas había identificado cuatro etapas en el Caribe: el siglo XVI, del oro; el XVII, de la plata; el XVIII, de las luces y el XIX, de la libertad, y a mi pregunta precisó con humor que el actual era el siglo de la esperanza...porque es lo último que se pierde... Advirtió que era incorrecto considerar que nuestra autonomía culminase en Ayacucho, "pues el Continente siguió sometido a la Doctrina Monroe, a la amenaza europea y a la propia incapacidad física para afirmar la independencia" y que esperaba aún el día de una total integración. Arciniegas pensaba que el balance del medio siglo transcurrido desde la llamada Revolución de Córdoba de 1918 era desfavorable para Latinoamérica, porque habíamos perdido los mejores años y la poca influencia política hizo posible el surgimiento de dictaduras como la de Rojas Pinilla, Perón, Batista y Pérez Jiménez; y mencionó el contraste con la Unión Soviética, que en el mismo lapso ascendió al rango de potencia, e Israel, que en sólo veinte años había transformado un desierto en huertos y jardines.
Y lo peor, comentó, es que no era un problema de filosofías o sistemas políticos, sino de ambición de hacer, porque en el mismo lapso Europa se había reconstruido después de desaparecer completamente mientras nosotros no habíamos hecho "sino estorbar la buena voluntad de los pueblos". Entre paréntesis, venía don Germán de servir en Israel, un país que admiraba como una realidad irreversible, basado en el esfuerzo de los supervivientes de los ghettos de Berlín o Varsovia, a quienes movía la fe y la espiritualidad aunque se les señalara mas por su inclinación hacia la banca y el comercio.
Todavía entonces no había derivado la Revolución Cubana al régimen esclerosado actual y significaba para vastos sectores intelectuales un legítimo factor de atracción y ya se discutía si guardaba vigencia la democracia con sus imperfecciones, pero aunque Arciniegas coincidió en su inutilidad confesó que no vislumbraba otra salida, porque no entendía que un cambio sustancial pudiera producirse con un partido único y sin la posibilidad de expresarse libremente. Más adelante vaticinó (equivocadamente) que el Caribe -que había bosquejado con tanta erudición, maestría y amenidad en la Biografía y en otro de sus ensayos fundamentales, Entre la Libertad y el Miedo-sería a la vuelta de diez años el centro político del Continente, al impulso del potencial económico que representaban la represa de Infiernillo al sur de México, el Proyecto de Guri venezolano y el canal del Chocó, en Colombia, que estaba llamado a rivalizar con Panamá.
Pero le preocupaba que se avanzara tan despacio, al ritmo de la voluntad de progresar, si bien indicó que Latinoamérica caminaba a mayor velocidad que Europa, ya que el problema de los ranchos era acá de corta historia y nos preocupaba y avergonzaba, mientras que el Viejo Continente había experimentado esa pobreza durante ocho siglos y no le quitaba el sueño. En apoyo de esta reflexión me dijo que en Roma había visto barrios donde la gente vivía desde hacía seiscientos años en peores condiciones que en las favelas y que, en fin de cuentas, le parecía irónico que italianos y franceses se horrorizaran al contacto con nuestra miseria, sin recordar la de sus propios países; y erró nuevamente al pronosticar que sólo bastarían dos décadas para solventar el problema, porque nos animaba una conciencia social mas intensa.
Y para ello, recomendó en aquella mañana inolvidable en Campo Alegre, habría que elaborar soluciones políticas originales, sin imitar o ser cola de nadie, porque, según dijo, no éramos un Tercer Mundo sino el Nuevo Mundo.
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Caracas, diciembre 99.