Democracia terrorista (¿a la cubana?)

Samuel Sotillo Hermoso

"Si Venezuela continúa por el camino que hemos traído desde hace años, con los mismos modelos   político y económico, nosotros iríamos directo a una gran confrontación y ya no de ideas. Se acabaría el día del debate y del discurso y pararíamos en una gran confrontación violenta (...) Nadie salvaría a Venezuela de una guerra interna".
Hugo Chávez Frías, 29/11/1999.

Suelo comentar con frecuencia, las anecdotas de un profesor de funciones vectoriales de la universidad, a quien admiro mucho. Decía éste que una de las desgracias de nuestra cultura política era que, cuando nos quedábamos sin argumentos en una discusión, el único recurso al que apelábamos era a aumentar el tono de voz. En tal situación, de inmediato pasábamos a la gritería, a las ofensas familiares y, finalmente, a las amenazas. Esto ha sido así desde la colonia, durante la "edad heroica bolivariana" y en el siglo costumbrista que nos antecedió. De esa tradición fueron tambien herederos los adecos de estos últimos cuarenta años del llamado puntofijismo. (No menciono a Copei, porque en esencia, éste siempre fue un partido que vivió a la sombra del otro, comiendo de sus migajas y calcando sus defectos.) El hecho es que esa "mala costumbre" nuestra ha hecho siempre difícil cualquier negociación o consenso sobre algo. Por años, esa democracia coja del partidismo adeco-copeyano arrastró esta rémora, que realimentada por la ceguera y la ineptitud de nuestra dirigencia, nos condujo al carnaval electoral de 1998 y a la ya fastidiosa "revolución pacífica y democrática" que hoy vivimos.

Esa "mala costumbre", como ya dijimos, suele emerger siempre que afrontamos un debate que exija  profundidad y coherencia en las ideas; como es el caso hoy, cuando se discute un nuevo proyecto constitucional. Lo mismo sucedió durante la campaña electoral del 98, donde se elegía un nuevo presidente, que debía afrontar la difícil coyuntura de un modelo político e institucional agotado. En fin, antes y ahora, lo que se escucha son improperios, amenazas y cosas por el estilo.

Lo grave es, sin embargo, que uno de los actores del drama es el mismo Jefe de Estado, quien haciendo uso de todo el monopolio de coerción gubernamental, trata de imponer sobre la base del terror un proyecto del que algunos disentimos, y no como un acto visceral (aunque sí<span style=" mso-spacerun: yes">  haya quienes lo rechacen de ese modo), sino como consecuencia del análisis responsable y objetivo de su contenido. Por supuesto, para quienes sí creemos en la democracia y en las libertades civiles, para quienes nunca participamos ni alcahueteámos las vagabunderías del pasado (como sí lo hicieran muchos de los hoy autodenominados "patriotas"), poco nos importan los insultos y los intentos de apodarnos "corruptos" o "realistas", y otras simplezas por el estilo. No obstante, lo que si nos preocupa es que ya hay indicios suficientes de la ambición despótica de un régimen que  pretende imponer los criterios particulares de una minoría, sobre la base de la coacción y de la amenaza, con violaciones de la privacidad, persecución e intimidación policial, censura a través de un sistema judicial igual de intervenido que en el pasado, etc. Todo ello es, sin duda alguna, evidencia clara de un autoritarismo enmascarado bajo una supuesta oferta de orden y prosperidad, en una democracia tumultuaria y que, lejos de ser participativa, se avisora tutelada por la figura de un caudillismo tan atrasado como siempre.

ssotillo@uc.edu.ve