Jacob G. Hornberger
(AIPE)- Uno de los principios de la política exterior de Estados Unidos es fomentar la democracia alrededor del mundo. La implicación es que si una nación es democrática, su gente goza de libertad. Pero acaso ¿es democracia libertad? En 1787, la Constitución de Estados Unidos creó el gobierno federal, estableciendo que el presidente y los congresistas serían elegidos. Pero los próceres no se contentaron con eso, sino que procedieron a utilizar la Constitución para limitar expresamente el poder de los funcionarios gubernamentales.
Por ejemplo, el Artículo 1°, Sección 8 de la Constitución limita expresamente al Congreso a ejercer sólo 18 poderes enumerados. ¿Por qué los fundadores de la patria crearon un gobierno democráticamente elegido cuyos poderes estaban extremadamente limitados? ¿Por qué no simplemente otorgar poder ilimitado a los representantes elegidos para que hicieran todo lo que consideraran bueno para la gente? Por dos razones: primero, los americanos en 1787 no confiaban en darle poder político a los funcionarios, ni siquiera a los elegidos por ellos mismos. Y la segunda razón era más importante aún: los americanos sabían que la democracia no significa libertad y que históricamente la democracia ha sido una amenaza a la libertad. Por ello, al crear un gobierno nacional, los redactores de la Constitución tenían que convencer a la ciudadanía que los poderes del gobierno serían claramente restringidos.
La gente se preguntaba, ¿cómo podemos estar seguros que éste nuevo gobierno no abusará o inclusive destruirá nuestros derechos fundamentales a la vida, la libertad y la propiedad? Por ejemplo, ¿qué impediría que el gobierno promulgara una ley obligando a todo el mundo a asistir a un servicio religioso? ¿O una ley castigando a la gente que critique al gobierno? ¿Cómo proteger nuestros derechos fundamentales sobre la libertad de cultos y la libertad de expresión, frente a la tiranía de un gobierno democrático? Los defensores de la Constitución respondieron apuntando a los poderes enumerados en el Artículo 1°, Sección 8.
Debido a que los poderes del Congreso estaban expresamente limitados a aquellos que habían sido enumerados, nadie debería temer que el Congreso ejerciera otros poderes. Y debido a que el poder de regular la expresión y la religión no estaban enumerados, el Congreso no estaría autorizado para promulgar leyes regulando tales actividades. Pero la gente no estaba todavía convencida. Se sabía que a través de la historia los gobiernos -incluyendo los democráticamente elegidos- habían terminado ejerciendo poderes tiránicos sobre la gente. Por lo tanto, como condición para aprobar la Constitución, los americanos de los diferentes estados exigieron una promesa: la promesa de aprobar diez enmiendas a la Constitución.
La Declaración de Derechos, como se llaman estas primeras diez enmiendas, es un término desacertado. Más correcto sería llamarlas Declaración de Prohibiciones porque allí no se le conceden derechos adicionales al pueblo sino que más bien se le prohíbe a los funcionarios de gobiernos democráticamente elegidos interferir con los derechos fundamentales de la ciudadanía.
Por ejemplo, la Primera Enmienda dice: "El Congreso no promulgará ley alguna con respecto al establecimiento de una religión o la prohibición de su libre ejercicio; o reduciendo la libertad de expresión..." Así se dio comienzo al más revolucionario experimento político de la historia. Nunca antes la gente había creado un gobierno con poderes limitados por la misma carta con que se creaba. Los americanos reconocían que la democracia no es libertad.
Es sencillamente un método conveniente y pacífico a través del cual la gente puede cambiar a sus funcionarios públicos. Para garantizar la libertad fue necesario utilizar la Constitución para restringir los poderes de los funcionarios democráticamente elegidos. Por todo esto, sería preferible que los políticos y funcionarios estadounidenses ocuparan menos tiempo elogiando la democracia alrededor del mundo y mayor esfuerzo en explicar las virtudes de una república constitucional.
Después de todo, en muchas naciones democráticas, los funcionarios elegidos gozan de poder omnímodo sobre la vida y propiedad de sus ciudadanos. La única verdadera libertad que la gente de esos países tiene es la de elegir a sus dictadores cada cierto tiempo.
Presidente del Future of Freedom Foundation.