De Aristóteles a Chávez

Fortunato González Cruz

Dos discursos del presidente Chávez nos han colocado una vez más ante el temor de una involución política, un retroceso hacia una autocracia militar de seudo izquierda: El pronunciado en la Universidad de La Habana donde dijo textualmente que “no tengo la menor duda de que el cauce que está construyendo el pueblo venezolano es el mismo cauce y va hacia el mismo mar, hacia el que marcha el pueblo cubano”; y la última de sus antológicas improvisiones, con sus aperos presidenciales, el viernes en que le fue realizado el teatro de la entrega de la nueva constitución: un empaste de hojas en blanco.

La democracia es el caldo de cultivo de los demagogos. Las debilidades propias del gobierno democrático permiten la actuación exitosa de los farsantes y de quienes confiscan y hacen suya la voz del pueblo. Por eso es Chávez presidente: aparenta defender y sostener los intereses populares cuando lo que le interesa es el poder y su disfrute. La democracia una vez más ha engendrado al demagogo como lo apuntó Aristóteles hace 2.340 años. Y la demagogia de nuestro presidente queda patente en los resultados de estos 10 meses de gobierno: viajes costosos, plan de emergencia, lenguaje procaz, una constituyente a los trancazos, sigue hablando en nombre de los desamparados como si no fuese el responsable de la conducción del Estado y del Gobierno, y apela al discurso contra los ricos y contra el conocimiento, como Perón en sus mejores tiempos,  y la gente sigue esperando resultados concretos en términos de empleo, seguridad y vivienda porque no tiene otra alternativa: perder las esperanzas puestas en Chávez es desprenderse de la tabla que quedaba.

Dice Aristóteles en POLITEIA que en la democracia las revoluciones nacen principalmente del carácter turbulento de los demagogos, quienes  fácilmente se apodera de la voluntad popular apelando a la retórica, a la palabra, hablado como aquellos charlatanes que venden cualquier cosa,  la gente los rodea y caen en sus engañosas ofertas.

Hace unos días me puse a observar uno de estos personajes cerca de la plaza Bolívar de Mérida: el tipo colocó una mesa plegable y sobre ella unos frasquitos de colores, una lámina de un cuerpo humano abierto por mitad que dejaba ver las vísceras y los músculos; con esta modesta escena y a pura lengua fue atrayendo gente que le compraba el mágico contenido de los frasquitos, supongo que agua coloreada, pero en la que confiaban los ilusos compradores. A la final el charlatán se queda con el dinero y la gente con la fe en el poder mágico de la poción, que puede ser inocua o causarle al que la ingiera un envenenamiento. Aquel tipo se me pareció mucho a nuestro presidente y la poción a la nueva Constitución Bolivariana.

Cuando el demagogo es civil –dice Aristóteles- su gobierno será una demagogia y derivará hacia una anarquía. Pero cuando el demagogo es un militar el destino del gobierno de la república será una tiranía (Política, Pág. 218. Austral) Y agrega en la misma página lo siguiente: “Lo que hacía también que fueran las tiranías en aquel tiempo más frecuentes que en el nuestro, era que se concentraban los poderes en una magistratura, como sucedía con el pritaneo de Mileto, donde el magistrado que estaba revestido de tal autoridad reunía numerosas y poderosas atribuciones”; que no es otra cosa lo que acuerda la flamante Constitución Bolivariana de la V República. De manera que aquí tenemos un demagogo militar revestido de tal autoridad, que reúne numerosas y poderosas atribuciones. Sólo cabe esperar que esta vez Aristóteles se equivoque.

Es preferible el equilibrio de poderes, el presidencialismo moderado, la autonomía municipal, un proceso gradual hacia la descentralización, el sometimiento de las fuerzas armadas al poder civil, el perfeccionamiento del modelo democrático que un régimen autoritario y presidencialista, un nuevo cuerpo militar mal llamado policía nacional,  una democracia militarmente tutelada, un camino hacia el modelo anacrónico cubano, la consolidación de un modelo demagógico que puede conducir a una tiranía.

Director de CIEPROL

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