UNA de las consecuencias más visibles de la revocación de la tregua por ETA ha sido, sin duda, el desconcierto que ha sembrado entre los grupos nacionalistas. Confiados en que el Pacto de Estella y los acuerdos de legislatura con EH hubieran creado una reciprocidad de compromisos con ETA, PNV y EA se han encontrado de bruces con la confirmación de lo que muchos afirmaban: que el Pacto de Estella sólo era el camuflaje político del objetivo fundamental de los terroristas, la construcción nacional vasca. Esta relación de instrumentalidad es la que ETA airea y reclama en su comunicado del domingo pasado, con el que anunciaba la vuelta a unas armas que nunca abandonó. ETA ha pedido cuentas al nacionalismo vasco por su aparente infidelidad con un proyecto soberanista irreal, voluntarista e inviable.
La reacción del llamado nacionalismo democrático y de Euskal Herritarrok no se ha hecho esperar. La declaración realizada por Arnaldo Otegi fue una demostración evidente del desconcierto en que se encuentran quienes desde la izquierda abertzale creyeron que podían compaginar el discurso político con la sumisión a ETA. Las manifestaciones de Otegi revelan tal estado de descontrol de la situación que, desde su perspectiva, resulta lógica la convocatoria de una manifestación en Bilbao, el próximo sábado. Es una forma demasiado evidente de esconder en el griterío y en la movilización de masas la profunda desorientación en que se encuentran.
Desde el PNV, a través de Joseba Egibar, se ha pedido la convocatoria urgente del Pacto de Lizarra, como única vía para reinstaurar la tregua. La sorpresa causada por el comunicado de ETA hace imprevisible el contenido de la reunión de este foro nacionalista, pero es evidente que la situación a la que lo ha conducido ETA obligará a sus integrantes a buscar razones para seguir existiendo; razones distintas de la mera voluntad de los terroristas. En este sentido, hasta ese fatídico día 3 de diciembre los firmantes de Estella pueden optar entre dos actitudes muy diferentes. La primera sería desmarcarse del análisis realizado por la banda terrorista y persuadir a ETA para que vuelva a declarar la tregua unilateral. Esta opción roza con la ficción, pero, como acredita la insistencia de Egibar, es la única forma que tienen los nacionalistas de conseguir, por un lado, ganar una mínima legitimidad como iniciativa política autónoma; por otro lado, sacudirse, al menos aparentemente, la tutela que sobre ellos ejerce ETA. Se trata, sin duda, de un doble objetivo casi utópico, aunque si se alcanzara sería una muestra de madurez política esperanzadora, y retornaría al nacionalismo democrático el protagonismo pragmático que abdicó a favor de los postulados separatistas de ETA.
La segunda posibilidad es que el nacionalismo vasco ni disuelva el Pacto de Estella ni reclame sin titubeos la vuelta a la tregua, sino que empiece a descargar en el Gobierno la responsabilidad de la violencia futura. Los mensajes podrían ser más o menos explícitos y las imputaciones más o menos difusas, pero al final quedaría la duda, cuando no la afirmación, de que una mayor supuesta generosidad del Ejecutivo habría evitado este desenlace. Que este sea el discurso del nacionalismo de aquí al día 3 no sería una sorpresa, pues no han faltado insinuaciones de algunos de sus representantes sobre las consecuencias negativas de lo que ellos llamaban el inmovilismo del Ejecutivo.
Esta opción, supondría conceder a ETA una nueva cobertura -primero para la tregua y luego para su revocación- que, a su vez, daría imagen al llamado conflicto, siempre necesitado de dos bandos en pie de igualdad. El nacionalismo, estaría, así, falseando la realidad, tergiversando la historia y cometiendo otra vez el craso error político de armar un mensaje al margen de las convicciones de los ciudadanos, unas convicciones que se resumen en el deseo de paz sin condiciones que aflorará en las movilizaciones de repulsa previstas para los próximos días. En manos del PNV -o quizá sea mejor decir de sus líderes-, queda la posibilidad de no volver a transitar por la servidumbre en que ETA ha convertido al nacionalismo vasco.
ABC (España), 30 de noviembre de 1999