Plinio Apuleyo Mendoza
La pregunta que siguen haciéndose los venezolanos más conscientes es la misma: ¿para dónde va Hugo Chávez? Desde luego, los partidarios del nuevo Presidente no se martirizan con semejantes inquietudes. Su fervor está intacto. Están felices con Chávez. Felices con su rudeza verbal, con la manera de cantarle la tabla a los políticos, con sus aforismos y su indumentaria rica en trajes fosforescentes; felices, desde luego, con la nueva constitución que le ha propuesto al país, con los programas de radio o de televisión donde dialoga con el pueblo y felices, cómo no, con esos partidos de beisbol en los que, vestido de pelotero con los colores y las estrellas de la bandera patria, aparece lanzando diestras bolas que terminan en un "strike" cantado. Estos devotos suyos no se preguntan para dónde va Chávez porque parten de la base de que vaya donde vaya ellos lo siguen con entera confianza. Han puesto su destino en manos de un caudillo.
Quienes andan preguntándose todavía sobre el rumbo del nuevo Gobierno venezolano, sin hallar, al parecer, respuestas tranquilizadoras, pertenecen a sectores de la opinión de ese país en otro tiempo muy calificados, pero hoy sin mayor peso electoral. Allí, en esa franja ahora huérfana, aparecen inversionistas, empresarios, intelectuales, artistas, periodistas, ex presidentes, economistas, diplomáticos, políticos, observadores internacionales y hasta beldades del alto mundo social expresando el mismo desconcierto. Son ellos y sus amigos e interlocutores en el resto del continente, como el novelista Mario Vargas Llosa, quienes siguen formulando toda suerte de conjeturas a propósito de Chávez. ¿Es un nuevo Perón, un Castro, un Torrijos, un Velasco Alvarado o de pronto una versión caribeña de Saddam Hussein? El propio Carlos Alberto Montaner, sorprendido al ver cómo Chávez, con la más pasmosa tranquilidad, se declaraba en Washington "jeffersoniano" y "maoísta" en Pekín habló más bien de un cierto parecido suyo con otro latinoamericano que en vida fuera inmensamente popular: con Cantinflas.
A todas esas especulaciones fantasiosas el propio Presidente de Venezuela acaba de ponerle fin de una vez por todas en un discurso memorable pronunciado el pasado jueves 18 de noviembre en la Universidad de La Habana. Dijo, en síntesis, que la revolución venezolana y la revolución cubana perseguían el mismo objetivo. Y para ser más ilustrativo, apeló a una metáfora marina muy de su gusto: la revolución de Venezuela -dijo- va hacia la misma dirección, hacia el mismo mar donde va el pueblo cubano, mar de felicidad, de verdadera justicia social, de paz". Y luego, como garantía de tan estremecedor anhelo, dijo: "Aquí estamos, más vivos que nunca Fidel y Hugo".
Así, pues, quedamos debidamente enterados: Fidel y Hugo van por el mismo camino. Los venezolanos deberían tomar nota. Cuba será para ellos espejo y paradigma. Allí, según el Presidente venezolano, los cubanos nadan ya en un mar de felicidad que no conocíamos, pues no es el mismo donde se ahogan cada año centenares de balseros. Al parecer, el modelo de vida cubano puede resultar muy atractivo en Venezuela. Hay en la isla abundancia, los salarios oscilan entre 20 y 30 dólares mensuales, se vive en cómodos y muy amplios apartamentos compartidos por varias generaciones de familiares, se bebe saludable agua con azúcar cuando hay escasez de café, los jabones se desechan como símbolo de una higiene colonialista y, dentro del mismo orden de cosas, los ciudadanos pueden servirse de las ásperas pero bien documentadas páginas del Granma cuando el Estado no está en condiciones de suministrar papel higiénico. Para compartir ratos de intimidad con la esposa, lejos de la indiscreta mirada de niños y abuelos, los cubanos de hoy, como los venezolanos de mañana, harán largas y divertidas colas ante las posadas del amor organizadas por el Gobierno. Las muchachas que deseen proveerse de unos dólares para comprarse un champú, un dentífrico o un cepillo para el pelo, podrán situarse en Caracas, a falta de malecón, en la autopista del Este o preferiblemente en los alrededores del Tamanaco o del Hilton para hacerle más alegre la noche a un turista. El dólar será el rey del país.
Siguiendo este modelo, que el presidente Chávez pone como ejemplo, los venezolanos no podrán volver a salir fuera de las fronteras patrias a menos que se decidan abandonar aquel mar de felicidad en balsas de fortunas con el riesgo de ser devorados por los tiburones. Como Chávez acaba de fustigar a quienes se han atrevido en la Cumbre a pedir para Cuba una democracia pluralista, debemos entender que la suya tampoco lo será. Fuera del partido oficial, los únicos partidos autorizados serán los de beisbol. La presidencia vitalicia, que el Libertador había previsto para Bolivia, será de pronto otro rasgo de esta revolución común. La nueva constitución permitirá, por lo pronto, la reelección después de un período de seis años. Todo parece indicar que para Hugo y para Fidel toda democracia con partidos, políticos, convenciones, grupos de oposición está asociada a la corrupción. ¿Haría Hugo lo mismo que hace Fidel con los disidentes? En ese caso, personajes como Claudio Fermín, Teodoro Petkoff o Eduardo Fernández no deberían sentirse muy seguros.
Hablando en serio: ¿se tratará de simples desvaríos retóricos del teniente coronel? Algunos amigos me lo aseguran insistiendo en que Chávez no es jeffersoniano, ni maoísta, ni peronista, ni fascista, ni fidelista. Llevado por el ímpetu de sus propias palabras, dice lo que a cada auditorio le gustaría oír. Muy bien, pero ahí está, recién salida del horno, su constitución bolivariana y la cosa no es para chiste.
Presidencialismo sin contrapeso, Estado planificador, largo período de mando, reelección a la carta, posible desconocimiento de laudos arbitrales, derecho de voto a los militares, desmesuradas áreas patrimoniales para las comunidades indígenas... Frente a todo esto, uno debería estar la mar de preocupado y no la mar de feliz.